El Catolicismo en Tolkien y en El señor de los Anillos

Por José Miguel Marqués Campo, Presbítero
Luarca, 5 de marzo de 2004</I>

 

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Introducción

Elen síla lúmenn’ omentielvo!
¡Una estrella brilla sobre la hora de nuestro encuentro!

Ésta es la salutación de los Elfos en la Tierra Media de J.R.R. Tolkien, expresión de agradecimiento y señal de venturosa alegría, en medio de la nostalgia… Así he querido comenzar mi exposición acerca de las profundísimas influencias de la fe católica, vividas plena y coherentemente, por un gran hombre de cultura, a quien conviene mucho dar a conocer, y asimismo esas mismas influencias católicas en su obra maestra literaria: El Señor de los Anillos. He querido titular esta exposición El Catolicismo en Tolkien y en El Señor de los Anillos: Una aproximación con afecto, pues lo he concebido como un acercamiento, con todo el afecto del corazón, a la vida de un gran intelectual y gran creyente, cuyas manifestaciones de extraordinaria habilidad imaginativa y creativa, se funden con su exquisita habilidad lingüística y narrativa, en una historia con maravillosos destellos del Evangelio.

Cuando John Ronald Reuel Tolkien tenía 77 años de edad, en 1969, mientras disfrutaba de su más que merecida jubilación en un tranquilo y apacible retiro en la localidad costera de Bournemouth, Inglaterra, un buen día recibió una carta —de tantas que había recibido de todos los rincones del mundo desde que escribiera El Señor de los Anillos— de Camilla Unwin, la hija de su editor. Es que la joven Unwin, como parte de su trabajo escolar, le había escrito para hacerle una sencilla pregunta: “¿Cuál es el propósito de la vida?”

Preguntar semejante cuestión a un hombre como Tolkien, profundamente católico, sencillo, sensible, profundamente contemplativo desde niño, que había sido esmeradamente educado por sus padres, especialmente por su muy querida madre, Mabel Tolkien, quien se había convertido por firme convicción al catolicismo en la Inglaterra de 1900 —hazaña notable en aquel entonces en aquel lugar— a un hombre que había quedado huérfano a los doce años de edad, junto con su hermano pequeño, Hilary, dos años menos que él, que había sido criado con la ayuda, cariño y dedicación inestimables de un benemérito sacerdote de origen anglo-español, el P. Francis Morgan, a un hombre profundamente enamorado de su esposa, Edith Mary Bratt, con quien tuvo tres hijos varones, †John, †Michael y Christopher, y una hija, Priscila, buen padre de familia cristiana, cuyo primogénito —†Father John— el Señor llamó al sacerdocio, a un hombre que había sufrido personalmente los horrores imborrables de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y luego los horrores de la Segunda, a un hombre sobremanera reflexivo y detallista, de distinguida cátedra de lengua y literatura inglesa en la Universidad de Oxford…, en fin, preguntarle cuál es el propósito de la vida, era de esperar que su respuesta, si bien no tan larga como su obra maestra épica, El Señor de los Anillos, sí fuera, no obstante, ¡de gran envergadura!

Gracias a Dios, se conservan muchas cartas personales de Tolkien que se han recogido en un libro publicado por Humphrey Carpenter y Christopher Tolkien, editor póstumo y albacea del Estado de su padre. Lo publica la Editorial Minotauro de Barcelona. En una de estas cartas (Cartas nº 310), el profesor Tolkien le respondió larga y tendidamente a la jovencita Unwin. Desafortunadamente, es una carta demasiada larga para reproducir ahora in extenso, pero sí me permito resaltar lo que a mi parecer, son algunos de los puntos clave de su respuesta:

20 de mayo de 1969

Estimada Srta. Unwin:

Lamento que mi respuesta se haya demorado tanto. Espero que llegue a tiempo. ¡Qué pregunta tan amplia! No creo que las “opiniones”, no importa de quién, resulten muy útiles sin alguna explicación de cómo se ha llegado a ellas; pero acerca de esta cuestión no es fácil ser breve.
¿Qué significa realmente la pregunta? Tanto propósito como vida necesitan alguna definición. ¿Es una pregunta puramente humana y moral? ¿O se refiere al Universo? Podría significar: ¿Cómo debería utilizar el tiempo de vida que se me ha concedido? O: ¿A qué propósito/designio sirven las criaturas vivientes por el hecho de estar vivas? Pero la primera pregunta encontrará respuesta (si la encuentra) sólo después de considerada la segunda.
Pienso que las preguntas acerca de un “propósito” sólo son realmente útiles cuando se refieren a los propósitos u objetivos de los seres humanos o a la utilización de las cosas que proyectan o hacen…
Si preguntamos por qué Dios nos incluyó en su designio, sólo podemos contestar: Porque lo Hizo. Si no creemos en un Dios personal, la pregunta: ¿Cuál es el propósito de la vida?, es informulable e incontestable. ¿A quién o a qué se dirigiría la pregunta? Pero como en un rincón extraño […] del Universo se han desarrollado seres con mentes que formulan preguntas y tratan de responderlas, uno podría dirigirse a uno de estos seres tan peculiares. Como uno de ellos, me aventuraría a decir (hablando con absurda arrogancia en nombre del Universo): “Soy como soy. No hay nada que pueda hacerse al respecto. Es posible seguir tratando de averiguar lo que soy, pero nunca se logrará. Y por qué trata uno de saberlo, no lo sé. Quizás el deseo de saber sólo por el mero hecho de saber, se relacione con las oraciones que algunos dirigen a lo que se llama Dios. En su punto más elevado, éstos parecen alabarlo por ser como es, y por hacer lo que ha hecho tal como lo ha hecho.
[Pero] los que creen en un Dios personal, el Creador, no creen que el Universo de por sí sea venerable, aunque su devoto estudio sea uno de los modos de honrarlo. Y como en tanto que criaturas vivientes estamos dentro de Él y de Él formamos parte (parcialmente), nuestra [aproximación a Dios] y el modo que tenemos de expresarla derivarán en amplia medida de la contemplación del mundo a nuestro alrededor. (Aunque hay también una revelación tanto dirigida a los hombres en general como a ciertas personas particulares.)
De modo que puede decirse que el principal propósito de la vida, para cualquiera de nosotros, es incrementar, de acuerdo con nuestra capacidad, el conocimiento de Dios mediante todos los medios de que disponemos, y ser movidos por Él a la alabanza y la acción de gracias. Hacer como decimos en el Gloria in excelsis: Laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam. Te alabamos, te bendecimos, te veneramos, proclamamos tu gloria, te agradecemos la grandeza de tu esplendor.
Y en los momentos de exaltación podemos invocar a todos los seres creados para que se nos unan en el coro hablando en su nombre, como se hace en el salmo 148 y en el Canto de los Tres Niños de Daniel III. ALABAD AL SEÑOR… todas las montañas y las colinas, todos los huertos y los bosques, todas las criaturas que reptan y los pájaros que vuelan.
Esto es demasiado largo, y también demasiado corto… para semejante pregunta.

Con mis mejores deseos, J.R.R. Tolkien

Ciertamente, una carta muy importante, porque revela lo interior de la persona de quien nos interesa dar a conocer, y asimismo al autor inspirado de El Señor de los Anillos, obra maestra suya que suele denominarse “literatura fantástica,” sin más, por lo que esto es muy engañoso. Pero bien podemos admitir “literatura fantástica”, si quieren, en cuanto que “fantástica” sea adjetivo y no sustantivo; es decir, una literatura excelente, buenísima, fabulosa, estupenda, magnífica, etc., por lo que puede entenderse como una “fantástica literatura”, o incluso una “fantasía real,” aunque a primera vista parezca una contradicción. En fin, las palabras, desde luego, tienen un sentido muy distinto, ¿verdad?, según el orden en que las empleemos, o según asumen una u otra función gramatical.

Tolkien, ya desde muy pequeño, siempre tuvo una extraordinaria habilidad y amor para el estudio de las lenguas —llegó a dominar bien unos 17 idiomas, entre ellas el español, por supuesto, que le agradaba particularmente— nos advertiría que la estructura del lenguaje es esencial, fundamental, importantísimo, para comunicar bien la fuerza de una idea o pensamiento, o más aún, comunicar una verdad, una realidad, una vivencia. Por lo que no es lo mismo, claro está, decir que El Señor de los Anillos es, sin más, una obra del género “literatura fantástica”, o “literatura juvenil” (como se suele denominar comúnmente) que decir que es una “fantástica literatura de lo real”, para adultos o jóvenes—ambos con madurez humana. Y por madurez humana, queremos decir no sólo el ponerse a leer un buen libro, es decir, no sólo saber discernir lo que es una buena literatura, sino sobre todo la capacidad de saber saborear lo que se lee, la capacidad contemplativa y meditativa para asomarse y asombrarse, maravillarse, descubrir los tesoros escondidos y profundizar en ellos. En este sentido, la Iglesia siempre ha valorado, y por tanto recomendado, leer obras buenas y provechosas con su “apostolado de buena prensa.” Pues bien, les aseguro por propia experiencia, que es muy acertado decidirse leer El Señor de los Anillos, pero me permito hacer algunas advertencias: no valen las prisas o una lectura superficial, aparte de que es prácticamente imposible leerlo superficialmente: es una obra demasiada rica y profunda para una lectura apresurada sin asimilar adecuadamente y, ciertamente, es una lectura muy agradable, pero perspicazmente seria, descriptiva, madura, contemplativa y conmovedora, por lo que el lector queda completamente absorbido e inmerso en la Tierra Media—el universo—de Tolkien, en el mejor sentido de estos términos. Para abordar la lectura de El Señor de los Anillos hay que acercarse con calma, con sosiego, con paciencia y respeto, como quien pisa “terreno sagrado,” porque, efectivamente lo es en gran medida, como iremos exponiendo.

Acompañar a los personajes en su impresionante —pero creíble— aventura, por la variada y tan detalladísima geografía de la Tierra Media —el mundo imaginario pero curiosamente real, de Tolkien, donde tienen lugar los acontecimientos— es asimismo una aventura personal inolvidable para el lector, sobre todo si es lector contemplativo y serio. Como dato altamente significativo, resulta que en Inglaterra, a finales del milenio pasado, se realizó una amplia encuesta por parte de un prestigioso periódico para averiguar qué libro podría considerarse el mejor del siglo XX, que por entonces llegaba a su fin. Más de 25.000 hombres y mujeres fueron encuestados y las respuestas fueron muy reveladoras: el libro con el mayor número de votos, con mucho, fue precisamente El Señor de los Anillos.

