Lo heroico, lo trágico y lo guerrero en la tauromaquia.

Lo heroico, lo trágico y lo guerrero en la tauromaquia. Publicado en http://elmatinercarli.blogspot.com/

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Bolivia legaliza la «justicia» indígena

La Cámara legislativa del Congreso de Bolivia ha aprobado una ley que otorga a los pueblos indígenas el derecho a administrar justicia de forma autónoma a los tribunales del Estado y según sus propias costumbres. Un auténtico paso atrás sin pasos adelante que hunde a esta nación en la irracionalidad y el oscurantismo.

Leer en http://www.elrevolucionario.org/rev.php?articulo1742

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Glorias de España. Primera parte (de B. Feijoo)

http://filosofia.org/bjf/bjft413.htm

« Tenían ganas de matarlo porque… llamaba a Dios Padre suyo »

Carta a Diogneto (hacia 200)
Cap. 9

Dios, hasta estos últimos tiempos, nos ha permitido dejarnos llevar por nuestras inclinaciones desordenadas, arrastrados por los placeres y las pasiones. No es que él se complaciera lo más mínimo en nuestros pecados: únicamente toleraba ese tiempo de iniquidad sin darle su consentimiento. Preparaba el tiempo actual de la justicia para que, convencidos de haber sido indignos de la vida durante este período por razón de nuestros pecados, nos hiciéramos dignos ahora por la bondad divina, y que después de habernos mostrado incapaces de entrar por nosotros mismos en el Reino de Dios, nos capacitábamos por el poder divino…

No nos ha odiado, no nos ha rechazado… Teniendo piedad de nosotros él mismo cargó con nuestras faltas, y entregó su propio Hijo como en rescate, por nosotros: al santo por los impíos, al inocente por los malvados, «al justo por los injustos» (1P 3,18), al incorruptible por los corrompidos, al inmortal por los mortales. ¿Dónde encontrar con qué cubrir nuestros pecados, fuera de su justicia? ¿Por quién podremos ser justificados… si no es únicamente por el Hijo de Dios? ¡Dulce canje, impenetrable creación, beneficios inesperados! El crimen de un gran número queda cubierto por la justicia de uno solo, y la justicia de uno solo justifica a numerosos criminales. En el pasado, primeramente convenció a nuestra naturaleza de su incapacidad para alcanzar la vida. Ahora nos ha mostrado al Salvador capaz de salvar incluso lo que no podía ser salvado. De estas dos maneras, ha querido darnos la fe en su bondad y nos hacer ver en sí al creador, al padre, al amo, al consejero, al médico, a la inteligencia, la luz, el honor, la gloria, la fuerza y la vida.

Excelencia educativa

Excelencia educativa (publicado en http://lasantaalianza.blogspot.com/

“¿Hijo, qué quieres ser de mayor? Pues… hijo, papá”. Así ironizaba sobre su vástago un camarero entrado en años que hablaba, hace unos días, con su compañero mientras servía la barra. “Ahora –prosiguió– ‘me se’ va con la novia diez días a Mallorca. ¡Cómo viven estos chicos!”

Estos chicos, sin privarse de ningún placer adulto, prolongan indefinidamente la dependencia de sus padres y se gastan lo que ganan en coches, ordenadores, cadenas de música y diversiones. Estos chicos siguen con juegos de niños hasta los dieciocho años y, hasta los treinta, se pasan buena parte del día entretenidos con Internet y con la televisión. A los treinta y cinco, siguiendo el modelo de la serie Friends, tienen todavía pandillas. “Son mis amigos, por encima de todas las cosas”, dice una famosa cancioncilla, con dejes de blasfemia. Y a los cuarenta, empiezan a plantearse el futuro, ante el probable óbito de sus progenitores: se compran un piso de una sola habitación, y todo lo demás sigue igual.

Estos chicos –y no tan chicos– se divierten, y mucho, cosa que no tiene nada de nuevo. Lo nuevo es que, cuando pierden su tiempo en juergas y pasatiempos, no hacen, como en otro tiempo, algo de más, sino algo de menos. Se juntan, se aman, ven películas, oyen música, se emborrachan o fuman hachís como con desgana y aburrimiento. No lo hacen porque les desborde la fuerza vital de sus pasiones, sino porque les falta fuerza para pensar. Estos chicos ni siquiera son transgresores de normas y costumbres, porque la única norma que conocen es que no hay normas, lo único que creen es que nada es digno de crédito, de lo único que están convencidos es de que nada es verdad. Es decir, estos chicos son escépticos, pero no por exceso de crítica, sino por ausencia de pensamiento. En argot: son pasotas.

Estamos hechos para pensar, esto es, para conocer la realidad, que nos asalta con preguntas y evidencias intranquilizadoras. Pero pensar es doloroso, los datos son molestos y la realidad verdaderamente latosa. Por eso, hace falta mucho instrumento de diversión, mucha conexión con amigos por Internet, mucha repetición de máximas televisivas y, cuando esto no basta, mucho alcohol o suficiente droga para no pensar. Es necesario todo eso en grandes dosis para responder, siempre que se presenta un problema moral, político y religioso: “eso depende”, “cada uno ve las cosas a su manera” o “yo paso de esos malos rollos, tío”.

Estos chicos ¿de dónde han salido? De nuestro sistema de educación estatal. Lentamente, a base de sucesivos empujones y codazos el Estado Español, ese gran culpable, ha ido arrinconando la educación religiosa y familiar hasta monopolizar, más, mucho más que en otros países, la educación. Desde los ideales ilustrados contra el analfabetismo, hasta los planes de Villar Palasí, las Logses, las Loes, las Lous y todo ESO, pasando por estatismo educativo de Franco (que, por cierto, las jerarquías eclesiásticas admitieron sin chistar), la maquinaria estatal no ha hecho más que engullir todo el control de la enseñanza. Controla la edad de ingresar obligatoriamente en la educación, su duración y contenidos; controla que los listos no destaquen (por eso no pueden aprender a leer antes de los cinco años) y que los otros no se retrasen y, por ello, se les pasa de curso, hayan aprobado o no. Controla la ideología y los métodos de enseñanza, los castigos, los manuales, los exámenes y la preparación de los profesores. Controla el tamaño de los colegios, el de las aulas, el número de cursos y de alumnos por clase, de metros de patio, de gimnasio y de horas de clase, y de todo cuanto se les pueda ocurrir. Controla todo menos lo que debiera, a saber, que no haya bachilleres que no sepan escribir y que no haya profesionales incapaces en las carreras puramente civiles.

Las instituciones educativas se han convertido en grandes establos, de régimen cerrado en el caso de colegios e institutos, de régimen abierto en el caso de las universidades. Su fin ya no es educar, es decir, hacer hombres de bien capaces de enjuiciar cualquier asunto, como decía Aristóteles, sino mantener fuera de las calles a los alumnos y “socializarles”, es decir, adoctrinarles en el relativismo democrático e igualar a todos en la ignorancia. No hablaré de las humillaciones que sufren los profesores. En breve tendrán que dar clase detrás de una urna de cristal acorazado y el orden será mantenido por la policía, como ya va a suceder en Francia. De los conocimientos sólo contaré que en 2º de Bachillerato, justo antes de entrar en la universidad, pregunté quien era anterior, Carlomagno o Alejandro Magno ¡y ninguno lo supo en toda una clase!

Dado tan clamoroso fracaso ¿facilita el estado la educación privada o la educación eclesiástica? Nada de eso. Ni hace, ni deja hacer. No permite la enseñanza en casa. Para fundar un colegio no concertado, hay que empezar por poner alrededor de ocho millones de euros sobre la mesa. No digamos para una universidad. En Francia, cuna del estatismo educativo, los alumnos pueden estudiar a distancia y basta con una casa, y poco más, para hacer un colegio. He conocido una universidad tradicionalista en París, que expide títulos reconocidos por la Sorbona, y cuyos locales se reducen a dos o tres pisos de un edificio. Aquí no: la constitución declara la libertad de enseñanza, pero el estado pone tales exigencias materiales para que se establezca un colegio o una universidad, que ninguna asociación que no sea muy poderosa puede ni siquiera planteárselo.

