Sexo y violencia

Autor: Padre José Ignacio Munilla Aguirre

 

La semana pasada asistíamos a una absurda y ficticia polémica, a propósito de un párrafo del Directorio de la Familia presentado por la Conferencia Episcopal Española. La lectura superficial de tan sólo 8 líneas de un extenso documento de unos 100 folios, se traduciría según algunos en que la Iglesia afirma que la violencia de género tiene su causa en la liberación sexual de la mujer.

Vaya por delante que al abordar esta cuestión, nos alejamos del contenido central de este documento que, lejos de versar sobre la cuestión que tratamos en este artículo, como mucho, la roza tangencialmente. Sin embargo, la confusión que la encendida polémica ha podido generar en muchos, bien merece que abordemos frontalmente la relación existente entre el sexo y la violencia de género.

Siempre ha habido violencia de género. Eso es evidente y no lo niega nadie; al igual que sería una ingenuidad pensar que el libertinaje sexual comenzó en Mayo del 68. De hecho, la predicación que la moral cristiana ha hecho de la sexualidad se ha topado tradicionalmente con un gran obstáculo: la vivencia de la sexualidad en su mera dimensión animal. En el reino animal, el sexo es un instrumento por el que el macho se limita a desfogar sus instintos; dominando y sometiendo a la hembra, hasta el punto de convertir la cópula en un alarde de superioridad física.

Pues bien, en la medida que la sexualidad humana se ha reducido a su dimensión fisiológica, rechazando todo significado antropológico de orden humanista o espiritual, entonces inexorablemente ha reproducido esa misma violencia machista del reino animal.

Frente a esto, la moral cristiana no se ha limitado a recordar que la finalidad de la sexualidad es la reproductiva -de lo cual los animales carecen de conciencia-; sino que ha resaltado que junto a esto, el sentido más profundo de la sexualidad es ser vehículo de expresión de amor. Es decir, la sexualidad humana, a diferencia de la animal, es expresión de la donación y entrega de la vida al ser amado.

En los años sesenta y setenta estalló la llamada “revolución sexual”, cuyos ideólogos denunciaban que la violencia doméstica era consecuencia de una moral represora. Su promesa fue que una vez desinhibidos y superados ya los “hipócritas tabúes religiosos”, la liberación sexual del hombre y de la mujer lograría la superación de esos episodios de violencia sexual.

Pues bien, lo único que los obispos han “osado” recordar en el denostado documento, ha sido el incumplimiento de las promesas de la revolución sexual. El divorcio entre el sexo-procreación, sexo-matrimonio y sexo-amor, lejos de solucionar el problema, no ha conseguido sino aumentar de una forma alarmante la violencia de género.

La pornografía tiene también una buena culpa de ello, ya que, por su propio dinamismo, introduce a sus consumidores en una espiral obsesiva de placer, que difícilmente puede detenerse ante el debido respecto a la mujer. Se trata de un producto pensado y dirigido fundamentalmente al género masculino y no al femenino. Cuando la mujer es reducida a la dignidad del objeto de uso para la propia satisfacción, no es de extrañar que haya quien traspase el límite del respeto a la voluntad ajena, llegando a atentar incluso contra su integridad física.

En resumen, el documento se limita a constatar que entre las múltiples consecuencias del libertinaje sexual, una de ellas es el aumento de la violencia de género. Y no se está diciendo con ello que ésa sea su única causa. Es obvio que las causas de la violencia doméstica son múltiples: alcohol, incultura, machismo, celos, rencores tras las rupturas matrimoniales, egoísmo…. Pero también la vivencia deformada de la sexualidad.

¿Qué cabe decir de los que resumieron la postura del episcopado en que “los obispos justifican la violencia de género”? Ya sabemos que la Iglesia tiene problemas de comunicación en una cultura condicionada por el impacto mediático; pero tengo para mí que una distorsión de ese calibre es imposible entenderla sin una mala voluntad de partida. A quien desee juzgar por sí mismo la consistencia de esta polémica, le invito a leer el párrafo de la discordia, que encontrará en el número 12 del documento (www.conferenciaepiscopal.es). Quien disponga de más tiempo y pueda leerlo entero; comprobará que, una vez más, la Iglesia ha optado por la familia.

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