Curiosamente esto provocó objeciones de ciertos sectores críticos, y esto a su vez hizo posible otras tantas encuestas en más periódicos y librerías nacionales en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, pero con similares resultados: Tolkien seguía en el primer puesto. Y después le tocó el turno a la prestigiosa Folio Society de Inglaterra, que quiso hacer su propia encuesta, pero no limitando que fuera un libro del siglo XX, sino de cualquier época. Conviene saber que los más de 50.000 lectores de esta Sociedad británica son lectores maduros y serios, buenos conocedores de buena literatura, no muy dispuestos a dejarse llevar por las modas literarias pasajeras de turno. Pues de todos los que participaron en esta encuesta, ¿a que no pueden imaginar sus opiniones? Pride and Prejudice (Orgullo y Prejuicio) de Jane Austin y David Copperfield de Charles Dickens salieron bien parados… pero el libro mejor valorado de nuevo fue El Señor de los Anillos. Y qué decir de la contestación de los participantes en la encuesta promovida en 1999 por Amazon.com, una librería virtual de Internet: ¡El Señor de los Anillos fue elegido como “Libro del Milenio”!

En fin, a cada encuesta que Tolkien salía ganando, más desconcierto y más hostilidad provocaban en las mentes elitistas de algunos críticos modernos, incapaces de asimilar el éxito literario mundial y la irresistible atracción de El Señor de los Anillos. Tolkien estaba gratamente sorprendido de que su obra había recibido tanta aceptación, pero feliz de poder llegar a tantos corazones. Desde su publicación en 1954/1955, se han vendido más de 50 millones de ejemplares, traducidos a 26 lenguas. Y su innegable popularidad sigue creciendo imparable. La crítica desmesurada de ciertos grupos en parte se debe a que a éstos les gusta influir poderosamente en la cultura, formando opinión pública, creyendo que sólo ellos saben lo que es mejor para el resto del mundo, y en parte por desconocer por completo la sugerente teoría literaria de Tolkien, hecha gozosa realidad en el estilo narrativo de El Señor de los Anillos, que es absolutamente esencial para comprender su obra y apreciarla en su contexto.

Hubo incluso quienes, como Howard Jacobson, fueron partidarios de afirmar: “Tolkien… Es algo para niños, ¿no? O para adultos retrasados… Eso demuestra la estupidez de estas encuestas, la estupidez de enseñar a la gente a leer. Cerrad todas las bibliotecas. Utilizad el dinero para alguna otra cosa. Éste es otro día negro para la cultura británica”. O como Susan Jeffreys, en un artículo publicado en el Sunday Times: “Es deprimente pensar que quienes han votado el mejor libro del siglo XX se encierran en un mundo inexistente”.

Naturalmente, ha habido también, cómo no, otras posturas y reacciones mucho más comprensivas y centradas. Sue Bradbury, directora editorial de la Folio Society, reconoció su gran sorpresa ante el resultado de las encuestas, pero llegó a afirmar: “El hecho de que quede en primer lugar en dos encuestas creo que debe tomarse en serio”. Un comentario agudo lo aportó Ross Shimmon, Jefe Ejecutivo de la Asociación de Bibliotecas: “Es sorprendente que ‘El Señor de los Anillos’ tenga tanto éxito. La idea de un mundo paralelo… Me pregunto si tendrá algo que ver con intentar comprender el mundo que nos rodea”. Ante la crítica furibunda de que literatura fantástica es escapista y por tanto carece de valor, Patrick Curry, en su libro Defending Middle-Earth: Tolkien, Myth and Modernity (Defendiendo la Tierra Media: Tolkien, Mito y Modernidad), afirmó rotundamente que El Señor de los Anillos era cualquier cosa menos huida de la realidad: “Tolkien no se limitó a hablarnos, como Ruskin y Chesterton, sobre los peligros del mundo moderno; además, tejió su antimodernismo en una historia rica e intricada que ofrece una alternativa. En su versión, como en la nuestra, la comunidad (los hobbits en La Comarca [rural apacible]), el mundo natural (la Tierra Media misma), y los valores espirituales (simbolizados por el mar) se encuentran amenazados por la unión patológica del poder estatal, el capital y la ciencia tecnológica que es Mordor [la Tierra del Señor Oscuro, la Tierra Negra, la Tierra de la Sombra). La diferencia radica en que en ‘El Señor de los Anillos’ la amenaza es derrotada, mientras que en la nuestra el resultado está por ver… Tolkien habló de los temores de los lectores de finales del siglo XX… y les dio esperanza. Lejos de ser escapista o reaccionario, ‘El Señor de los Anillos’ trata de la más grande de las luchas de este siglo y más allá. Y [algunos críticos modernos], a diferencia del lector común, no fueron capaces de verlo; al menos en el libro, y quizá tampoco en el mundo. Entonces, ¿quién vive en un mundo de fantasía? Los críticos de Tolkien, no sus lectores, han perdido el contacto con la realidad. Nunca la clase intelectual había merecido tanto que la contradijeran”.

También está la de Paul Goodman, publicado en el periódico británico Daily Telegraph: “…la clave [de ‘El Señor de los Anillos’] es su sensibilidad religiosa: la sensación de que al final hay una beatitud de la que disfrutar, aunque no se encuentre en la Tierra Media ni en esta tierra”. Interesante el testimonio de Jeffrey Richards, de la Universidad de Lancaster, también publicado en el Daily Telegraph: “’El Señor de los Anillos’ es una obra de un poder, una envergadura y una imaginación únicos. El lenguaje de Tolkien es rico y evocador; su vocabulario, extenso y variado. Sus descripciones son maravillosas. Su evocación de virtudes inestimables como la lealtad, el servicio, la amistad y el idealismo es inspiradora. Por encima de todo, crea un universo de mito… y arquetipos que resuena en lo más hondo de la memoria y la imaginación”. Luego hace una comparación con ciertas obras “modernas” y afirma que “llama la atención sobre la tiranía del realismo, la estrechez de miras, el ensimismamiento y la «relevancia» que tienen esclavizados a demasiados escritores y críticos modernos. Tolkien es un antídoto contra todo eso. Cuantos más niños, cuanta más gente de todas las edades lean ‘El Señor de los Anillos’, mejor será no sólo para el nivel literario de este país, sino también para su salud espiritual”. Pues sí, para nuestra salud espiritual, como escribe para la New England Science-Fiction Association, Elisabeth Carey: el libro “está empapado con teología moral católica… [y] sobre las elecciones morales”.

Posiblemente, de las respuestas más entusiastas en favor de Tolkien, está la de Desmond Albrow, en un artículo publicado en el Catholic Herald: “Hay algo verdaderamente inspirador en el hecho de que un hombre como Tolkien, un católico verdadero, que estaba en completa armonía con la decencia civilizada, coseche un premio como éste en un siglo que aplaude con tanta frecuencia a quienes son mezquinos y brillantemente rimbombantes”. Y más cerca de nosotros, está el testimonio personal de un amigo mío, Eduardo Segura Fernández, de 36 años, natural de Oviedo pero con raíces familiares en Luarca, Profesor Ayudante de Humanidades en la Universidad Católica San Antonio de Murcia, y cuya tesis doctoral centrada en un análisis narratológico de El Señor de los Anillos y la teoría literaria de Tolkien, acaba de ver la luz en enero pasado. Hablando conmigo me comentó que era realmente impresionante cómo Tolkien pudo escribir una novela tan larga y sobre una aventura de dimensiones tan épicas, sin mencionar expresamente a Dios, pero cuya presencia se podía percibir en cada página de El Señor de los Anillos…

A raíz de testimonios como éstos y muchísimos más, es evidente que tanto la persona del profesor Tolkien, además de su literatura, siguen teniendo —y tendrán siempre— gran poder para no dejar a nadie indiferente: poder para cautivar o provocar, poder para conquistar el corazón o suscitar contraria opinión. Para aquellos a quienes el autor y su obra provocan, lamentablemente ambos resultan aborrecibles e insoportables. Pero para aquellos a quienes el autor y su obra cautivan —como a un servidor— la conmovedora e incomparable experiencia de viajar a la Tierra Media, guiado por la pluma, la mente y el corazón creyente del mismo Tolkien es, francamente, hermosa, pues entre muchas cosas, el viaje de laComunidad del Anillo, pasando por las aventuras de las Dos Torres, y aguardando el Retorno del Rey, es una bocanada de esperanza.

La Iglesia Católica, como portadora del Evangelio de la Esperanza, siendo muy sensible a la nueva evangelización de la cultura, apuesta muy clara y decididamente por la admirable fuerza evocativa no sólo de los buenos libros, sino también en nuestra época, de lo que llama “cine espiritual.” Por estas fechas, ya cercana la Semana Santa, esperamos el estreno de la película del actor/director norteamericano Mel Gibson, La Pasión de Cristo, que, según declaraciones de la Santa Sede, promete ser una valiosa ayuda para la evangelización. Pero la Iglesia considera —muy acertadamente— “cine espiritual” en un sentido más amplio: toda aquella película que contiene referencias, si bien no explícitamente, al menos sí implícitamente cristianas, que puedan suscitar inquietud y reflexión. En este sentido estamos realmente enhorabuena, pues gracias al buen hacer del director neozelandés Peter Jackson, la excelente interpretación de los actores/actrices, la extraordinaria —y conmovedora— banda sonora del compositor Howard Shore, y todo el equipo de producción, hemos podido disfrutar enormemente de las tres películas, estrenadas en la Navidad del 2001, 2002 y 2003, de la notable adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos.

Pues bien, les invito a remar conmigo “mar adentro”, como dijo el Señor a Pedro y a los Apóstoles, y como nos dice asimismo el Santo Padre, para descubrir el hombre detrás del libro, para luego maravillarse ante una Buena Noticia. Puede muy bien ser un gran descubrimiento en tu vida: un eco, sorprendentemente cercano, del Evangelio…

 

Tolkien: El hombre detrás del mito cristiano

¿Quién era J.R.R. Tolkien y cuáles fueron los acontecimientos fundamentales en su vida que fueron cauce y dieron forma al desarrollo de la única persona capaz de escribir El Señor de los Anillos? Porque ciertamente hay que decir, con rotunda claridad, que Tolkien pudo, con tan intenso esfuerzo, escribir El Señor de los Anillos tal y como lo escribió a lo largo de doce años, escrito con la sangre de mi vida, según dijo a su editor, precisamente porque era un “católico absoluto”, como así dijo de su padre su hijo mayor, el P. †John Tolkien. Es éste un hecho incontestable que hace falta asimilar si queremos adentrarnos en la Tierra Media, de modo que podamos descubrir y apreciar los inestimables valores espirituales en su literatura.

En el prólogo de El Señor de los Anillos, Tolkien quiso advertir al lector: “Un autor no puede, por supuesto, dejar de ser afectado por su propia experiencia, pero los modos en que el germen de una historia utiliza el suelo fértil de la experiencia son extremadamente complejos, y cualquier intento de definir el proceso no es más que el mero atisbo de una evidencia inadecuada y ambigua”. Tolkien mismo no veía con especial agrado los intentos de biografía, pues para él, solían ser inadecuados para captar la verdadera profundidad de una persona. Pero puesto que esta intervención es sólo una aproximación —eso sí, con afecto—, tanto a la persona del autor como a su obra, algunas pinceladas clave de su vida nos ayudarán a tener presente al hombre detrás de El Señor de los Anillos.