Los informes Pisa, los de la OCDE y de otros organismos internacionales, han puesto recientemente en la picota el sistema educativo español como uno de los que están a la cola de los países desarrollados. Algunos, desde la perspectiva del estado de derecho democrático se han llevado las manos a la cabeza. Por ejemplo Pérez-Reverte, con la delicadeza que le caracteriza, ha puesto de vuelta y media a Zapatero (al cual llama imbécil) y a sus ministros y ministras (cuya madre no se olvida de mentar), porque las sucesivas reformas socialistas –no menos que las del PP– han dado como resultado la ignorancia supina, la incapacidad de comprender el mundo, en que se halla sumida buena parte de nuestra juventud.

Pues bien, no estoy de acuerdo. Desde el punto de vista democrático, es un craso error calificar de desastrosa la educación pública española. Para verlo basta remontarse a Rousseau, padre doctrinal de la democracia, con su Contrato Social y padre, a la vez, de la pedagogía moderna, con su Emilio. Una cosa es complementaria de la otra. El pacto social conlleva que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general”. Si una voluntad particular se niega, por disconformidad, a obedecer a la voluntad general, es lícito someterla por la fuerza. Con ello, según dice Rousseau, se obliga al ciudadano a ser libre, pues sólo la constitución de la voluntad general impide que estemos sometidos a una voluntad de otra persona. La voluntad personal pasa, en lo que se refiera a los asuntos públicos, a ser voluntad general, que, de hecho, se identifica con la voluntad del que ha sido votado. En nuestro caso con la voluntad del Sr. Rodríguez y su corte de los milagros.

Ahora bien, cuando se ha amputado la voluntad personal en lo que a las cuestiones sociales se refiere; cuando todo el interés por los asuntos comunes, o por la patria, se puede plasmar solamente en el voto a partidos e individuos que harán lo que les venga en gana; cuando todo eso sucede –digo– es necesario lobotomizar también la inteligencia sobre tales temas. Si se dejara que los españoles fueran educados en el sentido clásico de la palabra, es decir, si pudieran tener una concepción del mundo razonable, que les habilitara para juzgar sobre el bien y el mal en temas de política y en cualquier otro, su sufrimiento sería insoportable y resultarían, además, difícilmente gobernables. Al que le cercenan un órgano le anestesian; lo mismo debe hacerse con el que ha cedido su capacidad decisoria sobre sus deberes más importantes. Otra cosa sería crueldad. Los ciudadanos de una democracia sólo deben tener los conocimientos necesarios para la producción; deben limitarse a la profesión que les permite ganarse la vida y pagar los impuestos. Sobre todo lo demás, tienen que estar convencidos de que no cabe conocimiento seguro, y de que todo es cuestión de un gusto que queda a discreción de los representantes de la voluntad general.

Por eso, según dice Rousseau en el Emilio, la educación del niño individual deberá “ser puramente negativa, la cual no consiste ni en enseñar la virtud ni la verdad, sino en librar de vicios el corazón y el espíritu del error”. ¿A qué se refiere con eso del vicio y del espíritu de error? Pues a los conocimientos que van más allá de lo que necesita en su vida personal, es decir, a los conocimientos filosóficos y a los que proporciona la Revelación. “Son los filósofos con su preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones los que envilecen” el corazón del niño, dice Rousseau. La enseñanza tiene como finalidad evitar las preocupaciones sobre el futuro, que nacen de la metafísica, de la religión y de la moral: “Si pudierais no hacer nada, ni dejar hacer nada, si lograrais tener sano y robusto a vuestro alumno hasta la edad de doce años, sin que supiera distinguir su mano derecha de la izquierda, desde vuestras primeras lecciones se abrirían lo ojos de su entendimiento a la razón, sin baches ni preocupaciones”. Porque así disfrutará de la vida, sin que las teorías y religiones la ensombrezcan. “Padres –recomienda Rousseau–, tan pronto como puedan vuestros hijos gozar del placer de la existencia, haced que disfruten de él, y cuando les llegue la hora en que Dios los llame, no mueran sin haber disfrutado de la vida”.

Vista desde la genuina doctrina de la democracia, la educación pública española es un éxito sin precedentes: tras un larguísimo período de instrucción, que se extiende hasta los veinticinco años, los discentes han aprendido a manejar, con más o menos pericia, unos instrumentos de producción y, sobre todo, han aprendido que nada más puede aprenderse. Se ha logrado que los alumnos no distingan la derecha de la izquierda, no ya hasta los doce años, como dice Rousseau, sino hasta la edad de jubilación. La inmadurez e inconsciencia del adolescente se junta con la recaída en la infancia del anciano. No sólo se les ha extirpado la voluntad particular en beneficio de la voluntad general, sino que se ha completado la operación con la ablación de toda concepción del universo que les permita juzgar con independencia de la voluntad general. Y si usted, amigo lector, duda que sea excelente tal educación, es porque se obstina en conocer, en creer y en desear el bien; es porque, en el fondo, todavía no es usted un demócrata.

José Miguel Gambra

Voz del Pueblo, discurso de B. J. Feijoo

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De http://www.filosofia.org/bjf/bjft101.htm , página del proyecto Filosofía en español, donde se encuantran las obras completas de B. J. Feijoo

Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso primero

Voz del Pueblo

Aquella mal entendida máxima, de que Dios se explica en la voz del pueblo, autorizó la plebe para tiranizar el buen juicio, y erigió en ella una Potestad Tribunicia, capaz de oprimir la nobleza literaria. Este es un error, de donde nacen infinitos: porque asentada la conclusión de que la multitud sea regla de la verdad, todos los desaciertos del vulgo se veneran como inspiraciones del Cielo. Esta consideración me mueve a combatir el primero este error, haciéndome la cuenta de que venzo muchos enemigos en uno solo, o a lo menos de que será más fácil expugnar los demás errores, quitándoles primero el patrocinio, que les da la voz común en la estimación de los hombres menos cautos.

§. I

1. Aestimes judicia, non numeres, decía Séneca {(a) Epist. 39}. El valor de las opiniones se ha de computar por el peso, no por el número de las almas. Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones? Antes es de creer que la multitud añadirá estorbos a la verdad, creciendo los sufragios al error. Si fue superstición extravagante de los Molosos, pueblo antiguo de Epiro, construir el tronco de una encina por órgano de Apolo, no lo sería menos conceder esta [2] prerrogativa a toda la selva Dodonéa. Y si de una piedra, sin que el artífice la pula, no puede resultar la imagen de Minerva, la misma imposibilidad quedará en pie, aunque se junten todos los peñascos de la montaña. Siempre alcanzará más un discreto solo, que una gran turba de necios; como verá mejor al Sol una Aguila sola, que un ejército de Lechuzas.

2. Preguntado alguna vez el Papa Juan XXIII qué cosa era la que distaba más de la verdad, respondió que el dictamen del vulgo. Tan persuadido estaba a lo mismo el severísimo Foción, que orando una vez en Atenas, como viese que todo el pueblo, de común consentimiento, levantaba la voz en su aplauso, preguntó a los amigos que tenía cerca de sí, que en qué había errado, pareciéndole, que en la ceguera del pueblo no cabía aplaudir sino los desaciertos. No apruebo sentencias tan rigurosas, ni puedo considerar al pueblo como Antípoda preciso del hemisferio de la verdad. Algunas veces acierta; pero es por ajena luz, o por casualidad. No me acuerdo qué Sabio compara el vulgo a la Luna, a razón de su inconstancia. También tenía lugar la comparación, porque jamás resplandece con luz propia: Non consilium in vulgo, non ratio, no discrimen, non diligentia, decía Tulio {(a) Orat. pro Planc.}. No hay dentro de este vasto cuerpo luz nativa, conque pueda discernir lo verdadero de lo falso. Toda ha de ser prestada; y aun esa se queda en la superficie: porque su opacidad hace impenetrable a los rayos el fondo.

3. Es el pueblo un instrumento de varias voces, que si no por un rarísimo acaso, jamás se pondrán por sí mismas en el debido tono, hasta que alguna mano sabia las temple. Fue sueño de Epicuro pensar que infinitos átomos, vagueando libremente por el aire al ímpetu del acaso, sin el gobierno de alguna mente, pudiesen formar este admirable sistema del Orbe. [3] Pedro Gasendo, y los demás Reformadores modernos de Epicuro, añadieron a este confuso vulgo el régimen de la suprema inteligencia. Y aun supuesto ese, no se puede entender cómo, sin formas, que pulan la rudeza de la materia, produzca la tierra la más humilde planta. Poco se distingue el vulgo de los hombres del vulgo de los átomos. De la concurrencia casual de sus dictámenes apenas podrá resultar jamás una ordenada serie de verdades fijas. Será menester que la suprema Inteligencia sea Intendente de la Obra, pero ¿cómo lo hace? Usando, como de subalternos suyos, de hombres sabios, que son las formas que disponen, y organizan esos materiales entes.

