Dialéctica y violencia

Publicado en www.terciocatolico.blogspot.com

En una época en que se ha llevado al olvido la doctrina que hizo una cultura y de esa misma raíz la Cruzada que forjó una Patria, no está de más darse un garbeo por lo que dicen los medios de manipulación de conciencias ante el desenfreno actual y las pretensiones, ya descaradas, del poder democrático de imponer el modelo de la herejía protestante para las relaciones con la verdadera y única Iglesia de Cristo, esto es, la católica. Hemos leído, por ejemplo:

“Hasta ahora creíamos que el camino de la modernidad pasaba por la independencia de la Iglesia y del Estado, de modo que ni la Iglesia pretendiera imponer sus doctrinas a todos a través de las leyes civiles, ni el Estado se arrogara el derecho a exigir sus criterios en las actividades de la Iglesia. Pero solo la primera parte ha resultado ser verdad. El Estado confesional, en el que los poderes civiles quedaban sometidos a las enseñanzas de la Iglesia, quedó enterrado hace tiempo, con la bendición de la Iglesia.”(Fuente: Ignacio Aréchaga en Aceprensa).

Esta frase, que no deja de ser un afeminado lamento, es un deseo, pero un error manifiesto. Si la Iglesia condenó la separación, en sentido moral que es el que se recoje dentro de “enseñanza”, de Iglesia y Estado en la Encíclica Quanta Cura con la promulgación del Syllabus por el Papa Pío IX; ¿cómo puede bendecir la Iglesia ahora –ese “hace tiempo” son 33 años, un ahora minúsculo en la historia de la sociedad perfecta fundada por Cristo, es decir, por el mismo Dios– lo que otrora condenó? Esta es la pregunta que se hace cualquier persona, creyente o no, con un mínimo de sentido común y lógica. Si la bendición de ahora es verdadera, la condena es falsa y, por tanto, la infalibilidad de la Iglesia queda, cuanto menos, comprometida a incompatibilidad (que no entendimiento) racional. Si la condena es verdadera la bendición es falsa y sólo se puede admititir ésta desde una actuación contingente prudencial, con lo queda a buen recaudo la doctrina y no se puede acusar, además, de opotunismo a la Iglesia, sino de vela apaciguadora en tempestades revolucionarias. Si la condena es verdadera y la bendición también lo es, hay que concluir que la verdad es contingente y es la historia la que al final dictamina qué es verdad y qué no lo es, con lo que la verdad no es intemporal y si no es intemporal depende del hombre, y si depende del hombre la verdad es subjetiva y, por lo tanto, relativa con lo que se puede afirmar que la verdad no existe. Pero esto va contra la Fe y contra la razón, pues, por la Fe el mismo Dios reveló que Cristo es “camino, verdad y vida”; y por la razón, por el soliloquio agustino: si la verdad no existe debes concluir que es verdadera la proposición “la verdad no existe”, y por lo tanto pruebas la existencia de la verdad.

Este es el absurdo debate del catolicismo liberal, aquel que de la prudencia hace doctrina firme y sustituye la tesis por la hipótesis, y la verdad por el error relativista moderno. Ante todo este debate los más perjudicados son los débiles, los indefensos católicos de a pie que pervertidos por los adoctrinamientos falsos de los fuertes (la libertad de prensa y la dejación de funciones de la autoridad eclesial, excepto con el sector tradicional que es precisamente el que representa la voz de siempre de la Iglesia) pierden la fe. Por eso siempre se mantuvo que la verdad debía mantenerse contra el error al filo de la espada. Por eso siempre se mantuvo que la justicia y la verdad al verse ofendidas debían ser defendidas por el brazo armado que era el Rey; por eso, al fin y al cabo, nada más católico que la sentencia de José Antonio Primo de Rivera un 29 de octubre de 1933:

“Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria.”

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