Tolkien nació de padres ingleses, Arthur y Mabel, el 3 de enero de 1892, en Bloemfontein, Sudáfrica. Fue bautizado un mes después con el nombre de John Ronald Reuel en la catedral anglicana. Su familia vivía entonces en Sudáfrica, pues su padre era director de la sucursal local del Banco de África. Poco después de cumplir los tres años, en 1895, su madre se llevó a Tolkien y a su hermano pequeño, Hilary, de regreso a Inglaterra, ya que el clima sudafricano no era muy saludable para los niños y ni para ella misma. Su padre no podía embarcar con su familia en ese momento por motivos de trabajo, pero con la esperanza de poder regresar tan pronto como podía.

De sus primeros años en Sudáfrica, Tolkien sólo recordó algunas palabras en la lengua local, afrikáans, y el recuerdo de unos paisajes áridos y polvorientos. Un año después del retorno a la madre patria, residiendo en la ciudad de Birmingham, Mabel recibió las malas noticias de que su esposo había caído inesperadamente enfermo, y de hecho falleció no mucho después. Quedando viuda tan joven con dos niños pequeños, afrontó con audacia la nueva situación adversa. No pudiendo quedarse para siempre en la congestionada casa de los padres de Mabel, pero no disponiendo de recursos económicos suficientes para instalarse por su cuenta, la valiente madre de Tolkien fue buscando un buen alojamiento lo bastante barato para vivir ella con sus hijos.

Fue así en el verano de 1896 que encontró una casa de ladrillos en la cercana aldea de Sarehole, poco más que un kilómetro y medio de los límites meridionales de Birmingham. Olvidándose de los paisajes secos de Sudáfrica y los ruidos urbanos de Birmingham lo suficientemente lejos, ¡qué contraste más agradable supuso para Tolkien la vida rural inglesa! Durante sus años de niñez, mientras vivía en Sarehole, Tolkien se enamoró del campo, de los arroyos, de los árboles, y fue donde su imaginación se hizo muy receptiva y creativa. En el suave paisaje rural de Sarehole, y en sus habitantes, se inspiró Tolkien para crear su querida Comarca, poblada de la raza de los Hobbits o los Medianos, lugar entrañable donde comienza y termina El Señor de los Anillos. Pero también allí donde desarrolló un aborrecimiento por quienes destruían a los árboles sin ningún motivo. Relata un incidente que le marcó para siempre: “Había un sauce suspendido sobre el estanque del molino, y aprendí a trepar por él. Creo que era del carnicero de la calle Stratford. Un día lo cortaron. No hicieron nada con él. El tronco quedó allí, caído. Nunca lo olvidé”.

Su madre no tenía medios para pagar un tutor para sus hijos, por lo que ella misma se encargó de darles la mejor educación posible. Afortunadamente era muy capaz, pues sabía pintar, dibujar y tocar el piano, además de tener conocimientos de latín, alemán y francés. Pronto se dio cuenta de que su hijo mayor tenía una gran aptitud para el estudio de las lenguas; le gustaba especialmente el latín —el sonido, la forma y el significado preciso de las palabras encantaron al niño Tolkien. También a su madre le preocupaba que sus hijos leyeran muchos y buenos libros. Ya por entonces, al joven Tolkien le gustaron algunos de los cuentos de hadas de George Macdonald, autor que también influyó a G.K. Chesterton, y los de Andrew Lang. Fue en esta época temprana de su vida cuando empezó Tolkien a cultivar su habilidad por la filología, que sería un hecho de capital importancia para su posterior creatividad literaria.

Por esos mismos años, mientras Tolkien comenzaba su interés por el lenguaje —su estructura, su expresión de cultura y su historia— su madre se iba acercando cada vez más al catolicismo, y consecuentemente, se iba alejando cada vez más de su propia familia. El cristianismo formaba parte importante de la vida familiar de Tolkien, especialmente desde la muerte de su padre. Todos los Domingos iban a una iglesia anglicana, pero un Domingo, su madre llevó a sus hijos a la parroquia católica de St. Anne, situada en los barrios bajos de Birmingham. Fue en la primavera del año 1900, cuando su madre y su tía, May Incledon, recibieron catequesis en St. Anne y en junio del mismo, fueron recibidas discretamente en la Iglesia Católica.

Hemos de tener muy presente que este hecho, para nosotros hoy en España, no supone gran cosa, pero sí supuso para Mabel Tolkien una hazaña sin igual en la hostil Inglaterra anglicana de 1900, que veía todo lo católico y romano como algo anti-inglés. Además esto ocurrió unos diez años después de la muerte del Cardenal John Henry Newman, que por entonces su influencia en la cultura religiosa inglesa era reciente y notable. La valiente madre de los hermanos Tolkien tuvo que sufrir no poco al dar este paso de conversión al catolicismo.

Fueron objeto ella y su hermana, de la ira de sus propias familias, y Mabel por parte también de la familia de su esposo. Su hermana May fue obligada a renunciar al catolicismo, en contra de su voluntad, lo que dejó a Mabel sola ante el peligro. A Mabel le fue quitado todo el apoyo familiar, incluyendo el económico, mientras no recapacitara. Con el paso del tiempo, sus familiares se dieron cuenta de que Mabel seguía firme en su conversión, y esto hizo que creciera su hostilidad hacia ella. Naturalmente esto supuso una terrible tensión emocional, moral, espiritual y física en la madre de Tolkien, que contribuyó a afectarle seriamente su salud. Nada de esto pasó desapercibido en Tolkien, que fue educado en la religión católica ya desde los ocho años. Tiempo después, a los 21 años de edad, Tolkien escribiría (Cartas nº 142) sintiéndose “agradecido por haber sido educado [desde los ocho años] en una Fe que me ha nutrido y me ha enseñado todo lo poco que sé; y eso se lo debo a mi madre, que se atuvo a su conversión y murió joven, en gran medida por las penurias de la pobreza, que fueron las consecuencias de ello…” Y ahondando con agradecimiento sobre la heroicidad abnegada de su madre, también escribió: “Mi querida madre fue en verdad una mártir, y no a todos Dios concede un camino tan sencillo hacia sus grandes dones como nos otorgó a Hilary [su hermano pequeño] y a mí, al darnos una madre que se mató de trabajo y preocupación para asegurar que conserváramos la fe”. Fácilmente descubrimos un paralelo notable entre Mabel y Santa Mónica, cuyas lágrimas, oración y sacrificio, fueron decisivas para la fe cristiana de su hijo, San Agustín.

Tolkien sería entonces, ya desde esa tierna edad, un católico convencido profundo, hecho que influiría poderosamente a lo largo de su vida, cuyos reflejos descubrimos en sus escritos, especialmente en El Silmarillion, libro suyo menos conocido pero clave, editado después de su muerte por su hijo Christopher, consistente en ser el cuerpo central de las narraciones míticas que dan la profundidad histórica para apreciar y comprender mejor los acontecimientos cronológicamente posteriores en El Señor de los Anillos. La conversión de la madre y los niños a la fe católica era, sin duda alguna, lo más decisivo en la familia de Tolkien, aunque no fue el único acontecimiento crucial. El tiempo seguía imparable su curso, y en septiembre de 1900, el niño Tolkien ingresó en el King Edward’s, el colegio donde había ido su padre. Pero, como suele decirse, cuando las puertas se cierran, Dios abre una ventana, afortunadamente un tío paterno siguió teniendo buena disposición hacia la familia, a pesar de la fuerte polémica sobre la conversión al catolicismo, y costeó la matrícula, que era de 12 libras esterlinas al año.

Desafortunadamente, la escuela—un edificio imponente—se situaba en el centro de Birmingham, a unos seis kilómetros y medio de la casa de Sarehole, y resultaba caro para su madre pagar el viaje en tren, cuya estación tenía que Tolkien caminar unos dos kilómetros en las muy tempranas mañanas. Y de regreso, muchas veces era oscuro, y en la estación local, iría su hermano pequeño a recibirle con un farol encendido. Al fin la familia se mudó a una casa alquilada en Moseley, localidad más cercana al centro de Birmingham. Vivir en zona urbana, con sus calles bien transitadas, los tranvías, el tráfico y los tristes rostros de la gente, las chimeneas humeantes de las fábricas, supuso para Tolkien un fuerte y muy desagradable contraste con la vida apacible de que disfrutaba en el campo. Esta experiencia nefasta también le marcó poderosamente, y fue el humus en que se inspiraría años después para describir la terrible y desoladora fealdad de la región de Mordor, tierra donde se extienden las sombras, lugar donde el mal nunca duerme, la tierra del Señor Oscuro, la tierra inhóspita de aquel que es Señor de los todos los Anillos.

Pero esta casa alquilada iba a ser demolida, por lo que tuvieron que trasladarse a otra casa cercana, situada detrás de la estación ferroviaria de de la localidad de King’s Heath. Los ruidos de las locomotoras y su carbón y humo sólo sirvieron para desesperar más al niño Tolkien, que añoraba cada vez más la pureza natural de lo rural. Pero tampoco estuvieron aquí mucho tiempo, al tener que trasladarse a Edgbaston a comienzos de 1902, a una casa que dejaba bastante que desear. El único consuelo del nuevo hogar era que estaba muy cerca del Oratorio de San Felipe Neri de Birmingham, una gran Iglesia fundada hacía más de 50 años antes por el Cardenal John Henry Newman. Fue aquí, providencialmente, donde Mabel conoció al párroco nuevo, el P. Francis Xavier Morgan, que llegó a ser un valioso amigo de la familia y sacerdote realmente comprensivo y ejemplar.

Por estos años, la salud de Mabel iba empeorándose, pues se le había diagnosticado diabetes, que por esa época, no tenía tratamiento. En abril de 1904, en una recuperación parcial, se le ocurrió al P. Francis disponer de un lugar para su convalecencia en Rednal, una aldea de la comarca de Worcestershire, a unas pocas millas de Birmingham. Durante ese verano, los hermanos Tolkien disfrutaron como nunca de su vuelta a la vida rural. El P. Francis, siempre tan atento al bien de los niños, fumaba en una pipa de madera de cerezo, hecho que influiría en forjar ciertas costumbres de los personajes de los hobbits, habitantes pacíficos de la idílica Comarca: su afición al tabaco de pipa. Los niños no se dieron cuenta de que la salud de su madre volvía a ser precaria. Sufrió una recaída y el 14 de noviembre de 1904, murió en la paz del Señor, a cuyo lado estaban el P. Francis y su hermana May. En su testamento, Mabel había designado al P. Francis tutor de sus dos hijos —decisión providencial— pues en los años siguientes, el venerable sacerdote mostró un afecto y una generosidad constantes. Al capital que le dejó Mabel para sustento y educación de sus hijos, el P. Francis aumentaba la cantidad de su propio bolsillo, gracias a ingresos privados de los viñedos de su familia en Jerez de la Frontera. Les buscó alojamiento en casa de una tía, Beatrice, cerca del Oratorio, pero ella no les mostraba mucho cariño, por lo que los pequeños huérfanos pronto vieron la casa del Oratorio como su verdadero hogar. Cada mañana, los hermanos Tolkien asistían al P. Francis en el altar y después tomaban el desayuno con él en el refectorio antes de irse a la escuela.