4. Los que dan tanta autoridad a la voz común, no preveen una peligrosa consecuencia, que está muy vecina a su dictamen. Si a la pluralidad de voces se hubiese de fiar la decisión de las verdades, la sana doctrina se habría de buscar en el Alcorán de Mahoma, no en el Evangelio de Cristo. No los Decretos del Papa, sino los del Mustí habrían de arreglar las costumbres; siendo cierto, que más votos tiene a su favor en el mundo el Alcorán, que el Evangelio. Yo estoy tan lejos de pensar que el mayor número deba captar el asenso, que antes pienso se debe tomar el rumbo contrario: porque la naturaleza de las cosas lleva, que en el mundo ocupe mucho mayor país el error, que la verdad. El vulgo de los hombres, como la ínfima, y más humilde porción del orbe racional, se parece al elemento de la tierra, en cuyos senos se produce poco oro, pero muchísimo hierro.

§. II

5. Quien considerare, que para la verdad no hay más que una senda, y para el error infinitas, no extrañará que caminando los hombres con tan escasa luz, se descaminen los más. Los conceptos, que el entendimiento forma de las cosas, son como las [4] figuras cuadriláteras, que sólo de un modo pueden ser regulares; pero de innumerables modos pueden ser irregulares, o trapecias, como las llaman los Matemáticos. Cada cuerpo en su especie, sólo por una medida, puede salir rectamente organizado; pero por otras infinitas puede salir monstruoso. Sólo de un modo se puede acertar: errar, de infinitos. Aun en el Cielo no hay mas que dos puntos fijos para dirigir los navegantes. Todo lo demás es voluble. Otros dos puntos fijos hay en la esfera del entendimiento: la revelación, y la demostración. Todo el resto está lleno de opiniones, que van volteando, y sucediéndose unas a otras, según el capricho de inteligencias motrices inferiores. Quien no observare diligente aquellos dos puntos, o uno de ellos, según el hemisferio por donde navega; esto es, el primero en el hemisferio de la gracia, el segundo en el hemisferio de la naturaleza, jamás llegará al puerto de la verdad. Pero así como en muy pocas partes del globo terráqueo miran derechamente las agujas magnéticas a uno, ni a otro Polo, sí que las más declinan de él, ya más, ya menos grados; ni más, ni menos en muy pocas partes del mundo atina el entendimiento humano con uno, ni otro Polo de su gobierno. Al Polo de la revelación sólo se mira derechamente en dos partes pequeñas; una de la Europa, otra de la América. En todas las demás se declina, ya más, ya menos grados. En los Países de los herejes, ya tuerce bastante la aguja: más aún en los de los Mahometanos: muchísimo más en los de los idólatras. El Polo de la demostración sólo tiene inspectores en el corto pueblo de los Matemáticos; y aun ahí se padecen a veces algunas declinaciones.

6. ¿Pero qué es menester girar el mundo, para hallar en varias regiones la sentencia del común, divorciada con la verdad? Aun en aquel pueblo, que se llamó Pueblo de Dios, tan lejos estuvieron muchas veces de ser una misma la voz de Dios, y la del pueblo, [5] que ni aun consonancia tuvieron entre sí. Tan presto se ponía la voz del pueblo en armonía con la Divina; tan presto se desviaba a la mayor disonancia. Propónele Moisés las leyes que Dios le había dado; y todo el pueblo responde a una voz: Cuanto Dios ha dicho ejecutaremos: Responditque omnis populus una voce: Omnia verba Domini, quae locutus est, faciemus. {(a) Exod. 24.} ¡Oh qué consonancia tan hermosa de una voz con otra! Apártase el Maestro de Capilla Moisés, que ponía en tono la voz del pueblo, y al instante el pueblo mismo congregado, después de obligar a Aaron a que le fabricase dos Idolos, levanta la voz, diciendo, que aquellos son los verdaderos Dioses, a quienes deben su libertad: Dixeruntque, Hi sunt Dii tui Israel, qui te eduxerunt de terra Aegypti. ¡Oh qué disonancia tan horrible!

7. Así sucedió otras muchas veces. Pero el caso en que pidieron Rey a Samuel tiene algo de particular. La voz de Dios, por el órgano del Profeta, los disuadía de la elección de Rey. ¡Pero qué distante estaba la voz del pueblo de ponerse en consonancia con el órgano de Dios! Instan una, y otra vez que se les dé Rey: ¿Y en qué se fundan? En que las demás Naciones le tienen: Erimus nos quoque sicut omnes gentes. Aquí se notan dos cosas: La una, que siendo voz de todo el pueblo, fue errada: La otra, que no la eximió de error el ir calificada con la autoridad de todos los demás pueblos: Erimus nos quoque sicut omnes gentes. La voz del pueblo de Israel se puso en consonancia con las voces de todos los demás pueblos; y la consonancia con las voces de todos los demás pueblos la hizo disonante de la voz Divina. Andaos ahora a gobernaros por voces comunes sobre el fundamento de que la voz del Pueblo es voz de Dios. [6]

§. III

8. En una materia determinada creí yo algún tiempo que la voz del pueblo era infalible; conviene a saber, en la aprobación, o reprobación de los sujetos. Parecíame que aquel que todo el pueblo tiene por bueno, ciertamente es bueno: el que todos tienen por sabio, ciertamente es sabio; y al contrario. Pero haciendo más reflexión, hallé que también en esta materia claudica algunas veces la sentencia popular. Estando una vez Foción reprehendiendo con alguna aspereza al pueblo de Atenas, su enemigo Demóstenes le dijo: Mira que te matará el pueblo, si empieza a enloquecer. Y a tí te matará (respondió Foción) si empieza a tener juicio. Sentencia conque declaró su mente, de que nunca hace el pueblo concepto sano en la calificación de sujetos. El hado infeliz del mismo Foción comprobó en parte su sentir; pues vino a morir por el furioso pueblo de Atenas, como delincuente contra la patria, siendo el hombre mejor que en aquel tiempo tenía la Grecia.

9. Ser reputado un ignorante por sabio, o un sabio por loco, no es cosa que no haya sucedido en algunos pueblos. Y en orden a esto, es gracioso el suceso de los Abderitas con su compatriota Demócrito. Este Filósofo, después de una larga meditación sobre las vanidades, y ridiculeces de los hombres, dio en el extremo de reírse siempre que cualquiera suceso le traía este asunto a la memoria. Viendo esto los Abderitas, que antes le tenían por sapientísimo, no dudaban en que se había vuelto loco. Y a Hipócrates, que florecía en aquel tiempo, escribieron, pidiéndole encarecidamente que fuese a curarle. Sospechó el buen viejo lo que era; que la enfermedad no estaba en Demócrito, sino en el pueblo, el cual a fuer de muy necio, juzgaba en el Filósofo locura, lo que era una excelente sabiduría. Así le escribe a su amigo Dionisio, dándole noticia de este llamamiento de los Abderitas [7] y relación que le habían hecho de la locura de Demócrito: Ego vero neque morbum ipsum esse puto, sed immodicam doctrinam, quae revera non est immodica, sed ab idiotis putatur. Y escribiendo a Filopemenes, dice: Cum non insaniam, sed quandam excellentem mentis sanitatem vir ille declaret. Fue, en fin, Hipócrates a ver a Demócrito, y en una larga conferencia, que tuvo con él, halló el fundamento de su risa en una moralidad discreta, y sólida, de que quedó convencido, y admirado. Da puntual noticia Hipócrates de esta conferencia en carta escrita a Damageto, donde se leen estos elogios de Demócrito. Entre otras cosas le dice: Mi conjetura, Damageto, salió cierta. No está loco Demócrito; antes es el hombre más sabio que he visto. A mí con su conversación me hizo más sabio, y por mí a todos los demás hombres: Hoc erat illud, Damagete, quod conjectabamus. Non insanit Democritus, sed super omnia sapit, & nos sapientiores effecit, & per nos omnes homines.

