Resumen. El presente no pretende ser una crónica sobre la manifestación del 17 de octubre en Madrid, por ser éstas muy abundantes y poderse encontrar en multitud de lugares en ésta nuestra sociedad de la sobreinformación. Más bien recogeré un cierto cúmulo de hechos acaecidos en los últimos tiempos para trazar un cierto esbozo filosófico social desde las coordenadas de mi circunstancia, esto es, un católico apostólico romano, y de esta manera dar algo de luz a las ideologías de fondo que promueven, entre otras cosas, el crimen del aborto, y que llamaré “social-fascismo”.
A lo largo del presente se comprenderá el uso de este término. Muchas cosas se pueden decir sobre ciertas decisiones políticas tomadas en España en los últimos años, a saber: la Ley de la Memoria Histórica, la asignatura Educación para la Ciudadanía y el proyecto de la nueva ley del aborto. Tienen en común éstas no ser sino instrumentos de división entre españoles, además de evitarse cualquier tipo de debate real sobre los mismos (con este proceder se empieza a comprender por qué es conveniente usar el término “social-fascista”). Se señalan a continuación, en general, los rasgos comunes de éstas a través de un esbozo de la ideología social-fascista que las promueven (sigo en este punto concreto a Gustavo Bueno). El primer rasgo destacable es el empeño por estrechar en lo posible el espacio de la objeción de conciencia, algo que por cierto siempre ha existido en la Iglesia Católica (por lo menos teológicamente). En el caso de EpC se podría construir esa asignatura con contenidos positivos, tales como enseñar las costumbres locales, las fiestas, el idioma, etc. Es decir, que no se critica la asignatura en sí misma, sino los objetivos que ésta esconde. Las siguientes son funciones sin parámetros que forman la base de estos presupuestos ideológicos.
1. Principio del Humanismo Laico: “El hombre es la medida de todas las cosas”, el cual lleva asociado un relativismo religioso, que evita todo posible diálogo constructivo. Todas las religiones, a fuerza de valer lo mismo terminan por no valer nada ninguna, salvo como un residuo folclórico-local que habría que observar como una película en un cine. El relativismo evita todo posible diálogo fecundo porque los relativistas por principio consideran ya las religiones como relativas (recuérdese el punto 26 de Caritas in Veritate).
2. Principio del Humanismo Ético, que atribuye a los sujetos humanos individuales la condición de entidades supremas, borrándose así toda posible fundamentación político-social en entidades trascendentes.
3. Cooperación mediante el “diálogo”, respetuoso, tolerante, relativista. Se olvida que la persona es sagrada y se suprime la “evangelización”, porque el diálogo que se propone distancia a las personas antes que unirlas. Desde mi perspectiva católica, porque vivo en una religión soteriológica, y por el deber de amor al prójimo, tenemos la obligación de proponer (que no de imponer, pues el amor impuesto no es amor) el modo de vida que Dios nos ha enseñado al Encarnarse.
4. Principio del “no a la guerra”, en virtud del cual no se comprenderían las formaciones de las ciudades, la historia de la Salvación, ni tampoco a Alejandro Magno, la expansión de los romanos, la formación de los Imperios, las revoluciones, etc. etc. Los libros de historia reducirían aún más sus contenidos (“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”, Lc 12, 49). El cristiano busca siempre la paz, pero no desde presupuestos infantiles, que evitan la confrontación dialéctica (que es otra vez una manera de darse el relativismo). Hay que luchar por la paz. Porque la paz es la “paz de la victoria”, en el sentido de que es un orden social el que prevalece sobre otros. Pero con este principio se evita la formación militar y la educación en historia de España, y de sus estudios críticos.