La muerte de su querida madre y el generoso trato por parte del P. Francis marcó profundamente al niño Tolkien. Siempre se sintió muy agradecido —y esta cualidad para un católico es esencialmente eucarística— por todos los desvelos del P. Francis hacia él y su hermano. Sin duda alguna para Tolkien, su madre y el P. Francis fueron (especialmente) muestras de la gracia providente de Dios, “ángeles encarnados” y rostros palpables de la misericordia y ternura del Padre celestial. Años después llegó a afirmar del sacerdote tutor en una carta a su hijo, †Michael (Cartas nº 267): “Por primera vez aprendí de él la caridad y el perdón”. Pues esta experiencia gozosa —de caridad, de misericordia y capacidad de perdón— es una de las claves esenciales para comprender el trasfondo de los acontecimientos cruciales en El Señor de los Anillos.

El tiempo siguió su curso, y la caridad y capacidad de perdón que Tolkien aprendió del P. Francis en los años posteriores de la muerte de su madre, fueron realmente decisivos para contrarrestar el dolor y tristeza por la separación, que le duraron no obstante toda la vida. Pero los acontecimientos de las muertes tempranas de padre y madre, a tan tierna edad, sirvieron para hacer de Tolkien un hombre muy sensato y realista. Y puesto que también era hombre muy creyente, tuvo una gran sensibilidad para con el mundo que le rodeaba. Fue descubriendo personalmente que todo en esta vida se acaba, que con el paso inevitable del tiempo, todo es pasajero: la belleza, pero también la fealdad; la niñez y la juventud, pero también la madurez y la adultez; la salud, pero también la enfermedad; el gozo y la alegría pero también la pena y la tristeza; incluso hasta el mismo tiempo es pasajero porque también el tiempo se nos acaba… De ahí que Tolkien llegó a valorar muchísimo el aprovechar bien el tiempo que Dios nos ha concedido.

Pues bien, esta realidad que percibía con meridiana claridad, despertó en él la fuerte sensación de una “nostalgia” o “pérdida irrecuperable”, por unos tiempos más dichosos que no podrían volver jamás. Pero, paradójicamente, tampoco sería provechoso querer detener el tiempo, ya que vamos caminando —pues el camino sigue y sigue, como cantan algunos de los hobbits en su obra— hacia una plenitud en el futuro, aunque ese futuro es, esencialmente, incierto y sin garantías, porque nosotros mismos podemos, con nuestra libertad mal empleada (=pecado) malograrlo. Que las luchas de la vida no se ganaban de forma total y definitiva, que incluso en las victorias, había derrotas. Que no hay amor verdadero sin sacrificio, que no hay salvación posible sin perdón, que no hay perdón si no hay misericordia, que en toda victoria en el mundo hay pérdida. Que nuestro paso por este “mundo caído” (por el pecado de Adán y Eva, del que todos participamos, exceptuando la Santísima Virgen María) está lleno de tribulación, es como una larga derrota en medio de estériles victorias. Es algo como ha dicho agudamente un compañero sacerdote: “Vamos de derrota en derrota, hacia la victoria final”. Que la terrible losa de la muerte acabaría irremediablemente con todo —no sólo con el tiempo y la vida, sino con toda esperanza en la vida, con toda ilusión, con todo proyecto humano, que por nada valdría la pena luchar— el paso inexorable del tiempo y la muerte serían muros infranqueables, portadores de una amargura existencial terrible, de no poder vencerlos…

Pero como católico que era, era muy consciente —y consolado por ello— de que, por la misericordia de Dios, en quien creía con toda su alma y con todo su corazón y con todo su ser, efectivamente, hay salvación: hay salvación del mal y del pecado, que estropea toda la hermosura de la creación, y hay salvación del paso del tiempo que tiene por fin la muerte, por la que todo llegaría a acabarse para siempre… Que, a pesar de todo, siempre hay esperanza: esperanza que nos alienta para seguir adelante, entregándonos en cuerpo y alma, rompiéndonos el corazón y las entrañas como hacen Frodo y Samsagaz, hobbits protagonistas de su libro, para destruir el Anillo de Poder, aunque a nuestro alrededor, se desvanecen hasta los más pequeños indicios y motivos para la esperanza. Que hay una luz que alumbra cuando todas las demás luces se nos apagan. ¿Cómo se puede comprender y vivir esto?

Lo que voy a decir ahora es absolutamente esencial para comprender el mundo real que nos rodea, y también para comprender el desenlace de El Señor de los Anillos: ¿por qué Tolkien nos asegura que siempre hay esperanza? Porque la historia de la Tierra Media es un relato mítico de historia de salvación, pues la salvación es un hecho gozoso, digno de ser relatado: hay salvación del paso del tiempo y la muerte, porque en Dios Creador hay perdón y sacrificio, hay perdón y sacrificio porque tiene misericordia, y hay perdón, sacrificio y misericordia porque la gracia y la providencia, sirviéndose de la libertad de las criaturas —tanto para bien como para mal— hacen posible que las cosas extremadamente adversas den un giro tan radicalmente favorable como inesperado, en la hora de la duda y la prueba más dura, al borde de la desesperanza. Son todos estos factores los que misteriosamente rigen los destinos de nuestra vida e historia personal y colectiva, y, claro está, la vida y la historia de los personajes y los pueblos de la Tierra Media en El Señor de los Anillos.

Comprendidas estas afirmaciones claves, llegamos a asombrarnos, por lo tanto, de que, efectivamente, también es pasajero el mal, el dolor, el sufrimiento y hasta la mismísima muerte lo es, que aunque haya “pérdidas irrecuperables”, no las hay sin victoria final, que el tiempo se nos acaba pero porque se convierte en eternidad… gracias a los acontecimientos cumbres de la historia de la salvación: la Encarnación de la Palabra de Dios y la Pascua de Resurrección de Jesucristo. Es la gran verdad que nos hace libres y, como dice la liturgia de Pentecostés al cantar del Espíritu Santo, es la fuente del mayor consuelo: ¡verdaderamente ha resucitado el Señor! El Evangelio, pues, en su sentido etimológico griego, ciertamente lo vivía Tolkien como una gran Buena Noticia. Pues bien, todas estas profundas vivencias cristianas de Tolkien están maravillosamente presentes, si bien discretamente, como un atisbo de victoria final, en El Silmarillion y en El Señor de los Anillos. La maravillosa genialidad de Tolkien está en que todo este destello de la Buena Noticia cristiana está presente en su libro, pero cuyos acontecimientos tienen lugar siglos antes de la venida de Cristo. Es una historia hermosa de salvación implícitamente cristiana, en un tiempo y culturas obviamente pre-cristianas por fecharse, deliberadamente, antes de Cristo. El hilo conductor de El Silmarillion y El Señor de los Anillos es una historia maravillosa de esperanza contra-toda-esperanza, y en este sentido viene a ser, pues, un pre-anuncio sublime del Evangelio cristiano.

El tiempo sigue su curso natural y al igual que el Niño Jesús, Tolkien iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y ante los hombres. Era jovial y alegre por naturaleza, le encantaba el aire libre, pasear tranquilamente y pasarlo sanamente bien con sus buenos amigos, que le era fácil entablar. Y tenía una cualidad que mantendría a lo largo de su vida: la de rumiar, saborear, las cosas en su interior. No era, ni mucho menos, superficial, más bien, todo lo contrario. Proseguía sus estudios, donde claramente destacó en el campo filológico. Con la ayuda de sus profesores, indagaba cada vez más en la lingüística: una cosa era saber y hablar y escribir latín, griego y alemán (y con el tiempo otras 14 lenguas), y otra muy diferente saber el por qué las variadas gramáticas eran como eran.

Al descubrir el antiguo anglosajón, el inglés medieval, el finlandés, el galés y el gótico, quedó maravillado acerca de la sonoridad y expresividad de estas lenguas. Serían la base de las lenguas que inventaría para su mitología (a destacar las variedades quenya y sindarin de la hermosa lengua de los Elfos) para darle verosimilitud y un fuerte sentido de realismo —cosa que logró con increíble fuerza. Es más: en primer lugar, crea una lengua, con gramática y vocabulario, y luego desarrolla toda una cultura e historia, y en este sentido, es una muestra de impresionante habilidad creativa. Al fin pudo leer en lengua original el gran poema heroico de la literatura inglesa, Beowulf, una obra de más de 3.100 versos, comparable al Cantar de Mío

Cid en español o a la Chanson de Roland francés. Beowulf le llamó poderosamente la atención y le despertó el interés para crear él mismo sus propias historias. Las semillas de la creación mítica de la Tierra Media ya estaban puestas.Llegaban las vacaciones de verano, y el P. Francis llevaba a Tolkien y su hermano a Lyme Regis, donde lo pasaban bien por las playas. Como el P. Francis era hombre sensible, se dio cuenta de que los adolescentes hermanos no eran felices en la casa de su tía, por lo que al comienzo de 1908, les buscó alojamiento en Birmingham en unas habitaciones que alquilaba la Sra. Faulkner, cerca del Oratorio. La habitación de los hermanos estaba en la segunda planta, y justamente debajo vivía una bella joven huérfana, llamada Edith Mary Bratt. Ella tocaba muy bien el piano y los tres se hicieron buenos amigos. Pero la amistad entre Tolkien y Edith, tres años mayor que él, llegó a ser bastante más que simple amistad juvenil, pues se enamoraron. Fue el primer y único amor en la vida de Tolkien.

Pero el P. Francis seguía siendo el tutor legal, y Tolkien, con sus 16 años, era aún menor de edad hasta cumplir los 21. Al sacerdote le preocupaba que el joven Tolkien se distraía demasiado de sus estudios, y era un momento importante para él, pues tenía que sacar beca y aprobar su ingreso a la Universidad de Oxford, y para ello tenía que estudiar muy en serio. Así que tomó la firme decisión de decirle a Tolkien que, para su bien, no se viera con Edith, al menos durante esos años cruciales. Sin duda, fueron unos años muy duros para Tolkien y Edith, pues realmente se amaban, pero el fuerte sentido del deber y el amor obediente que Tolkien honradamente consideraba que le debía al P. Francis —”que había sido un padre más que la mayoría de los verdaderos padres”, según llegó a escribir— le movió a sacrificar verse con quien sería, con el tiempo, su esposa. Tolkien siempre agradeció al P. Francis su cuidado, incluso esta decisión difícil que le supuso mucho sacrificio, pero que sirvió para hacer más auténtico el amor que sentía hacia el P. Francis y Edith.