10. Hállanse estas cartas en las obras de Hipócrates, dignísimas, cierto, de ser leídas, especialmente la de Damageto. Y de ellas se colige, no sólo cuanto puede errar el pueblo entero en el concepto que hace de algún individuo; mas también la ninguna razón conque tantos Autores pintan a Demócrito como un hombre ridículo, y semifatuo, pues nadie le disputa el juicio, y la sabiduría a Hipócrates; y este, habiéndole tratado muy de espacio, da testimonio tan opuesto, que por su dicho venía a ser Demócrito el hombre mas sabio, y cuerdo del mundo. Otra carta se halla de Hipócrates a Demócrito, donde le reconoce por el mayor Filósofo natural del Orbe: Optimum naturae, ac mundi interpretem te judicavi. Era entonces Hipócrates bastantemente anciano, pues en la misma carta lo dice: Ego enim ad finem medicinae non perveni, etiamsi jam senex sim. Y por tanto capacísimo de hacer recto juicio de la doctrina de Demócrito. Lo que, a mi [8] parecer, hace verosímil la acusación que algunos Autores oponen a Aristóteles, de que no expuso fielmente las opiniones de este, y otros Filósofos, que le precedieron, a fin de establecer en el mundo la monarquía de su doctrina, desacreditando todas las demás, y haciendo (dice el gran Bacon de Verulamio) con los demás Filósofos lo que hacen los Emperadores Otomanos, que para reinar seguros, matan a todos sus hermanos. Pero volvamos a nuestro propósito.

{(a) En el Tom. 6. Disc. 2. núm. 18. notamos que muchos Críticos se inclinan a que las cartas de Hipócrates a Demócrito son supuestas.}

§. IV

11. En cuanto a la virtud, y el vicio, tomando uno por otro en sujetos determinados, fueron tantos los errores de los pueblos, que se tropieza con ellos a cada paso en las historias. No hay mas que ver que los mayores embusteros del mundo pasaron por depositarios de los secretos del Cielo. Numa Pompilio introdujo en los Romanos la Policía, y Religión que quiso, a favor de la ficción de que la Ninfa Egeria le dictaba todo cuanto él proponía. Debajo de las Banderas de Sertorio militaron ciegos los Españoles contra los Romanos, por haberle creído que en una cierva blanca, que había creado a su modo, y de quien con astucia se servía, ostentando que sabía por ella todas las noticias, que por vías ocultas se le administraban, le hablaba la Deidad de Diana. Mahoma persuadió a una gran parte de la Asia, que el Arcángel San Gabriel era Nuncio, que había deputado para él la Corte Celestial, debajo de la figura de una paloma, a quien había enseñado a arrimarle el pico a la oreja. Los más de los Heresiarcas, aunque manchados de vicios bastantemente descubiertos, fueron reputados en varios pueblos como Archivos venerables de los Misterios Divinos. [9]

12. Dentro del mismo seno de la Iglesia Romana se produjeron semejantes monstruosidades. Tanquelino, hombre flagiciosísimo, dado descubiertamente a toda torpeza, en el siglo undécimo fue venerado de todo el pueblo de Amberes por Santo; en tanto grado, que guardaban como reliquia la agua en que se lavaba. La República Florentina, que nunca pasó por pueblo rudo, respetó muchos años, como hombre santo, y dotado de espíritu profético, a Fr. Gerónimo Sabonarola, hombre de prodigiosa facundia, y aún mayor sagacidad, que les hizo creer que eran revelaciones sus conjeturas políticas, y los avisos ocultos que tenía de la Corte de Francia, sin embargo de que muchas de sus predicciones salieron falsas, como la de la segunda venida de Carlos VIII a Italia; de la mejoría de Juan Pico de la Mirándula en la enfermedad de que dos días después murió, y otras. Ni haberle quemado en la plaza pública de Florencia bastó para desengañar a todos de sus imposturas: pues no sólo los herejes le veneran como un hombre celestial, y precursor de Lutero, por sus vehementes declamaciones contra la Corte de Roma; más aún algunos Católicos hicieron su panegírico, entre los cuales sobresalió Marco Antonio Flaminio, con este hermoso, aunque falso epigrama:

Dum fera flamma tuos, Hieronyme, pascitur artus
Religio Sacras dilaniata comas
Flevit, & O, dixit, crudeles parcite flammae.
Parcite, sunt isto viscera nostra rogo.

13. Lo que ha habido en esta materia más monstruoso es, que algunas Iglesias particulares celebraron, y dieron culto, como a Santos, a hombres perversos, o que murieron separados de la comunión de la Iglesia Romana. La Iglesia de Limoges celebró solemnemente mucho tiempo con rezo propio, que aún hoy existe en el Breviario antiguo de aquella Iglesia, [10] a Eusebio Cesariense, que vivió, y murió en la herejía Arriana, por equivocación, a lo que se puede discurrir, que hubo al principio, de Eusebio Obispo de Cesarea en Capadocia, sucesor de San Basilio, con Eusebio Obispo de Cesarea en Palestina, de quien hablamos. Bien sé que uno, u otro Autor dicen que Eusebio se redujo en el Concilio Niceno a la creencia Católica, y fue después constante en ella; pero contra tantos testimonios en contrario, y contra sus mismos escritos, que al parecer carece su defensa de toda probabilidad. La Iglesia de Turón veneró a un ladrón como mártir, y le tenía erigido Altar, que destruyó, sacando de su error al pueblo, San Martín, como afirma Sulpicio Severo en su Vida.

§. V

14. Para desconfiar del todo de la voz popular, no hay sino hacer reflexión sobre los extravagantísimos errores, que en materias de religión, policía, y costumbres se vieron, y se ven autorizados con el común consentimiento de varios pueblos. Cicerón decía, que no hay disparate alguno tan absurdo, que no le haya afirmado algún Filósofo: Nihil tam absurdum dici potest, quod non dicatur ab aliquo Philosophorum {(a) Lib. 2. de Divinit.}. Con más razón diré yo, que no hay desatino alguno tan monstruoso, que no esté patrocinado del consentimiento uniforme de algún pueblo.

15. Cuanto la luz de la razón natural representa abominable, ya en esta, ya en aquella región, pasó, y aún pasa por lícito. La mentira, el perjurio, el adulterio, el homicidio, el robo; en fin, todos los vicios lograron, o logran la general aprobación de algunas naciones. Entre los antiguos Germanos el robo hacía al usurpador legítimo dueño de lo que hurtaba. Los Hérulos, pueblo antiguo, poco distante del mar Báltico, [11] aunque su situación no se sabe a punto fijo, mataban todos los enfermos, y viejos: ni permitían a las mujeres sobrevivir a sus maridos. Más bárbaros aún los Caspianos, pueblos de la Scytia, encarcelaban, y hacían morir de hambre a sus propios padres, cuando llegaban a edad avanzada. ¿Qué deformidades no ejecutarían unos pueblos de Etiopía, que según Eliano, tenían por Rey a un perro, siendo este bruto con sus gestos, y movimientos regla de todas sus acciones? Fuera de la Etiopía señala Plinio los Toembaros, que obedecían al mismo dueño.

16. Ni está mejorado en estos tiempos el corazón del mundo. Son muchas las regiones donde se alimentan de carne humana, y andan a caza de hombres como de fieras. En el Palacio del Rey de Macoco, dueño de una grande porción de la África, junto a Congo, se matan diariamente, a lo que afirma Tomás Cornelio, doscientos hombres, entre delincuentes y esclavos de tributo, para plato del Rey, y de sus domésticos, que son muchísimos. Los Yagos, pueblos del Reino de Ansico, en la misma África, no sólo se alimentan de los prisioneros que hacen en la guerra, mas también de los que entre ellos mueren naturalmente; de modo, que en aquella nación los muertos no tienen otro sepulcro que el estómago de los vivos. Todo el mundo sabe que en muchas partes del Oriente hay la bárbara costumbre de quemarse vivas las mujeres cuando mueren sus maridos; y aunque esto no es absoluta necesidad, rarísima, o ninguna deja de ejecutarlo, porque queda después infame, despreciada, y aborrecida de todos. Entre los Cafres, todos los parientes del que muere tienen la obligación de cortarse el dedo pequeño de la mano izquierda, y echarle en el sepulcro del difunto.

