De creencias y opiniones

Publicado en www.terciocatolico.blogspot.com

¿Hay que creer en un determinado régimen de gobierno? En sentido estricto, que debe ser el sentido de la ciencia política, sólo se debe creer en Dios, si por creencia asumimos que es dar por cierto aquello a lo que nuestra razón no alcanza a demostrar. Y creer es un don de Dios, una virtud infusa que llamamos fe. Ahora, lo que en sentido lato llamamos creer no es más que opinión, es decir, algo que puede ser cuestionable. Así, pongamos por ejemplo, que cuando nos tachan de que no creemos en la democracia no nos hacen sino un halago, porque el creer en la misma es una estupidez, excepto para algún ateo o agnóstico que no tienen más que esas miopes creencias. Opinamos, y lo hacemos con el Magisterio de la Iglesia, que todas las formas de gobierno son en principio válidas, y son las sociedades las que eligen, o a veces les vienen dadas (teocracia, herencia, suerte, alzamiento, etc.), libremente aquellas que mejor se adapten a sus circunstancias históricas y culturales. Decir, entonces, que la mejor forma de gobierno para los USA sea la monarquía hereditaria y la unidad católica de sus territorios no es más que una barbaridad histórica y cultural; al igual que querer trasplantar ese modelo social republicano y de libertad religiosa a España. Y en estas cuestiones opinables no hay dogmas ni infalibilidades, a no ser que dejen de ser opinables que es lo que parece que quieren imponer ahora desde ciertos sectores del Consejo Pontificio de Justicia y Paz y algunas jerarquías de la Iglesia al poner como modelo universal la democracia, que es precisa y paradógicamente el régimen de gobierno que más inclinación tiene a la corrupción y a la negación de los principios dogmáticos, es decir, a negar con obras aquello que es obligado creer.

La democracia actual, la de la soberanía popular, es una herejía (condenada por S.S. León XIII y San Pío X, papa), es decir, es una separación de la doctrina de Cristo. Una síntesis acertadísima sobre este nuevo dogma del ateo/agnosticismo moderno nos la brindó José Antonio Primo de Rivera en estas líneas:

Pero igualmente dogmática es la de la “soberanía popular”, cuya expresión más acabada, resumen en parte de otras ideas corrientes en su época (Hobbes, Jurieu), se halla en el Contrato social, de Rousseau.

 

Para Rousseau la sociedad no puede tener más origen que el contrato en el que cada uno renuncia a su independencia, a cambio de la libertad civil que adquiere. El conjunto de las voluntades engendra un “yo común” diferente de los agrupados, una “voluntad general” distinta de la suma de voluntades particulares. Este “yo común” es el Soberano, y su soberanía, inalienable e indivisible. Sólo el Soberano puede legislar sin conferir su representación a nadie. El Gobierno (cuya forma puede variar según los países) es simplemente comisario del Soberano.

 

Lo más importante para nuestro tema de las ideas de Rousseau es la afirmación de que el Soberano no puede querer nada contrario al interés del conjunto de los asociados, ni de ninguno de ellos, por lo cual el particular, al ingresar en la asociación, no se reserva derecho alguno. Esto quiere decir que toda resolución de la voluntad general soberana es legítima por ser suya. En tal principio se inspiran las declaraciones y constituciones revolucionarias (1789, 1791, 1793) y cuantas han seguido sus tendencias fundamentales. Del mismo principio se deduce la implantación del sufragio universal, que no es, para Rousseau, una decisión de la mayoría sobre la minoría, sino un cómputo de conjeturas formuladas por los electores acerca de cuál será la voluntad general: los electores de la minoría, para Rousseau (con sofisma que indigna a Duguit), son, en realidad, personas que “se han equivocado” al suponer cuál era la voluntad general.

 

He aquí reemplazada la tendencia tomista, que aspira a alcanzar el bien común mediante una política “de contenido”, por otra tendencia que espera lograrlo por la sola mágica virtud de una “forma”.

Y, por supuesto, si la democracia de forma (parlamentarismo partitocrático), que es la actual, ha fracasado es porque parte de principios erróneos. La democracia de “contenido” en España ha sido representada por su monarquía tradicional, precisamente marco y modelo de Cristiandad que a nadie le interesa conocer y que nadie pone como ejemplo. Cuando se habla de democracia de “contenido” en el sentido que se habla en la Iglesia, es decir, al modo y manera que entendían los antiguos ese régimen; se pone siempre como ejemplo la democracia inglesa, nacida para controlar el absolutismo de los reyes y se renuncia, por ignorancia o por malicia, a la representatividad natural de la monarquía tradicional española y sus mecanismos de control en los cuerpos intermedios y las Cortes. Y así del absolutismo del Antiguo Régimen (caso francés, siglos XVI y XVII, y formulada por Luis XV en el preámbulo del edicto de 1770, que no español), nacido de la desviación dogmática del “origen divino del poder”; hemos pasado al absolutismo de la democracia, el Soberano sigue siendo absolutista o totalitario, pero si entonces era uno el tirano, ahora lo es la “soberanía popular” que deja el terreno libre para el estatalismo cuyas funestas consecuencias en contenido y forma son de todos conocidas. El mecanismo de control tradicional, de la legitimidad de origen y ejercicio de la autoridad junto con las representatividades naturales de la sociedad en los cuerpos intermedios que trascienden a las Cortes en la Unidad Católica de España, es la única forma democrática (contrastada además fructuosamente en la experiencia histórica) que garantiza una democracia de contenido.

Así que, amigos lectores, no sólo no creemos en la democracia moderna y en la soberanía popular, sino que nos jactamos de combatirlas desde este baluarte de resistencia.

Aquí están los frutos de apoyo al Pp en las municipales y autonómicas de Madrid en 2007:

(des)Esperanza Agirre

La soberanía popular

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