A finales de 1910, a Tolkien le fue concedida una beca para estudiar en la Exeter College, vinculada a la Universidad de Oxford. Como hogar de Tolkien durante sus años de universitario, siempre le impresionó la grandiosidad del campus. La formación académica era personal, donde los tutores hacían leer a cada estudiante muchos libros, sobre los que luego el alumno tenía pensar y discurrir, formar sus propias opiniones, sometiéndolas a examen crítico, y luego hacer sus propios ensayos. Esto hacía perder el miedo de hablar en público y ayudaba a desarrollar un espíritu crítico sobre los pareceres ajenos y propios. Fue durante estos años donde Tolkien fue decantándose más a favor de autores germánicos, que griegos y latinos. Y fue también allí donde descubrió el celta y el Kalevala finés, un conjunto de historias y mitos de los héroes de Finlandia.

Con el tiempo llegó a examinarse en Clásicas que en Oxford se llamaba Honour Moderations, donde sacó un alfa pura (matrícula de honor) en su asignatura favorita: Filología Comparada, donde sigue siendo una autoridad en esta disciplina. Se trasladó al Oxford English School, de exigente nivel académico, donde prosiguió sus estudios lingüísticos. Se familiarizó aquí con las sagas del noruego antiguo y la mitología islandesa, que también le sirvieron de inspiración para la creación de su propia mitología, aunque por ser la suya propia, con claro trasfondo cristiano. Los gustos literarios de Tolkien terminaban con Geoffrey Chaucer (s. XIV), pues siempre prefirió el tono heroico y arcaico del lenguaje en que estaban escritas las primeras obras de la literatura europea.

Al ir de vacaciones de verano a Cornualles, Tolkien quedó impresionado por la inmensidad del mar, los arrecifes y las montañas. Todos estos bellos paisajes, junto con sus imborrables recuerdos rurales de Sarehole, y también los aborrecibles recuerdos de la industria de Birmingham, le inspirarían para crear su propio mundo mítico y sus historias. Empezó a escribir versos, prosa y poemas. Estos comienzos fueron el origen de sus grandes obras literarias. Eduardo Segura, en su libro, J.R.R. Tolkien, el mago de las palabras, así lo describe: “En 1915, [ya en plena I Guerra Mundial] ya había desarrollado una lengua inspirada en el finés, e incluso había redactado poemas en ella. Comenzó a plantearse la necesidad de crear un conjunto de historias, conectadas unas con otras, que hiciesen creíble ese idioma. Siempre trabajaba como un filólogo; es decir: hacia atrás, tratando de averiguar cómo habían sido las palabras en el pasado, y cuál era el argumento que las unía y hacía coherentes a través de la historia”.

Al fin llegó el tiempo para casarse con el único amor de su vida, que felizmente tuvo lugar en la parroquia de Warwick el 22 de marzo de 1916. Pero Edith había sido una devota anglicana y eso era un obstáculo a superar, ya que Tolkien consideraba que la Reforma protestante, con su falta de coherencia y seriedad, había ridiculizado el cristianismo. Edith estaba indecisa con respecto a convertirse al catolicismo, pero al final se mostró favorable, aunque tardó su tiempo. Y al igual que pasó a la madre de Tolkien, también tuvo que sufrir disgustos por la incomprensión de este paso importante. Tolkien intentaba consolarla diciéndole que su madre había sido perseguida por vivir en la verdad, al igual que él, así que ella también lo sería. Los dos tenían una personalidad fuerte por lo que habrían de discutir con frecuencia acerca de cosas importantes, pero también aprendieron que el perdón mutuo era fruto de su amor.

Muy poco después de casarse, Tolkien tuvo que cumplir con su deber patriótico de servir en el ejército británico, destinado al frente francés: a Flandes y a defender el río Somme. La Gran Guerra, una de las más crueles en la historia, supuso una enorme convulsión del mundo de entonces. Un párrafo lúcido del ya citado Eduardo Segura resume muy certeramente la imborrable influencia de esta guerra en Tolkien, y por analogía, en los acontecimientos en El Señor de los Anillos:Es muy difícil explicar la impresión que una experiencia como la guerra… deja en el alma de cualquier persona… Tolkien era, además, un hombre muy sensible. Los horrores que vivió en las trincheras se imprimieron para siempre en su memoria. Pero no se convirtió en un irónico pesimista, ni en un cínico, y menos aún en un ser melancólico, como ocurrió con muchos de los supervivientes de aquel infierno. Tolkien no sobrevivió solamente la guerra, sino también el odio y la desesperación. En 1918, la vida, una vez más, seguiría su curso; y no habría lugar para la renuncia a seguir caminando, aun en medio del dolor y la pérdida”. De enormes bajas, tanto de ingleses y franceses como los enemigos alemanes, y de sus amigos de niñez, Tolkien perdió a todos menos uno en Flandes.

Los oficiales no agradaban especialmente a Tolkien, que prefirió estar con los soldados de-a-pie y los suboficiales. A éstos los veía como hombres particularmente leales, que hacían lo que debían porque consideraban que era su deber, no porque les gustase hacerlo. De estos hombres corrientes pero valientes, Tolkien aprendió mucho y se inspiró en ellos para forjar el carácter de los medianos hobbits: una gente que amaba el campo, apacible, sencilla, de escasa imaginación pero de mucho corazón, sentido común, valor y lealtad inquebrantable a la hora de la prueba. Tolkien escribió acerca de uno de los personajes clave de El Señor de los Anillos: “Mi Sam Gamyi es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron tan superiores a mí mismo”.

De sus recuerdos de pesadilla de la guerra, vemos claros indicios en la descripción de Mordor, la tierra del Señor Oscuro: las ciénagas de los muertos que Frodo, Sam y Gollum atraviesan al acercarse a las montañas ominosas del país de la Sombra, la tierra arrasada, quemada, los árboles mutilados y retorcidos, los rostros horribles de los cadáveres… son ecos del aire irrespirable de las trincheras de Flandes, llenas de cadáveres de jóvenes cuyos ojos inertes miraban al vacío. Tolkien cayó enfermo con la temible “fiebre de las trincheras”, por lo que fue evacuado en un barco hospital a Inglaterra. Cuando en noviembre de 1918 terminó “la guerra que había de acabar con las guerras,” al regresar Tolkien a Oxford, encontró que sólo unas 300 personas, de los 3000 residentes de la ciudad universitaria, habían sobrevivido a la Gran Guerra.

Pero el camino de la vida, como todas las grandes historias, sigue y sigue. Tolkien llegó a trabajar como “lector” de lengua inglesa en la Universidad de Leeds. Al matrimonio le fueron naciendo sucesivamente los cuatro hijos. Como buen padre, Tolkien dedicaba mucho tiempo a su esposa y a sus hijos, con quienes se mostró ser cariñoso. Como él era un profesor e investigador de gran capacidad, la Universidad de Leeds le nombró profesor de lengua inglesa en 1924. Y en 1925, llegó la oportunidad de incorporarse a la plaza vacante de profesor de anglosajón en la prestigiosa Universidad de Oxford. Como era el más joven de los aspirantes, y por tanto, con menos experiencia, y porque era, además, católico, parecía que tenía algunas desventajas, pero su competencia en la materia era incuestionable, y por fin consiguió ese puesto.

Con este paso, empezaba la época más estable para Tolkien, como profesor universitario y como buen padre de familia. Preparaba concienzudamente sus clases, ayudaba a sus hijos con sus deberes, hacía los recados que su esposa le pedía cuando iba y venía a la ciudad en bicicleta, se reunía con sus amigos, con profesores y tutores de la Universidad, escribía libros y cartas, y pensaba cada vez más intensamente en su creciente teoría literaria acerca del género de “mito,” o “cuento de hadas” y su capacidad creativa de comunicar la verdad. En 1926, conoció a Clive Staples Lewis (Jack), que sería un gran amigo personal suyo, pues ambos tenían inteligencias privilegiadas y compartían los mismos intereses literarios e inquietudes espirituales.

Tolkien, como católico absolutamente convencido, tuvo que topar con muchas corrientes de opinión en el ambiente universitario, pero él siempre siguió plenamente seguro de la verdad objetiva de la fe que había heredado de los Apóstoles, por medio de los sacrificios de su querida madre y la generosa dedicación del P. Francis. Como muy agudamente comenta Joseph Pearce, en su magnífico libro, Tolkien: Hombre y mito: “Para Tolkien, el catolicismo no era una opinión que uno suscribía, sino una realidad a la que uno se sometía. En pocas palabras y dejando de lado la seudosicología, Tolkien siguió siendo católico por la simple y terminantemente razón de que para él el catolicismo era verdad”.

Pues bien, gracias a sus encuentros amigables y con grupos universitarios de debate, en los que los asistentes compartían similares inquietudes intelectuales, literarias y espirituales, se llegó a formar el grupo de amigos Los Inklings, cuya definición en inglés medieval es “noción vaga, intuición, sospecha.” Desde 1933 hasta 1962, se reunieron Tolkien, Lewis, Owen Barfield (abogado de Londres), Hugo Dyson (profesor en Reading y en Oxford), Warnie Lewis (hermano de Jack), R.E. Havard (médico de Oxford que atendía a las familias de Tolkien y Lewis), Charles Williams (editor), y con el tiempo, también Christopher Tolkien. Eran encuentros informales entre amigos con muchas cosas en común: reuniones para conversar, debatir, compartir perspectivas religiosas, cantos, poesía y prosa, que hacía crecer la unión de corazones entre ellos.

Gracias a estos encuentros, y gracias al apostolado directo del propio Tolkien, Lewis con el tiempo pasó de su agnosticismo existencial a abrazar la fe cristiana, aunque no llegó a confesar la fe católica, se mantuvo en el anglicanismo en que había sido educado desde pequeño. Algunos le habían advertido que no se fiara de los papistas y los filólogos, cosa irónicamente curiosa, pues como diría Lewis acerca de su amistad: Tolkien era ambas cosas. Sus conversaciones con Tolkien acerca de la religión y el género literario de mito, como vehículo para reflejar la verdad, fueron los decisivos para su conversión al cristianismo. Al grupo de los Inklings, Lewis dedicó su autobiografía, en la que cuenta la historia de su propia conversión, y escogió como título: Cautivado por la Alegría. 