17. ¿Qué diré de las licencias que tiene la torpeza en varias naciones? En Malabar pueden las mujeres casarse con cuantos maridos quisieren. En la Isla de [12] Ceylán, en casándose la mujer, es común a todos los hermanos del marido; y pueden los dos consortes divorciarse cuando quieran, para contraer nueva alianza. En el Reino de Calicut todas las nuevas esposas, sin excepción de la misma Reina, antes de permitirse al uso de sus maridos, son entregadas a la lascivia de alguno de sus Bracmanes, o Sacerdotes. En la Mingrelia, Provincia de la Georgia, donde son Cristianos Cismáticos, con mezcla de varios errores, el adulterio pasa por acción indiferente; y así rarísima persona hay, ni de uno, ni de otro sexo que guarde fidelidad a su consorte; bien es verdad que el marido en el caso de sorprender a la mujer en el adulterio, tiene derecho para hacer pagar al adúltero un cochino, que es muy buena satisfacción, y suele ser convidado a comer de él el mismo reo.

§. VI

18. Sería cosa inmensa, si me pusiese a referir las extravagantísimas supersticiones de varios pueblos. Los antiguos Gentiles ya se sabe que adoraron los mas despreciables, y viles brutos. Fue Deidad de una nación la Cabra; de otra la Tortuga; de otra el Escarabajo; de otra la Mosca. Aun los Romanos, que pasaron por la gente más hábil del Orbe, fueron extremamente ridículos en la Religión, como San Agustín en varias partes de sus libros de la Ciudad de Dios les echa en rostro; en que lo más especial fue aquella innumerable multitud de Dioses, que introdujeron, pues sólo para cuidar de las mieses, y granos tenían repartidos entre doce Deidades doce oficios diferentes. Para guardar la puerta de la casa había tres; el Dios Lorculo cuidaba de la tabla; la Diosa Cardea cuidaba del quicio, y el Dios Limentino del umbral; en que con gracejo los redarguye San Agustín, de que teniendo cualquiera por bastante un hombre solo para portero, no pudiendo un Dios solo hacer lo [13] que hace un hombre solo, pusiesen tres en aquel ministerio. Plinio, que va por el extremo opuesto de negar toda Deidad, o por lo menos de dudar de la Deidad, y negar la providencia, hace la cuenta de que era, según la supersticiosa creencia de los Romanos, mayor el número de las Deidades, que el de los hombres: Quam ob rem major caelitum populus, etiam quam hominum intelligi potest {(a) Lib. I. cap. 6.}. El cómputo es fijo; porque cada uno se formaba una Deidad singular en su propio genio; y sobre eso adoraba todos los Dioses comunes: cuya multitud se puede colegir, no sólo de lo que acaba de decirnos San Agustín, mas también de lo que dice el mismo Plinio, que llegaron a erigirse Templos, y Aras a las mismas dolencias, e incomodidades que padecen los hombres: Morbis etiam in genera descriptis, & multis etiam pestibus, dum esse placatas trepido metu capimus. Y es cierto, que la Fiebre tenía un Templo en Roma, y otro la mala Fortuna.

19. Los idólatras modernos no son menos ciegos que los antiguos. El demonio, con nombre de tal, es adorado de muchas naciones. En Pegú, Reino oriental de la Península de la India, aunque reverencian a Dios como Autor de todo bien, más cultos dan al demonio, a quien con una especie de Maniqueismo creen Autor de todo mal. En la Embajada que hizo a la China el difunto Zar de Moscovia, habiendo encontrado los de la comitiva en el camino a un Sacerdote idólatra orando, le preguntaron a quien adoraba; a lo que él respondió en tono muy magistral: Yo adoro a un Dios, al cual el Dios que vosotros adoráis arrojó del Cielo; pero pasado algún tiempo, mi Dios ha de precipitar del Cielo al vuestro, y entonces se verán grandes mudanzas en los hijos de los hombres. Alguna noticia deben de tener en aquella Región de la caída de Lucifer: pero buen redentor esperan, si aguardan a que [14] vuelva al Cielo esa Deidad suya. Por motivo poco menos ridículo no maldicen jamás al diablo los Jecides (Secta que hay en Persia, y en Turquía): y es, que temen que algún día se reconcilie con Dios, y se vengue de las injurias que ahora se le hacen.

20. En el Reino de Sian adoran un Elefante blanco, a cuyo obsequio continuo están destinados cuatro Mandarines, y le sirven comida, y bebida en vajilla de oro. En la Isla de Ceylán adoraban un Diente, que decían haber caído de la boca de Dios; pero habiéndole cogido el Portugués Constantino de Berganza, le quemó, con grande oprobio de sus Sacerdotes, autores de la fábula. En el Cabo de Honduras adoraban los Indios a un Esclavo; pero al pobre no le duraba ni la deidad, ni la vida más de un año, pasado el cual le sacrificaban, substituyendo otro en su plaza. Y es cosa graciosa que creían podía hacer a otros felices, quien a sí propio no podía redimirse de las prisiones, y guardas conque le tenían siempre asegurado. En la Tartaria Meridional adoran a un hombre, a quien tienen por eterno, dejándose persuadir a ello con el rudo artificio de los Sacerdotes destinados a su culto, los cuales sólo le muestran en un lugar secreto del Palacio, o Templo, cercado de muchas lámparas, y siempre tienen de prevención escondido otro hombre algo parecido a él, para ponerlo en su lugar cuando aquel muera, como que es siempre el mismo. Llámanle Lama, que significa lo mismo que Padre Eterno. Y es de tal modo venerado, que los mayores señores solicitan con ricos presentes alguna parte de las inmundicias que excreta para traerla en una caja de oro pendiente al cuello, como singularísima reliquia. Pero ninguna superstición parece ser mas extravagante que la que se practica en Balia, Isla del mar de la India, al oriente de la de Java, donde no sólo cada individuo tiene su Deidad propia, aquella que se le antoja a su capricho, o un tronco, o una piedra, o un bruto; pero muchos [15] (porque también tienen esa libertad) se la mudan cada día, adorando diariamente lo primero que encuentran al salir de casa por la mañana.

{(a) Lo que decimos de los Sacerdotes de la Tartaria Meridional, que mantienen aquellos pueblos en la creencia extravagante de que el Gran Lama es eterno, con el rudo artificio de tener escondido en el mismo Templo donde aquel reside, otro hombre algo parecido a él, para sustituir en su lugar cuando muera, como que es idénticamente la misma persona; aunque referido por varios Escritores, no es así. En la descripción del Imperio de la China, y Tartaria del Padre Du Halde, sobre el seguro testimonio del Padre Regis, Misionero Jesuita, observador ocular de las costumbres y supersticiones del Thibet, donde reside el Gran Lama, se lee, que lo que creen aquellos Paganos, a persuasión de sus Sacerdotes, es que Foe, Deidad suya, adorada no sólo en el Thibet, mas en otros muchos países del Oriente, habita, o reside en el Gran Lama, como espíritu que le anima; y que cuando el que hace representación de Gran Lama muere, sólo muere aparentemente, trasladándose su espíritu a otro hombre, aquel que designan los Sacerdotes, o Lamas subalternos, a quienes cree el pueblo que tienen señas infalibles para conocer en quien reside de nuevo su deidad, y así no dejan de continuar la adoración.}

§. VII

21. ¿Qué diré de los disparates históricos que en muchas naciones se veneran como tradiciones irrefragables? Los Arcades juzgaban su origen anterior a la creación de la Luna. Los del Perú tenían a sus Reyes por legítimos descendientes del Sol. Los Árabes creen, como Artículo de Fe, la existencia de una Ave, que llaman Anca Megareb, de tan portentoso tamaño, que sus huevos igualan la mole de los montes, la cual después que por cierto insulto la maldijo su profeta Andala, vive retirada en una isla inaccesible. No tiene menos asentado su crédito entre los Turcos un héroe imaginario, llamado Chederles, que dicen fue Capitán de Alejandro, y habiéndose hecho inmortal, como también su caballo, [16] con la bebida del agua de cierto río, anda hasta hoy discurriendo por el mundo, y asistiendo a los soldados que le invocan; siendo tanta la satisfacción conque aseguran estos sueños, que cerca de una mezquita destinada a su culto, muestran los sepulcros de un sobrino, y un criado de este caballero andante, por cuya intercesión, añaden, se hacen en aquel sitio continuos milagros.