5. Armonía preestablecida a través de las Alianzas. Se pretende instaurar la definitiva felicidad en este mundo (que consistiría en el placer inmediato, la comodidad y conveniencia, envueltas en una dinámica de consumismo frenético para, entre otras cosas, suprimir el cargo de conciencia y, así, dar paso a la supresión de la trascendencia; con ello, se puede ya legitimar el aborto, incomprensible desde coordenadas católicas). Se olvida la clave de la idea de Pecado Original, en virtud del cual el hombre puede abrirse a Dios, pero nunca llegará a la dicha completa en este mundo (por cierto que la dicha se entiende como Gracia, conjugada con la Cruz y el Amor, opuestos a la “felicidad” pasajera e intrascendente de la sociedad de consumo).
De esta manera se empezarán a comprender mejor las razones de por qué introducir esta nueva ley, el por qué de sus métodos y la ideología social-fascista de fondo. Pero en cuanto al aborto propiamente, debemos decir que se despenalizó con el voto del PP y que ahora el Psoe la pretende ampliar (un esbozo analítico de las razones de esto es el presente escrito). Por eso no conviene olvidar esto porque algunos que han legitimado este genocidio pretenden sacar ahora tajada política. Además de los puntos anteriores y para empezar a ver más claro la ideología social-fascista que actúa detrás de esta nueva ley, consideremos la siguiente serie de ideas-guía que atraviesan esta ideología de fondo. Son ideas abstractas, que movilizan la acción muy eficazmente, pero que paradójicamente resultan ser ideas huecas, cáscaras vacías de contenido. Esto se entenderá con lo que sigue.
Solidaridad. ¿Pero qué tipo de solidaridad? Los miembros de ETA son muy solidarios entre ellos. Falta concretar. Faltan parámetros. Se evita así todo contacto con la realidad, que exigiría movilización filosófica y por tanto debates. ¿Qué tipo de solidaridad hay que tener con un miembro de ETA?, ¿y con un médico abortista?, ¿la misma que con niño débil e indefenso que cuida un misionero en América, pongamos por caso?
Autoestima personal. ¿Qué tipo de autoestima? Porque también Hitler tenía la autoestima muy alta. La insistencia en la individualidad se diría ligada a educar a los gobernados como consumidores autosatisfechos, capaces de ‘discernir’ sus preferencias consumistas como derivadas de su propia subjetividad y de una ‘autoestima personal’.
Diálogo. Sin advertir del relativismo de fondo. Se invita a la mera palabrería, a la mera cháchara.
Adquisición de competencias (“destrezas” y “habilidades”). ¿Competencia en hacer bombas? Hay que tener gran destreza para fabricarlas, ciertamente. De nuevo se evita concretar y así hacer uso del ejercicio de la filosofía. Es éste, como vemos, un proceder infantil. No dudamos de que si se concretase daríanse razones plausibles, pero lo que se critica aquí es precisamente que se evite darlas. Es un proceder fundamentalista, que evita toda involucración seria de argumentos. Son por principio impenetrables, calificando rápido de “fascista” a cualquiera que les cuestione. Puro fanatismo, o social-fascismo.
Conducta racional. Otra vez sin parámetros claro. Suponen los social-fascistas que la religión (por concretar algo nosotros, y poder decir algo con sentido) es algo privado y no público, ¿son irracionales los que salen en las procesiones de Semana Santa?
Formación de personas libres e íntegras, que es pura retórica burocrática.
Las anteriores (y otras que se pueden añadir, pero que excede los propósitos del presente esbozo, mas creo que son suficientes) forman parte del cuerpo de doctrina del social-fascismo. Pretenden que sus adeptos se cieguen por la luz de las bonitas palabras de estas ideas fuerza, pero se evita la organización crítica de sus posiciones prescindiendo del diálogo con otros (de un diálogo que vaya más allá de una foto), desaprovechando así el grado de verdad que ofrecen otras perspectivas filosóficas.
Es este social-fascismo el que impulsa la nueva ley del aborto. Se busca trivializar el aborto. No sería éste sino un vulgar proceso fisiológico (“como el que se quita un grano”). Además de suprimir una vida humana, esto me parece lo más grave del asunto. En efecto, educar en semejante trivialización trastoca el valor de las cosas que nos rodean. Una cosa tan seria como es el ciclo de la vida, el nacimiento de las personas, del que dependen todas las sociedades, se toma como algo totalmente trivial, sin importancia. Van despareciendo las cosas serias. Empieza todo a perder su valor. El relativismo parece que gana.