En gran parte, eso de estar “cautivado por la alegría” (expresión feliz donde las hay), se debe a la amistad personal con Tolkien, y también, gracias a El Señor de los Anillos…

 

El Señor de los Anillos

: La verdad cristiana detrás del mito de Tolkien

Tres anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Curiosamente, Tolkien en realidad no se consideraba un escritor católico, sino más bien un escritor que resultaba ser católico. Y asimismo El Señor de los Anillos no es una apología ni alegoría del cristianismo, ni de ninguna otra cosa, pero sí es aplicable a muchas realidades, y leído bien, puede hacer, paradójicamente, más por la evangelización. Ya estaba concluido El Señor de los Anillos, pero poco antes de su eventual publicación, en una carta que Tolkien recibió el 2 de diciembre de 1953, del P. Robert Murray, jesuita, nieto de Sir James Murray (fundador del Oxford English Dictionary), y amigo íntimo de su familia, Tolkien le respondió el mismo día. Estaba muy contento de que el P. Murray le había mencionado algunas observaciones e impresiones agudas acerca de lo que sería su obra magna. Entre otras cosas, al P. Murray le parecía que el personaje de Galadriel, la Reina de los Altos Elfos de Lothlórien, tenía ciertas semejanzas con la Santísima Virgen María, y la impresión general de que El Señor de los Anillos se mostraba particularmente compatible con la perspectiva teológica católica acerca del orden de la Gracia [de Dios].

En su carta de respuesta (Cartas nº 142), Tolkien reconoció: “’El Señor de los Anillos’ es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión”. Con respecto a la alusión a la Virgen María y la compatibilidad con el orden de la Gracia, dijo: “…me animó especialmente lo que tú has dicho… pues eres más perceptivo, especialmente en ciertas direcciones, que ningún otro, y aun a mí me has revelado con mayor claridad ciertos aspectos de mi obra. Creo que sé exactamente lo que quieres decir con el orden de la Gracia; y, por supuesto, con tus referencias a Nuestra Señora, sobre la cual se funda toda mi escasa percepción de la belleza tanto en majestad como en simplicidad”. Y luego, curiosamente, hace un comentario aparentemente paradójico, que resulta ser clave para comprender el alcance cristiano de su obra: “Ésa es la causa por la que no incluí, o he eliminado, toda referencia a nada que se parezca a la “religión”, ya sean cultos o prácticas, en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso queda absorbido en la historia y el simbolismo“.

Tolkien explica así su decisión porque quiere que su libro fuera ortodoxo desde el punto de vista de la teología natural, (muy apreciada y defendida por la Iglesia en numerosas intervenciones del magisterio papal y más sistemáticamente en el Concilio Vaticano I), por la cual se pueden aprehender las verdades sobre Dios y sobre el hombre (=antropología teológica) a partir de las cosas creadas —la naturaleza, el mundo, el mismo hombre— con el uso de la razón. No que la sola razón puede llegar a comprender mejor a Dios y a su creación —para ello es necesario el don de la fe, y aún así no agotamos el conocimiento divino— pero que la fe, no siendo racionalismo puro, sí es razonable. De ahí que la religiosidad en la obra de Tolkien es implícita, quedando absorbida en la narración histórica y en el simbolismo.

Esto da pie a otra referencia imprescindible para situar mejor nuestra comprensión de El Señor de los Anillos: es la de tener presente su contexto histórico, dentro de toda la obra mitológica de su autor. Necesariamente implica situarlo con referencia directa con El Silmarillion, obra de su vida, que acompañó a Tolkien durante unos 60 años, que nunca llegó a terminar, pero que su hijo, Christopher, llegara a recopilar diversos escritos para darle forma coherente para su publicación después de la muerte de su padre. Mucho más claramente que en El Señor de los Anillos, hay muchas referencias explícitamente religiosas, con perspectiva cristiana, en El Silmarillion.

Una opinión bastante difundida sobre el trasfondo de la supuesta lucha entre el Bien y el Mal, sin más, en El Señor de los Anillos, no hace justicia al tema realmente de fondo de la obra de nuestro autor. En cierta ocasión, escribió (Cartas nº 186 borrador): “No creo que ni siquiera el Poder o el Dominio sean el verdadero centro de mi historia… El verdadero tema para mí se centra en algo mucho más permanente y difícil: la Muerte y la Inmortalidad; el misterio de amor por el mundo en los corazones de una raza «condenada» a partir y aparentemente a perderlo [los Hombres Mortales]; la angustia en los corazones de una raza “condenada” a no partir en tanto su entera historia no se haya completado [los Elfos Inmortales]”.

Aunque sea una pincelada, me veo obligado a hacer algunas alusiones básicas a El Silmarillion para mejor contextualizar los personajes y acontecimientos posteriores en El Señor de los Anillos. El Silmarillion relata, con gran fuerza y belleza, las historias de la Primera y Segunda Edad, la creación de la tierra en el principio, por parte del Dios Único, cuyo nombre en lengua élfica —Ilúvatar— significa “Padre de todos”. Dios creó de la nada a los Ainur, los Sagrados, vástagos de su pensamiento —o sea, los ángeles bíblicos o los dioses paganos—, y les propuso temas de música para que cantasen bellezas en armonía, y así tomar parte en la creación de la Tierra. Cantaron ante él y sus voces eran como arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos; y Dios se complació, porque eran buenos y hermosos los seres espirituales que había creado. Al comienzo de la música, cada Ainur cantaba solo mientras los demás escuchaban, pues cada Ainur comprendía sólo la parte de la música que le correspondía, “y eran lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía”. Se me antoja una sugerente descripción de lo que es la Iglesia; en todo caso, la segunda parte es una bella descripción de lo que de hecho es la Iglesia celestial…

Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio. Entonces les dijo Ilúvatar: –Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música…” Pues bien, los bellos temas musicales llegaron a ser dulces y sobrecogedores, hasta crear los seres “a imagen y semejanza” de Dios-Ilúvatar, sobre la Tierra: los Hijos Mayores serían los Elfos Inmortales (aunque eso de “inmortales” habrá que matizar), la raza más hermosa y noble de todas, los Hijos Menores sería la raza de los Hombres Mortales y los emparentados Hobbits, mientras que los Enanos fueron creados después.

Pero, así como ocurrió con la creación real de nuestro mundo, tal como la Tradición cristiana lo recoge, uno de los ángeles, llamado Melkor, luego Morgoth, se rebeló, por su orgullo y soberbia, contra la armonía celestial y terrena, y a propósito, desafinó en el canto de los Ainur. Eso hizo que la creación salida “buena” de la mano de Dios, se estropeara, pues ya no había armonía musical, ni por tanto armonía en la obra de la creación, según la voluntad de Ilúvatar. Por instigación, Morgoth sembró desconcierto y miedo a la muerte a los Hombres Mortales, haciéndoles sentir envidia de los Elfos Inmortales. Aquí podemos ver un claro eco de un pasaje altamente significativo de la carta a los Hebreos (2, 14-15): “Porque así como los hijos comparten la sangre y la carne, también él [Cristo] participó de ellas, para destruir con la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar así a todos los que con miedo a la muerte estaban toda su vida sujetos a la esclavitud”.

La diferencia (antropológica) entre la inmortalidad de los Elfos y la mortalidad de los Hombres, ambos creados a imagen y semejanza de Dios-Ilúvatar, desempeña un papel crucial en el desarrollo de los acontecimientos, tanto en El Silmarillion como en El Señor de los Anillos. Estamos ante el tema estrella de la mitología de Tolkien: el paso del tiempo y la eternidad; la vida y la evasión de la muerte. Pero hemos de entender que la inmortalidad de los Elfos es, en realidad, una especie de longevidad; con fin del tiempo y del mundo, también los Elfos morirían y Dios no les ha revelado aún lo que será de ellos después. Mientras que la mortalidad de los Hombres es más fácil de comprender ¡porque esto nos atañe a nosotros también! El Hombre es un ser mortal por naturaleza, pero en el origen de la creación, como leemos en el libro del Génesis, la muerte no era castigo antes de la Caída de Adán y Eva bajo el engaño del Maligno, sino un divino don (sería como un dormirse en el Señor, una especie de “asunción”, como en el caso singular de la Virgen María) para unirse a Dios más plenamente en un estado de gloria, en un destino más allá de los confines del mundo. La teología cristiana, especialmente de los Padres Orientales, lo llama la “divinización del hombre.” Pero Dios, en la mitología deliberadamente pre-cristiana de Tolkien, aún no se ha revelado en plenitud con la Encarnación y Resurrección de su Hijo Jesucristo.

En resumen (y simplificando): Morgoth, en ángel caído, tuerce los designios de Dios-Ilúvatar e incita, poniendo duda en el corazón de los Elfos y los Hombres, para que se rebelen y rechacen la naturaleza dada a ellos por Dios-Ilúvatar. Luego, mientras los Hombres “mortales” buscan evadir la muerte antes del fin del mundo creado, los Elfos “inmortales” buscan evadir su longevidad, ya que el fin del mundo creado también sería para ellos la muerte. La malicia de Morgoth, y luego la de un siervo de éste, otro ángel caído, Sauron, el que llegará a ser el Señor de los Anillos de Poder, consiste en arrojar una sombra de duda sobre el amor y la providencia de Dios, con engaño muy sutil y astuto, confundiendo luz con tiniebla, haciendo brotar el mal del bien, y en poner miedo donde tendría que haber esperanza en los designios del Creador, aunque éstos no han sido aún plenamente revelados.