22. En fin, si se registra país por país, todo el mapa intelectual del orbe, exceptuando las tierras donde es adorado el nombre de Cristo, en el resto de tan dilatada tabla no se hallarán sino borrones. Todo país es África para engendrar monstruos. Toda provincia es Iberia para producir venenos. En todas partes, como en Lycia, se fingen quimeras. Cuantas naciones carecen de la luz del Evangelio, están cubiertas de tan espesas sombras, como en otro tiempo Egipto. No hay pueblo alguno que no tenga mucho de bárbaro. ¿Qué se sigue de aquí? Que la voz del pueblo está enteramente desnuda de autoridad, pues tan frecuentemente la vemos puesta de parte del error. Cada uno tiene por infalible la sentencia que reina en su patria; y esto sobre el principio que todos lo dicen, y sienten así. ¿Quiénes son esos todos? ¿Todos los del mundo? No, porque en otras regiones se siente, y dice lo contrario. ¿Pues no es tan pueblo uno como otro? ¿Por qué ha de estar mas vinculada la verdad a la voz de este pueblo que a la del otro? ¿No más que por que este es pueblo mío, y el otro ajeno? Es buena razón.

§. VIII

23. No he visto que alguno de aquellos escritores dogmáticos, que concluyentemente han probado, por varios capítulos, la evidente credibilidad de nuestra santa Fe, introduzca por uno de ellos el consentimiento de tantas naciones en la creencia de esos misterios; pero sí el consentimiento de hombres [17] eminentísimos en santidad, y sabiduría. Aquel argumento tendría evidente instancia en la idolatría, y en la secta Mahometana: este no tiene respuesta, ni instancia alguna. Porque si se nos opone el consentimiento de los Filósofos antiguos en la idolatría, procede la objeción sobre supuesto falso: constando por testimonios irrefragables, que aquellos filósofos en materia de religión no sentían con el pueblo. El más sabio de los Romanos, Maco Varrón, distinguió, entre los antiguos, tres géneros de Teología: la Natural, la Civil y la Poética. La primera era la que existía en la mente de los sabios. La segunda regía la religión de los pueblos. La tercera era invención de los Poetas. Y de todas tres sola la primera tenían por verdadera los Filósofos. La distinción de las dos primeras ya Aristóteles la habían apuntado en el lib. 12 de los Metafísicos cap. 8, donde dice, que en las opiniones comunicadas de los siglos antecedentes, en orden a los Dioses, había unas cosas verdaderas, otras falsas; pero inventadas para el uso, y gobierno civil de los pueblos: Caetera vero fabulose ad multitudinis persuasionem, &c. Es verdad que aunque aquellos Filósofos no sentían con el pueblo, hablaban en lo común con el pueblo; que lo contrario era muy arriesgado: porque a quien negaba la pluralidad de Dioses, le tenían, como le sucedió a Sócrates, por impío: conque en la voz del Pueblo estaba todo el error; y en la mente de pocos sabios se encarcelaba lo poco, o mucho que había de verdad.

24. Menos aún se puede oponer a la moral evidencia, que presta a la credibilidad de nuestros misterios el consentimiento de tantos hombres, a todas luces grandes, el decir que también entre los herejes hay, y ha habido muchos sabios; porque estos padecen dos gravísimas excepciones. La primera es, que la doctrina no fue acompañada de la virtud. Entre los Heresiarcas apenas hubo uno que no estuviese manchado con vicios muy patentes. Entre los que los siguieron, ni los [18] mismos parciales reconocen alguno de santidad sobresaliente. Uno, o otro, que se quisieron meter a Profetas, fueron la risa de los pueblos al ver falsificadas sus profecías, como sucedió en nuestros tiempos a Mons. Jurieu, cuyas erradas predicciones aún hoy son oprobio de los Protestantes. La segunda excepción es, que entre esos mismos herejes doctos falta el consentimiento: Unusquisque in viam suam declinavit. Tan lejos van de estar unos con otros de acuerdo, que ni aun lo está alguno de ellos consigo mismo. Es materia de lástima, y de risa ver en sus propios escritos las frecuentes contradicciones de los mayores hombres que han tenido; y esto en los artículos más sustanciales. Este fue el grande argumento conque azotó terriblemente a todos los herejes el insigne Obispo Meldense Jacobo Benigno Bosuet, en su historia de las Variaciones de las Iglesias Protestantes. Duélome mucho de que esta maravillosa obra no esté traducida en todas las lenguas Europeas; pues ni aun sé que haya salido hasta ahora del Idioma Francés al Latino, cuando otros libros inútiles, y aun nocivos, hallan traductores en todas las naciones.

25. No obstante todo lo dicho en este capítulo, concluiré señalando dos sentidos, en los cuales únicamente, y no en otro alguno, tiene verdad la máxima de que la voz del pueblo es voz de Dios. El primero es, tomando por voz del pueblo el unánime consentimiento de todo el pueblo de Dios: esto es, de la Iglesia universal; la cual es cierto no puede errar en las materias de Fe, no por imposibilidad antecedente, que se siga a la naturaleza de las cosas, sí por la promesa que Cristo la hizo de su continua asistencia, y de la del Espíritu Santo en ella. Dije todo el pueblo de Dios, porque una gran parte de la Iglesia puede errar, y de hecho erró en el gran cisma del Occidente; pues los reinos de Francia, Castilla, Aragón y Escocia tenían por legítimo Papa a Clemente VII. El [19] resto de la Cristiandad adoraba a Urbano VI, y de los dos partidos es evidente que alguno erraba. Prueba concluyente de que dentro de la misma Cristiandad puede errar en cosas muy sustanciales, no sólo algún pueblo grande, pero aun la colección de muchos pueblos, y Coronas.

26. El segundo sentido verdadero de aquella máxima es, tomando por voz del pueblo la de todo el género humano. Es por lo menos moralmente imposible que todas las naciones del mundo convengan en algún error. Y así el consentimiento de toda la tierra en creer la existencia de Dios, se tiene entre los doctos por una de las pruebas concluyentes de este artículo.

 
{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 1-19.}

El fundamentalismo democrático, de Gustavo Bueno

«¿Es la corrupción un mal menor que se produce en nuestro sistema democrático, como se suele pensar, o es un rasgo inherente a la propia democracia? ¿Pueden los instrumentos del Estado de derecho acabar con la corrupción política como si de cualquier caso de delincuencia común se tratase? ¿Acaso es la democracia un sistema inmune, inatacable y perfecto que no puede verse dañado nunca por la corrupción?
Con gran sutileza conceptual y mordacidad polémica, el filósofo Gustavo Bueno analiza las ideas de corrupción y de democracia y trata de establecer su conexión interna. A continuación, hace un estudio exhaustivo de algunos de los casos más sonados de perversión democrática (corrupción no delictiva) que se han producido en España en los últimos años: el proyecto de ley de plazos del aborto, el «complejo de Jesucristo» del juez Garzón, los estatutos de autonomía y la opa hostil a Endesa, así como las leyes de memoria histórica, de matrimonios homosexuales o contra la violencia de género.
Una obra que somete a crítica los principios ideológicos del fundamentalismo democrático, que considera a la democracia como la forma perfecta de la sociedad política, el fin de la historia y el mejor de los mundos posibles.»

http://www.fgbueno.es/gbm/gb2010fd.htm

“La impostura freudiana”: una mirada antropológica crítica sobre el psicoanálisis

http://www.cope.es/copealo.php5?nomAudio=progarchivo_1259241324669200046.mp3&titulo=Escuche+el+programa+del+26+de+noviembre+de+2009.+Parte+2

SOBRE “EL ESPACIO EUROPEO DE EDUCACIÓN SUPERIOR O LA SINIESTRA NECESIDAD DEL CAOS”. RESEÑA A UN ARTÍCULO DE JUAN BAUTISTA FUENTES ORTEGA.

