¿Para qué sirven las humanidades?

Durante las dos últimas décadas, Francisco Rodríguez Adrados, ilustre catedrático de Lenguas Clásicas, ha escrito en diversos periódicos nacionales innumerables artículos en los que se lamentaba de la progresiva desaparición de las Humanidades en los planes de estudios de nuestro país. Se trataba de una queja necesaria, cuyo mérito debemos reconocer. Sin embargo, mucho nos tememos que su denuncia nunca ha sabido ir a la verdadera raíz del problema, y que tal deficiencia revela la razón oculta del continuo declive de las Humanidades en España y en todo Occidente. De tal modo, que, con frecuencia, los propios defensores de los saberes humanísticos forman parte de la problemática que explica su decadencia y quién sabe si su futura desaparición.
Ciertamente, las Humanidades están en crisis porque el carácter general de nuestra época muestra hacia ellas una inequívoca hostilidad. El racionalismo y pragmatismo de una sociedad tecnocrática, la fascinación por la informática y el encumbramiento de la Economía como reina de las ciencias, el caos intelectual dominante en el mundo académico universitario: sin duda, todo este conjunto de factores ha operado en perjuicio de unos saberes humanísticos percibidos, cada vez más, como inútiles y anacrónicos. En España, la supresión de la Facultad de Filosofía y Letras en la década de 1980 constituye un símbolo de esta tendencia: en vez de una visión aún hasta cierto punto orgánica del saber, la dispersión en múltiples facultades infectadas por el ombliguismo académico y por una perniciosa superespecialización.
 
Sin embargo, en realidad la crisis se mueve a un nivel aún más profundo. Las Humanidades han entrado en una decadencia tan espantosa porque el mundo intelectual posmoderno ha pronunciado contra ellas, por motivos de fondo, un juicio condenatorio. La razón de tal condena se nos explica muy bien en Fahrenheit 451, la profética novela de Ray Bradbury: allí, el jefe de los bomberos encargados de incendiar los libros explica a Montag –lector clandestino en una sociedad que prohíbe los libros– que éstos hacen sufrir a las personas. Las hacen infelices, al llevarlas a soñar con promesas imposibles de cumplir. Las arrojan a laberintos de los que, luego, ya no saben escaparse. Los libros sumen al hombre en el caos y en la confusión. Ergo: destruyamos los libros y construyamos ex novo un nuevo tipo de sociedad, racional, planificada, de trazos rectangulares, algo así como uno de los célebres cuadros de Mondrian, donde los hombres, al menos, alcancen un estado de cierta serenidad y equilibrio…, aunque sea al precio de lo más auténtico que late en su corazón.
 
La justificación del jefe de bomberos puede parecernos inadmisible, pero no deja de contener un importante grado de verdad. Desde la década de 1960, y de manera cada vez más acelerada, el mundo intelectual “de letras” –es decir, el campo de las Humanidades– ofrece un aspecto crecientemente caótico. La denuncia de Alan Sokal contra la vacía y fraudulenta palabrería de los supuestos príncipes del intelecto contemporáneo –con Barthes, Derrida y Lacan a la cabeza– representa un símbolo de dicho caos. Los planes de estudios de numerosas facultades universitarias “humanísticas” se han convertido en una maraña imposible de desentrañar. En tales condiciones, ¿cómo no considerar que todo ese fárrago conceptual constituye un lastre inservible, y que hemos de soltarlo para que nuestra mente pueda volar libre hacia un futuro de auténtica libertad?
 
¿Para qué demonios sirven las Humanidades?
 
La mayor culpa de los defensores –o supuestos defensores– de las Humanidades reside en que no han sabido explicar de manera convincente el sentido que éstas poseen para construir un mundo verdaderamente humano. Si el conjunto de los saberes humanísticos no conforma un todo orgánico, y si, en el fondo –como sucede hoy–, ya no sabemos qué hay que enseñar de ese conjunto a los alumnos, ni tampoco por qué, ni para qué, entonces las Humanidades se merecen un inmisericorde decreto de supresión.
 
Las Humanidades sirven –o deben servir– para convertir al hombre en un verdadero ser humano (y por eso resultan problemáticas en una época que intenta destruir y rediseñar al ser humano). Para ponerlo en contacto con los estratos más profundos de su corazón. Para enseñarle que el mundo es un todo orgánico lleno de misterio y de sentido. En último término, para enseñarle a vivir.
 
Si tenemos claras estas ideas básicas –lo cual no sucede hoy–, entonces se puede construir todo el resto del edificio. Entonces, ya sólo se trata de decidir qué es lo que queremos enseñar, y qué objetivo último –qué télos– perseguimos; qué morphé deseamos esculpir en el alma de nuestros estudiantes (difícil cuestión en una cultura que carece de cualquier idea definida acerca de sí misma, de la vida, del mundo y de cualquier otra cosa importante). Y, a partir de ahí, zambullir a los alumnos en el maravilloso mundo de la cultura, donde les esperan la magdalena de Proust, el cosmos geocéntrico medieval, las angustias que Dostoievski nos describe en Raskolnikoff, la armonía preestablecida de Leibniz, El Aleph de Borges, el Siddharta de Hermann Hesse, la batalla de Montecassino, el caso Galileo –¡pero no el tópico, por favor, sino la verdad!–, los personajes de Casablanca, la hybris de Prometeo, el significado originario de la esvástica, la guerra de Troya o el sueño de Escipión. Todo esto y tantas y tantas cosas más. Pero, como decimos, si todo este conjunto de conocimientos no se encuentra animado por un mismo espíritu y por una intención unificante, y si no pretende enseñar nada realmente importante a los alumnos acerca de su propia vida, entonces, ¿por qué deberíamos lamentar la defunción de unas Humanidades que, en el fondo, ya no merecen existir?
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One Response

  1. Gracias por este mensaje, me funcionó para una pequeña investigación que debo hacer en la universidad.

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