Como podemos ver muy fácilmente, los parecidos con los relatos de la creación y la caída en el libro del Génesis, son evidentes. Y esto es así porque el Dios de la Tierra Media y el Dios revelado en el tiempo por Cristo, es el mismo Dios que adoraba Tolkien como católico. Así como la Palabra de Dios [Jesucristo en persona] es artífice de la Creación —”en Cristo fueron creadas todas las cosas” (Col 1, 16)— y luego inspiró a los autores sagrados para consignarlo en las Sagradas Escrituras, Tolkien se ve como un escritor (hagiógrafo) que narra el mito de la Creación real en un relato alternativo, en su mundo subcreado. El mito, pues, según Tolkien, lejos de ser mera fantasía banal, lejos de ser mentira, lejos de ser abandono del hogar y huida de la realidad, es, por el contrario, fantasía muy real, relato para comunicar las eternas verdades de la naturaleza humana (desde el punto de vista cristiano), un deseo de encontrar nuestro hogar, descubriendo lo universal, y es una “escapatoria”, una incursión—no excursión—al corazón mismo de la realidad. Tras escribir El Señor de los Anillos, el propio Tolkien confesó en una carta muy iluminadora (Cartas nº 131): “…tuve siempre la sensación de registrar algo que siempre estuvo allí, en alguna parte [en su mente y corazón creyentes]; jamás la de inventar… Esta historia crecía a medida que escribía”. Se me ocurre pensar que la “inspiración” de Tolkien es algo así como la inspiración de los Santos Padres al componer hermosos textos litúrgicos, plasmando la experiencia cristiana en lenguaje poético-celebrativo…

Pues bien, siguiendo paralelamente el relato del Génesis, la raza de los Hombres Mortales, los Númenóreanos—haciendo caso a los engaños de Sauron, empezaron a envidiar a los Elfos Inmortales: “¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar (Altos Elfos) o aun al último de los Inmortales? Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía, y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante. Pero también nosotros amamos la Tierra y no quisiéramos perderla”. Sauron sedujo a muchos de los Hombres Mortales a desobedecer a Dios y a querer conquistar el Reino Bendecido de los Elfos, llamado Valinor, ¡pues así no morirían para siempre! Pero también sedujo a muchos Elfos a despreciar su longevidad y desear una suerte de paraíso terrenal que estuviera libre del paso del tiempo y su eventual muerte. El dilema de los Hombres y los Elfos es, en el fondo, el de Adán y Eva: comer del árbol prohibido y no morir nunca, vivir como “dioses” en el conocimiento del Bien y del Mal. Es decir, ¿por qué Adán y Eva [o los Hombres y los Elfos] habrían de desear, teniendo en cuenta todos los dones que Dios les había dado por amor, querer ellos mismos ser un dios? ¿O por qué Satanás [o Morgoth o Sauron] habría querido ocupar el lugar que sólo corresponde a Dios [Ilúvatar)? Tolkien da por hecho, fuera de escena, un mundo caído en “pecado original” en su universo subcreado, cuya Redención por Cristo está en el lejano futuro.

Llegados a este momento podemos adentrarnos con mejor preparación en El Señor de los Anillos. La forja de los Grandes Anillos de Poder tuvo lugar en la Segunda Edad de la Tierra Media. Fueron forjados por los herreros Elfos de Eregion, bajo los consejos astutos de Sauron, disfrazado como “hermoso ángel de luz.” La finalidad de su fabricación era con el propósito de distribuir a los reyes de los Elfos, los Hombres y a los Señores Enanos, anillos que les ayudaran a gobernar mejor a sus pueblos, a mantener hermosa la Tierra Media, y a detener el paso del tiempo y prevenir la muerte.

Tres anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras…

Pero en secreto, Sauron forjó un Anillo Regente, el Anillo Único, depositario de gran parte de su ser y malicia, que le serviría para someter a los pueblos libres de la Tierra Media, controlando las mentes de los demás portadores de los anillos de poder. Los tres Reyes Elfos fueron los más astutos y descubrieron los malvados intentos de Sauron de someterlos a su maldad, se quitaron sus tres anillos que nunca pervirtió Sauron, pero que para siempre estarían ligados al poder del Anillo Único. Los siete Señores Enanos se mostraron bastante difíciles de someter, pues su interés era las minas y las riquezas minerales, aunque Sauron llegó a aprovechar su codicia. Mucho más fácil resultó someter a los nueve grandes Reyes de los Hombres. Éstos, independientemente de la buena o mala voluntad que cada uno poseía, al aceptar ponerse sus anillos de poder, fueron con el tiempo engañados terriblemente. Se volvieron invisibles, salvo el manto negro que los cubría, seres corrompidos, ni vivos ni muertos, cuyas “vidas” alargadas hacía que clamaban con las voces de la muerte: se convirtieron en los más temibles siervos de Sauron, los Espectros del Anillo, o los Nâzgul.

Desde la fe católica, desde el punto de vista antropológico, podemos ver en los Espectros del Anillo un terrible reflejo de los bautizados en Cristo —pues por el Bautismo somos Sacerdotes, Profetas y Reyes— viviendo bajo la esclavitud del pecado, bajo la tiranía mentirosa del Maligno Tentador. El Anillo es símbolo de orgullo y poder. Representa todo lo que nos arrastra al reino de tinieblas del Señor Oscuro [el Diablo], tentándonos a ser como él en su rechazo a los planes de Dios sobre nuestra vida. La forma circular del anillo es la voluntad egoísta cerrada sobre sí misma. Su centro vacío, por donde metemos el dedo, sugiere el vacío interior al que nos disponemos cuando nos sometemos a su esclavitud. La invisibilidad que envuelve al portador, corta con las relaciones normales con quienes nos rodean, nos aísla de los demás, creando una imagen falsa del propio “Yo”, despreciando cualquier otro “Tú”. Si el Anillo significa todo esto, renunciar a su seducción es imposible para nosotros, pero para Dios, nada hay imposible, como Tolkien bien comprendió. Por nuestras solas fuerzas, nosotros no podemos nada; necesitamos lo que en teología católica es la ayuda de la gracia de Dios. El “yo” no puede despegarse de su “yo”. A buen seguro Tolkien se inspiró en la teología de la gracia que encontramos en la carta a los Romanos del Apóstol Pablo (7, 18-19): “Porque el querer hacer el bien está en mí, pero el hacerlo no”, y la visión de la gracia que tiene San Agustín, un gran Santo Padre de la Iglesia. Nuestra Búsqueda, o Misión, en clave cristiana, consiste en resistir las tentaciones del Anillo del Señor Oscuro, librarnos de nuestro egoísmo, y en última instancia, consiste en recorrer el camino pascual de Cristo, que es, ni más ni menos, fidelidad a nuestra vocación bautismal: bajarnos de nuestra soberbia y autosuficiencia, y con humildad, dar la vida por los que amamos (que han de ser todos), y santificarnos, aceptando la cruz del sacrificio que supone amar de verdad.

El Señor Oscuro quiere tentarnos a que pongamos un anillo de poder que él nos da, aislándonos de Dios y de los demás, dándonos la ilusión de que vivir en el pecado es “vivir a tope”, y lo que nos hará felices, pero que en realidad, nos esclaviza y engendra la muerte. Que distinto, ¿verdad?, la parábola del hijo pródigo del Evangelio de San Lucas, que nos presenta la figura entrañable del Padre aguardando nuestra vuelta a su casa. También al hijo que regresa a su seno, se le ofrece un anillo, pero no anillo de esclavo que nos aísla en nuestro egoísmo, sino un anillo de hijo amado, que nos devuelve a la comunidad de los redimidos, a la Comunión de los Santos, a la Iglesia terrena que peregrina en el tiempo, hacia la Iglesia celestial…

Pues bien, al final de la Segunda Edad, una última alianza de Hombres y Elfos derrota los ejércitos del Señor Oscuro, frente al Monte del Destino, en la frontera de Mordor. El hijo del Rey de Gondor, Isildur, con la

espada quebrada de su padre el Rey, corta la mano del Señor Oscuro, arrebatándole el Anillo Único. Pero en vez de destruirlo, arrojándolo en el abismo del Monte del Destino donde fue forjado, reclama el Anillo para sí. Al comienzo de la Tercera Edad, es atacado por las huestes de Sauron, intenta escapar nadando por el Gran Río Anduin, donde el Anillo le traiciona, deslizándose de su dedo, haciéndolo visible otra vez, donde es abatido por flechas.El Anillo es perdido durante siglos… Es encontrado por dos amigos que estaban pescando un buen día. Éstos eran Déagol y Sméagol. Lo encontró Déagol, pero pronto el Anillo ejerció su influencia malvada, provocando la codicia de Sméagol que acaba asesinando a su amigo. Sméagol coge el Anillo y durante siglos es atormentado y corrompido, donde el Anillo envenena su mente y corazón. Pierde el gusto por todo lo hermoso: la inocencia, el amor, la caricia de la brisa, el disfrutar del sol y de los árboles, el sabor del pan; pierde hasta su propio nombre, pierde su identidad, pues la naturaleza del mal es la perversión del bien. Mientras el mal aísla, despersonaliza y destruye, el Señor en el Evangelio se preocupa por las personas, las sana y las reconcilia. La influencia malvada del Anillo encierra y devora al pobre Sméagol en su más absoluta desolación egoísta. La 1 ª carta de San Pedro (5, 8-9) ya nos lo advierte: “Sed sobrios, estad despiertos: vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar; resistidle, firmes en la fe”. Pero también el Anillo traiciona a Sméagol, separándose de él, pues busca regresar al Señor Oscuro pero, por designio de la Providencia, es encontrado por Bilbo Bolsón, habitante de la Comarca…
***

La Comunidad del Anillo, la primera parte del libro, cuenta cómo Gandalf el Gris, el Sabio Mago, descubre que el anillo que encontró Bilbo era en realidad el Anillo Único, que controla a los demás Anillos de Poder forjados en la Segunda Edad. Puesto que Bilbo celebraba su cumpleaños centésimo decimoprimero, y que quería ya marchar de la Comarca para vivir con los Elfos en Rivendel (pues ya estaba muy cansado, “como un trocito de mantequilla extendido sobre demasiado pan”), deja su casa de Bolsón Cerrado y todas sus posesiones a su sobrino, Frodo Bolsón, y Gandalf a duras penas tuvo que convencerle de dejar también el anillo encontrado.

Gandalf le cuenta a Frodo cómo el Anillo llegó a encontrarlo su tío Bilbo, y cómo teniendo la oportunidad de matar a Sméagol/Gollum, en unos momentos de apuro para escapar de él, le invade un sentimiento de piedad y compasión por aquella miserable criatura. Y cómo luego el pobre Gollum llegó a ser capturado y torturado por Sauron en Mordor, y cómo fue que el Señor Oscuro supo que el Anillo fuera encontrado y quién lo poseía y dónde se hallaba ahora: en posesión de un tal Bolsón en la Comarca. Frodo le responde diciendo que ojalá nada de esto le ocurriera en su tiempo, a lo que Gandalf le responde que a nosotros no nos toca decidir los tiempos, sino a decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado (por Dios). Cuando Frodo dice que fue una lástima que Bilbo no acabara con Gollum cuando tuvo la ocasión, Gandalf le contesta que, efectivamente, fue por lástima y misericordia: que no deberíamos ser ligeros en nuestros juicios a dispensar la muerte, que hasta el mas perdido tiene esperanza de curación, y que su corazón le dice que Gollum todavía tenía un papel que jugar en todo esto, para bien o para mal, ya que ni el más sabio puede saber el desenlace.