 

Publicado en http://al-alretortero.blogspot.com/2009/09/sobre-el-espacio-europeo-de-educacion.html

Parece que va creciendo de día en día la necesidad de decir lo evidente, o mejor, que tal necesidad ha existido siempre, pero hoy se ha convertido en una súplica urgente, al menos por una parte de la ciudadanía, más numerosa quizás de lo que se sospecha. En efecto, es como si la persona, envuelta, zarandeada, acorralada por multitud de proclamas, meras consignas que en cuanto tales se dan por necesarias, anhelara, por elemental razón de supervivencia, el discurso explicativo y expeditivo de quien se atreve a levantar la voz contra la Evidencia Triunfante, de la que en su fuero interno siempre había sospechado que no era del todo de fiar, aunque no tuviera claro cómo declarar tal pálpito. Pues bien, esto es lo realizado por Juan B. Fuentes: no sólo decir sin más lo obvio, ya que esto puede no ser más que un espejismo de verdad y convertirse por ello en lo mismo que pretendía aniquilar (por ejemplo, en la propagandística marca de un eslogan político), sino hacer lo obvio razón, algo que ya no es tan fácil ni tan obvio de hacer. Así pues, en lugar de empezar por el final y quedarse dando vueltas en él en una suerte de círculo vicioso, que es lo que hacen los lenguajes de la ocultación, Fuentes ha recorrido palmo a palmo el camino que dicta la razón trituradora hasta desentrañar los primeros resortes. El punto de arranque es el inexcusable, ya que es el que hoy por hoy ha de conformar que alguien contemple el perfil adecuado de la cara de la modernidad: la presentación, aun en dos líneas gruesas debido a las dimensiones del artículo, no ya de una teoría de la ciencia, sino de su posición en el mundo. Según tal teoría, la ciencia está inserta –Juan David García Bacca diría intrinsecada- en las sociedades humanas (y en el mundo en general, aunque, claro está, sean sólo los hombres los que se ocupan de y tratan con ella en cuanto ciencia) operando, pues, en ellas desde dentro y como algo propio de su morfología. Así dice Fuentes. “[…] lo anterior no quiere decir que las verdades de cada ciencia floten en una suerte de éter platónico transcendente a la sociedad humana que las ha generado, puesto que precisamente es dicha sociedad la que y en la medida en que ha sido capaz de generarlas, será asimismo capaz de incorporarlas a su proceso histórico productivo y social, y ello ahora precisamente bajo la forma de la propagación de las tecnologías (que no ya de las meras técnicas o artesanías) en el espacio social “. Asentado este modo de ser de las ciencias, queda por analizar cómo configura las sociedades modernas en el momento de su incorporación a ellas como tecnologías.

 

Y he aquí que de ese momento nace la moderna sociedad industrial, caracterizada por dos notas, a saber: a) el desarrollo industrial a una escala sin precedentes en la Historia, posibilitado precisamente por el despegue científico y tecnológico, de suerte que hay entre tecnología y ciencia por un lado, e industria por otro una vía de comunicación en los dos sentidos: de la ciencia y la tecnología hacia la industria y de ésta hacia aquéllas. Y b) el típico engranaje moderno de producción y consumo, en el que los antedichos desarrollos científico-tecnológico e industrial laboran. Pero al hablar de típico engranaje de producción y consumo, ¿de qué tipicidad estamos hablando? Explica Fuentes que “el desarrollo industrial realimentado entre ciencias y tecnologías no tiene lugar en abstracto” sino ín-sito en el orden socioeconómico actual, cuyo distintivo característico (aquí su tipicidad) es la producción y el consumo desbocados (es más, yo añadiría recordando a Sánchez Ferlosio –Non olet- que desbocados por iniciativa, preeminencia de la producción sobre el consumo). Así pues, lo que distinguiría las sociedades modernas de cualesquiera otras anteriores, sería semejante realimentación de dos niveles, uno de base, en el que se da el dicho tránsito de ida y vuelta entre ciencia-tecnología e industria de una parte, de otra entre producción y consumo; y un segundo nivel que es aquel en el que la realimentación es el engranaje, el orden mismo de las sociedades desarrolladas, ya que engarza, vincula necesariamente en recursividad mutua todo el conjunto: ciencia-tecnología-industria realimentadas y producción-consumo realimentados y desbocados, desquiciados. Esta es la primera verdad y la verdad nuclear que Fuentes ha hecho el servicio de darnos en el modo de la razón. Verdad nuclear, digo, ya que de su uso crítico se sigue la comprensión última de las sociedades modernas desarrolladas. Porque no puede renunciarse a hacer un análisis crítico del mundo moderno, pero este resultará insatisfactorio gnoseológicamente, si se carece de una idea clara sobre el papel representado hoy día por el vertiginoso despliegue tecnológico nacido de las aplicaciones industriales de la ciencia.

Ciertamente ha sido el desarrollo científico (físico matemático fundamentalmente) el que ha marcado el tránsito a una nueva era, y la teoría científica hecha “fuerza de trabajo” en la maquinaria industrial de los países desarrollados, supone la culminación de esa revolución que se inició en el Renacimiento. Racionalizada, puesta en razón, por tanto, esta primera “obviedad”, Fuentes en el resto de su artículo se servirá de ella para triturar las supuestas verdades y bondades del proyecto E.E.E.S., de la “sociedad del conocimiento” y la finalidad y practicidad de las inspiradoras de ambos, las “ciencias humanas”. Como he señalado, la necesidad de exposición racional de las relaciones entre teoría científica y tecnología y, con producción y consumo, se debe al hecho de que en ellas toman cuerpo las realidades sociopolíticas presentes, de modo que sin tal clara y racional exposición no se llegará a comprender el mundo presente, en el que, por supuesto, funciona la idea-fuerza contra la que Fuentes dirige su artículo, la filistea “sociedad del conocimiento” y esa su modulación que es el E.E.E.S. No se puede perder de vista, por tanto, la necesidad gnoseológica de la exposición de las relaciones antedichas, para poder cuestionar con fundamento el E.E.E.S. Dicho lo cual, quisiera añadir brevemente dos notas al artículo de Fuentes.

 

1ª Nota. El Espacio Europeo de Educación Superior (E.E.E.S) pretende eliminar de las aulas universitarias europeas las llamadas clases magistrales, lo que equivale a decir, la exposición teórica y el trabajo de teorización de los contenidos de las distintas disciplinas universitarias. Ante esto, Fuentes defiende de modo impecable la necesidad de una tal teorización en la Universidad, y, claro está, extiende dicha labor del ejercicio teórico a todas las disciplinas. Pero dentro de esta extensión choca el que diga –algo que repite varias veces en las primeras páginas- que la teoría científica, además de necesaria por lo que en sí misma tiene de científica, también aportaría control sobre los efectos –se supone que perversos- de sus aplicaciones tecnológicas. Y digo que choca porque postular la necesidad del trabajo teórico en las ciencias como remedio a las consecuencias sociales nocivas de sus aplicaciones tecnológicas, es algo que de suyo nada tiene que ver con la propia teorización en ciencia, y sí con cuestiones de orden sociopolítico. La vigilancia de la teoría científica (Genitivo Subjetivo) sobre sus desarrollos tecnológicos no es algo emanado como necesario del propio campo científico, a no ser que por vigilancia o control se entiendan estudios a su vez y de nuevo científicos, para comprobar, rectificar, anular o afinar determinada teoría en alguna ciencia concreta, sin salir, pues, del campo de la ciencia misma. Trabajo este que redundará en la optimización de las tecnologías, pero que en absoluto supone un deber moral. ¿Acaso no fue en una época en la que ni por asomo existía el proyecto E.E.E.S., ni la idea de “sociedad del conocimiento, y en que, por tanto, la teorización científica no estaba cuestionada de ninguna manera en los estudios superiores, cuando los científicos se afanaron en su trabajo científico, para afinar la tecnología implicada en el proyecto Manhattan? En definitiva, y por decirlo brevemente, tal anhelado control sobre las aplicaciones tecnológicas no es de orden científico, sino político. Y por ello mismo, es por lo que en las sociedades modernas desarrolladas, incluso sería deseable que existiera ese trabajo científico continuado, que consistiría en hacer una especie de seguimiento de los desarrollos tecnológicos, por la sencilla razón de que, como he señalado antes, redundaría en la posibilidad de extracción de un mayor rendimiento industrial-empresarial, por cuanto puede suponer la optimización de las tecnologías aplicadas a la industria, y esto sin necesidad de modificar la morfología de las sociedades desarrolladas, que tan bien ha descrito Fuentes en su artículo. Pero, ¿qué se concluye de esto? Y aquí es donde aparece la segunda nota que querría señalar.