Ahora bien, si nos empeñamos en trivializar el aborto, tomemos en consideración el papel del padre de la criatura. Éste terminará pensando que “esa cosa” que su ¿novia?, ¿pareja?, ¿mujer? lleva dentro no va con él, que no tiene más valor que un grano molesto que le impide salir de fiesta. Se desplaza al padre (que tiene la misma responsabilidad que la madre), se abandona a la mujer (menudo favor a la “igualdad”) y el inocente, indefenso y débil niño termina siendo asesinado, como víctima del cuarto negocio más rentable del mundo.
En cuanto a los plazos, poco que decir, ¿cómo se puede justificar que el plazo permitido de gestación para poder acabar con la vida del feto sea inferior a 12 semanas?, ¿un segundo antes es un grano (o “un ser vivo pero no un ser humano”, como dice toda una ministra Aído) y un segundo después sí es ya un ser humano? La cuestión no merece más comentarios. En cuanto a permitir abortar a una niña de 16 años sin consultar a los padres: ¿alguien puede considerar maduras a las niñas de 16 años de nuestra sociedad para poder tomar ellas solas tan importante decisión (hágase aquí una pausa)?, ¿sabe una niña que va a abortar, no digo ya las terribles secuelas emocionales que persiguen a las que abortan durante su vida, sino siquiera las secuelas físicas que podrá arrastrar durante su vida? Repárese en esto, aunque sea un argumento que toca el lado egoísta de las secuelas del aborto. Parecería que esto no persiguiese sino sumar votos para las siguientes elecciones.
Estos últimos años en España ha habido una insultante cantidad de abortos, con distintos gobiernos. En teoría sólo se podía abortar bajo los tres supuestos famosos, pero en la práctica abortaba quien quería. Son rarísimos los casos de abortos por violación por las dificultades del coito; en todo caso, si produce alguno y es doloroso para la madre, que dé al niño en adopción, pero que no lo mate).
En el fondo, y ya personalmente, creo que nadie que tenga buen corazón puede estar a favor del aborto. Sólo se puede legitimar si se está muy cegado por una ideología o si se mira desde la perspectiva de la revolución sexual del presente. La total liberalización sexual implica una cierta permisividad para con el aborto. “Al fin y al cabo, se dicen las víctimas del mundo, el nonato es alguien que no se va a enterar de su muerte, va a ser silenciosa y rápida, pero a mí no me pidas responsabilidad sexual, porque quiero ‘disfrutar’ de la vida”.
No se dan cuenta los jóvenes que si no pones la vista en lo alto, muchas veces terminas poniéndola en cosas de poca altura. Que si no amas a Dios, se terminan adorando otros ídolos, y que a menudo se copian sus maneras. Si admiras a aquel que dice “sexo, drogas y rock and roll”, “disfruta de la vida”, “no pienses en que cosas que no se ven”, terminarán influyéndote sus modos de vida. Pero ese cantante, actor o modelo no es feliz. De hecho, muchos de estos se han terminado suicidando; de otros nos informan las revistas que cambian de pareja cada semana; de otros, que están en clínicas de desintoxicación. Recuerda que el que no es feliz un martes tampoco lo es un sábado. El mundo se muere de frío, y la casa que es nuestra vida se derrumba si no la construimos sobre roca.
En la cuestión del aborto nos jugamos mucho. Hay que formarse también en esta cuestión, dejando al margen intereses particularistas de partidos políticos, de los que continuamente escuchamos enfrentamientos superficiales, sin razones de fondo: se pasan la vida echándose cosas en cara. Tampoco digo que haya que verlo sólo desde una posición católica ni, en general, desde una perspectiva religiosa. Atrévete a pensar por ti mismo, y a sacar tus conclusiones. Una vez hecho esto actuarás en consecuencia. Por una persona que salve la vida merecerá la pena todo nuestro esfuerzo
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