 

2ª Nota. Pues sencillamente que el E.E.E.S. no se dirige en conjunto contra la teoría o el trabajo de teorización en la Universidad en general o indiscriminadamente, o dicho de otro modo, de iure será, caso de imponerse, para todas las disciplinas, pero de facto dispara contra unas bien específicas, aquellas en que la especulación teórica y la propia disciplina universitaria, son una y la misma cosa, es decir, las Humanidades clásicas: filologías clásicas, historia y paradigmáticamente la filosofía. Esto último es algo que, sin duda, Fuentes sabe y que expone brillantemente en unas páginas que no tienen desperdicio: aquellas en las que reivindica los saberes humanísticos clásicos por su carácter totalizador o metatotalizador en el seno de las sociedades políticas y la figura del auténtico político (y no ya el perteneciente a la clase política) como hombre cargado de bagaje humanístico; también en aquellas otras en las que de manera inapelable deja al descubierto (por no decir en paños menores) las nuevas metodologías pedagógicas que propone el E.E.E.S., amparado por las llamadas “ciencias humanas”. En resumen, determinan, por lo tanto, este ataque a las Humanidades clásicas por parte del E.E.E.S., dos hechos: uno que la teorización científica no se inmiscuye de suyo en la labor de totalización política, (algo que siempre podría poner en entredicho el orden socioeconómico imperante) antes bien, como he indicado arriba, el control científico en cuanto científico sobre los desarrollos tecnológicos puede incluso derivar una mejora industrial-empresarial, sin modificación ninguna del orden reinante; dos, que justamente nada de esto les ocurre a las Humanidades clásicas. En efecto, y empezando por el segundo punto, las Humanidades no generan tecnologías de aplicación industrial (otra cosa son las técnicas de control social que suponen las “ciencias humanas”), y en cuanto al primer punto, justamente lo específico de las Humanidades clásicas es esa labor de totalización o metatotalización que tan bien ha descrito Fuentes, con los riesgos que su ejercicio crítico puede conllevar (considérese el riesgo para el proyecto E.E.E.S. que supone el ejercicio crítico en vivo que el artículo de Juan Bautista Fuentes lleva a cabo) Es esta especificidad de las Humanidades lo que hace que choquen, me atrevería a decir que irreconciliablemente, con las nuevas “ciencias humanas”, pues ellas quieren arrogarse ese mismo valor, pero trabajando sobre el fondo o al amparo de las sociedades industriales modernas, del tipo moderno descrito por Fuentes. Suponemos así, que la extensión de la defensa del trabajo teórico a todas las disciplinas universitarias se realiza, primero porque Fuentes reconoce la necesidad gnoseológica del mismo, y segundo porque busca todos los apoyos posibles para hacer frente al proyecto E.E.E.S., aun cuando desde los estudios científicos, precisamente debido, entre otras cosas, como he indicado, a que en ellos no es pertinente la visión panorámica e integradora de la Filosofía, puedan estar tranquilos a la hora de su aplicación e incluso mirar con desdén –como un caso más de la “locura típica de los filósofos”- el esfuerzo por resistirse a él. Será por ese deseo de apoyos, sospecho, por lo que Fuentes no declara explícitamente que semejante proyecto aspira lisa y llanamente a quitar de en medio a filólogos, historiadores y filósofos, y a sustituir consiguientemente sus trabajos de totalización en el seno del conjunto histórico-político, por esos otros que lo acometen fragmentariamente y dan, por tanto, soluciones también fragmentadas (reléanse las páginas en que aparece la sugerente metáfora del caminante que desea atrapar su propia sombrea) Soluciones fragmentarias, desconexas que se dan desde las “ciencias humanas”, y que no pueden dejar de ser de tal modo, pues éstas se presentan como la variante humanística del trabajo científico, es decir, con aspiraciones al mismo grado de cientificidad que las ciencias y con una metodología análoga, y si, como afirmamos, de la teoría científica no dimana internamente una modulación sociopolítica, de las nuevas y supuestas ciencias humanas que parcelan y abordan el campo social a la manera, pretendidamente, del modo científico, emanará a lo sumo una resolución de los conflictos sociales hecha a jirones, discontinua. Para concluir. Será por estas razones, supongo, por lo que se echa de menos una declaración más contundente, por explícita, contra quienes encarnan el proyecto E.E.E.S., y con los que no podemos convivir pacíficamente quienes hemos sido educados en el seno de los saberes humanísticos clásicos. Ellos lo tienen claro y el E.E.E.S es su baza: en lugar del historiador el sociólogo positivista; en vez del filósofo el psicólogo, el pedagogo o el psicagogo; el especialista en traducción por el filólogo; el politólogo a cambio del Político; en fin, la sociedad del desgobierno, en lugar de esa otra que deseamos los que no renunciamos a que pueda gobernársela mediante el ejercicio de la razón, porque partimos del respeto al hombre.


EL ESPACIO EUROPEO DE EDUCACIÓN SUPERIOR O LA SINIESTRA NECESIDAD DEL CAOS 

El folloncico de Chávez

PARA evitar que malandrines y folloncicos como Avellaneda convirtieran a su Alonso Quijano en un pelele caricaturesco, decidió Cervantes enterrarlo, después de devolverle el juicio y hacerlo morir muy cristianamente; pero aquel designio cervantino se ha revelado inútil, porque nunca han faltado folloncicos que, a imitación del escritor fingido y tordesillesco, emborronan con pluma de avestruz grosera la figura de su ingenioso hidalgo, hasta dejarla hecha unos zorros. El último ha sido Hugo Chávez, que en su reciente visita madrileña nos ha dejado esta perla:
-Don Quijote era socialista.
Afirmación que ha causado gran embeleso entre la parroquia progre, que ha visto desfilar a Chávez por la Gran Vía como los paletos de Bienvenido, míster Marshall veían desfilar la comitiva de los americanos. A don Quijote le han colgado sambenitos de lo más variopinto y estrafalario; y del mismo modo que algunos han visto en él un loco furioso, siendo discretísimo, otros han querido convertirlo en socialista, adscripción injuriosa ante la que don Quijote no hubiese dudado en enristrar la lanza. Don Quijote le dijo en cierta ocasión a Sancho que ningún hombre es más que otro si no hace más que otro, según el concepto de igualdad cristiana que se extrae de la parábola de los talentos; y que es, exactamente, lo contrario de la igualdad socialista, que es una igualdad de hormiguero donde no importa lo que hagas sino lo que los socialistas hagan contigo. Y lo que hacen contigo los socialistas consiste en dejarte igual de pobre si ya lo eras; o en volverte pobre, en caso de que aún no lo fueses. Esta igualdad de hormiguero preconizada por el socialismo la ha aplicado Chávez a rajatabla en Venezuela, hasta convertirla en un parque temático de la pobreza; y el modelo chavista empieza a brindar sus frutos también en España, donde Zapatero se dispone a socorrer a los pobres con una limosnilla después de haberlos fabricado a ritmo estajanovista.
El éxito de la igualdad entendida al modo socialista consiste en negar al pobre la posibilidad de «hacer más que otro», arrebatándole sus talentos, que son fuerza activa y creadora, y sustituyéndolos por una buena dosis de resentimiento, que es fuerza pasiva y destructora. Para estimular el resentimiento, el socialismo se pone a fabricar pobres como un descosido; y, una vez fabricados, los mantiene en un estado de «pobreza controlada», como los bodegueros mantienen los vinos a una temperatura uniforme, mediante un subsidio o limosnilla que se recauda quitándole el dinero a quienes antes no eran pobres (pero que, tras el despojo, quedan reducidos a igual pobreza). El mal de muchos se erige entonces en consuelo de resentidos; y las primeras remesas de pobres fabricadas por el socialismo, en lugar de revolverse contra el causante de su mal, se consuelan al comprobar que ese mismo mal se extiende cual gangrena voraz a quienes hasta entonces no lo habían padecido. Y así, ya nadie se preocupa de «hacer más que otro», sino tan sólo de que el causante de su mal -a quien ya consideran su redentor- siga fabricando pobres sin descanso, en pos de la utopía socialista, que consiste en universalizar la pobreza. Utopía que nunca se alcanza del todo; porque si se alcanzara las sucesivas remesas de pobres fabricadas por el socialismo ya no tendrían sobre quién dirigir los dardos de su resentimiento.
Pero en esta igualdad de hormiguero que preconiza el socialismo siempre hay una hormiga reina que duerme en sábanas de holanda, o en la misma cama en la que antes retozó la cantante Madonna, como acaba de hacer Chávez en un hotel de Madrid. Don Quijote, en cambio, reposaba sus apaleados huesos en los ásperos camastros de las ventas; pero don Quijote era un caballero cristiano, no un socialista como el que nos ha pintado con pluma de avestruz grosera el folloncico Chávez.