Gandalf además le dice a Frodo que hubo otra fuerza, aparte de la voluntad del Mal, ejerciendo su influencia, por lo que Bilbo estaba destinado a encontrar el Anillo —que intentaba regresar a Sauron— y que por tanto también Frodo estaba destinado a tenerlo: y que esto era un pensamiento muy alentador… Son clarísimas referencias a la Providencia, que actúa en los acontecimientos del mundo. Insta a Frodo a que huya de la tranquilidad de la Comarca, y junto con algunos compañeros, emprenden su viaje hacia la aldea de Bree. Toman algunas decisiones equívocas acerca de la ruta a tomar, y, a consecuencia de ello, corren peligros, pero son ayudados inesperadamente por varios personajes, reflejo de la Providencia que les guía. Pero Frodo es alcanzado por la maligna

espada del Señor de los Espectros y sus compañeros son perseguidos por los terribles Jinetes Negros. Gracias a la ayuda de un Montaraz del Norte—Trancos o Aragorn—y Glorfindel, un Elfo que se les ha aparecido para ayudar, logran cruzar las aguas del río élfico Bruinen, que son invocadas y se levantan para cortar el paso a los Espectros. Esas aguas como símbolo de Israel en su paso del Mar Rojo, huyendo de los egipcios, y también las aguas bautismales, o sencillamente agua bendita, que nos protege de los enemigos. Llegan, pues, no sin mucho peligro, a la seguridad de la Casa del Señor Elrond, noble Medio-Elfo, en Rivendel. Allí Elrond convoca un gran concilio donde se decide que Anillo Único debe ser destruido, y Frodo acepta la carga de ser su portador, que le resultará cada vez más pesada. El Anillo sólo puede ser destruido en la Montaña de Fuego, el Monte del Destino en Mordor, donde fue forjado. Para ayudarle en su Misión, se ofrecen ocho compañeros que forman la Comunidad del Anillo: Aragorn, que se revela como el heredero de Isildur del Reino de Gondor, Boromir, hijo del Senescal de Gondor, en representación de los Hombres; Legolas, hijo del regio elfo del Reino del Bosque, en representación de los Elfos; Gimli, hijo de Glóin de la Montaña Solitaria, en representación de los Enanos; Frodo, con su sirviente, Sam, y sus dos primos, Merry y Pippin, en representación de los Hobbits, y Gandalf el Gris. La Comunidad del Anillo viene a ser una representación de la universalidad del peligro que afecta a toda raza, pueblo, lengua y nación, y la comunión en la misión.La Comunidad emprende el viaje en secreto desde Rivendel en el norte, hasta que una feroz tormenta de nieve les prohíbe cruzar el alto paso de las montañas nevadas de Caradhras. Fueron conducidos entonces por Gandalf a través la puerta escondida y entraron las vastas minas de Moria, reino de los Enanos, intentando atravesar las montañas por dentro. Pero allí descubren con horror la masacre de los Enanos, y son atacados por huestes de orcos (antiguamente Elfos que fueron capturados, torturados y pervertidos, pues el Mal no puede crear, sólo pervertir). Gandalf, luchando contra un Balrog, antiguo demonio de la Primera Edad, entrega su vida para que la Comunidad pueda escapar por el puente de Khazad-Dûm, se sacrifica, dando su vida por sus amigos y por la Misión, cayendo con el Balrog en un abismo oscuro. “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Al salir del peligro, la Comunidad llora la (aparente) “pérdida irrecuperable” de Gandalf, y Aragorn advierte que la Misión tiene que seguir aún sin esperanza…

La Comunidad atraviesa el Bosque Dorado élfico de Lothlórien, donde se encuentra con la Dama Galadriel, custodia de uno de los tres anillos dados a los Elfos. Y aquí “Frodo se quedó de pie, todavía maravillado. Tenía la impresión de haber pasado por una alta ventana que daba a un mundo desaparecido. Brillaba allí una luz para la cual no había palabra en lengua de los Hobbits. Todo lo que veía tenía una hermosa forma, pero todas las formas parecían a la vez claramente delineadas, como si hubiesen sido concebidas y dibujadas cuando le descubrieron los ojos, y antiguas como si hubiesen durado siempre. No veía otros colores que los conocidos, amarillo y blanco y azul y verde, pero eran frescos e intensos, como si los percibiera ahora por primera vez y les diera nombres nuevos y maravillosos. En un invierno así ningún corazón hubiese podido llorar el verano o la primavera. En todo lo que crecía en aquella tierra no se veían manchas ni enfermedades ni deformidades. En el país de Lórien, no había defectos”. Lórien es un “santuario” hermoso en medio de un mundo que cambia donde no sólo no hay maldad, sino que el tiempo mismo parece haberse detenido. Es como si el jardín en que se encuentra Frodo fuese el jardín del Edén antes de la Caída, y Frodo es como Adán contemplando el esplendor de la creación con el poder de dar nombre a las criaturas, como leemos en el Génesis (2, 19): “Y lo que el hombre la llamaba, a cada criatura viviente, ése era su nombre”. Aquí podemos ver una nostalgia de volver al Paraíso Primordial…

La Dama Galadriel invita a que Frodo y Sam miraran en su Espejo (una hermosa fuente de agua cristalina en su jardín), para ver las cosas que fueron, las cosas que son, y las cosas que aún no han pasado, dependiendo de cómo cada personaje afronta sus decisiones libres. Frodo le pregunta qué verá y Galadriel le contesta que ni el más sabio podría decírselo. Concuerdo con Eduardo Segura que probablemente la mejor manera de asomarse a El Señor de los Anillos es mirar el Espejo de Galadriel: a saber lo que cada cual descubre en el fondo de su propio corazón… Galadriel asegura a los compañeros que siempre hay esperanza, aunque parece que no la hay, siempre y cuando la Comunidad permanece fiel a la Misión. Les da regalos maravillosos que luego serían de gran provecho. Caben destacar las capas élficas para ocultar a la compañía de ojos enemigos y sobre todo las lembas, o “pan (élfico) del camino” o “pan de la vida” —una clarísima alusión a la sacramentalidad del Pan eucarístico— pues “tenía una potencia que se acrecentaba a medida que los viajeros dependían sólo de él para sobrevivir, y lo comían sin mezclarlo con otros alimentos. Nutría la voluntad, y daba fuerza y resistencia”. Llegado el momento de partir, Galadriel despide a la Comunidad con una poesía teñida de nostalgia: Namárië [Adiós]… el eco de lamento del pasado milenario de toda una raza hermosa y noble obligada a abandonar el mundo que ama a favor de los próximos guardianes, los Hombres. Es la convicción de que una época del mundo está a punto de concluir para siempre, y tal vez caer en el olvido; en todo caso, se trata de una pérdida irrecuperable, un adiós a la Tierra Media: “¡Ay! ¡Como el oro caen las hojas en el viento! E innumerables como las alas de los árboles son los años. Los años han pasado como sorbos rápidos… ¡Adiós! Quizás encuentres a Valimar (Valinor). Quizá tú lo encuentres. ¡Adiós!” Podemos ver un reflejo del salmo 89, cuando pedimos a Dios: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”. Los tres anillos élficos, que han sido utilizados para sanar, para hacer y conservar cosas hermosas en la Tierra Media, y para detener el paso del tiempo y la eventual muerte, están ligados al Anillo Único: si Sauron recuperase su Anillo, (que sería con mucho lo peor), la Tierra Media se cubriría de una espantosa oscuridad y tiranía diabólica, y los Elfos también serían esclavizados; pero, por el contrario, si el Anillo fuera destruido (la única opción deseable, desde luego), también los tres anillos élficos perderían su noble poder. En este punto de la historia, hay de verdad, escasos motivos para la esperanza en un feliz desenlace del destino del Anillo. Pero en cualquier caso, no hay “victoria” sin sacrifico y “pérdida”… La Compañía viaja hacia el sur en barcas navegando por el gran río Anduin, donde son atacados por huestes de orcos. Por su buen y noble deseo de defender a su pueblo de Gondor, Boromir, seducido por el poder del Anillo, intenta arrebatárselo de Frodo, que pone el Anillo, haciéndose invisible, y escapa. Se da cuenta de que su presencia representa un peligro para el resto y decide irse solo a Mordor. Al final es alcanzado por su fiel amigo Sam. ¡No, Sam, le dice Frodo, me voy a Mordor solo! ¡Naturalmente que sí, Señor Frodo!, y yo le acompañaré…

Las Dos Torres, la segunda parte del libro, comienza con la Compañía separada y con Frodo y Sam huyendo en dirección a Mordor. Mientras los demás les persiguen, los orcos atacan y matan a un arrepentido Boromir. Su pecado de desesperación ha supuesto la muerte de Boromir —el pecado siempre engendra la muerte— pero su arrepentimiento y confesión le supone la redención. Clara alusión a la necesidad de arrepentimiento de cara a nuestra propia salvación. A continuación, una segunda banda de orcos captura a Merry y Pippin. Estos orcos son servidores de la Mano Blanca, es decir, de Saruman el Mago corrupto, compañero de Gandalf. Se llevan a los dos pequeños hobbits hacia el oeste a través de las tierras del Rohan, en dirección a la torre de su amo en Orthanc en Isengard. Allí espera Saruman, con el deseo de conseguir el Anillo Único para sí mismo, a pesar de ser un títere de Sauron, con quien se ha aliado.

El grupo de los orcos llega a los lindes del antiquísimo Bosque de Fangorn a medio camino entre el gran río Anduin e Isengard, antes de ser rodeados por los atentos Jinetes de Rohan. Liderados por su Mariscal Éomer, los Jinetes masacran a los orcos. Merry y Pippin escapan de la batalla y se refugian en el antiguo bosque. Allí conocen a Bárbol el Ent, el enorme pastor andante de árboles. Se puede contemplar al curioso personaje de Bárbol, con sus ojos profundos, sabios y serenos, la criatura más antigua de la Tierra Media, como un reflejo del valor inmenso que Tolkien da a la creación, una veneración por su belleza, y a todos los valores de una sociedad que hunde sus raíces en la Tradición católica. Ante la destrucción inmisericorde de los bosques por parte de los orcos de Saruman, que Bárbol lamenta tiene “mente de metal”, pues ha perdido su gusto por cultivar las “cosas que crecen”, convoca una cámara-Ent (reunión), movilizándolos para luchar contra Saruman y parten hacia Isengard.

Tras haber perseguido a los orcos de Saruman, Aragorn, Legolas y Gimli se encuentran con la compañía de Éomer poco después del ataque a los orcos por los jinetes de aquél. En su diálogo acerca de los tiempos nefastos que les toca vivir, Éomer hace una pregunta reflexiva: “¿Cómo encontrar el camino recto en semejante época?” Una pregunta siempre actual para el cristiano de todos los tiempos. Aragorn le da, y nos da, una respuesta acertada, válida en todo tiempo y lugar: “Como siempre. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tiene un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa”. A lo que Éomer, comprendiendo el alcance de la respuesta, a su vez contesta: “Muy cierto. No dudo de ti, ni de lo que me dice el corazón”. Éomer los provee de caballos y Aragorn, Legolas y Gimli parten hacia el Bosque de Fangorn. Pero su búsqueda de los hobbits es inútil; sin embargo se encuentran con alguien a quien no esperaban: Gandalf reaparece vestido de un blanco deslumbrador, con un cuerpo “transfigurado”, pues ha regresado de la muerte para ayudar a completar la Misión.

Con él, van a Rohan al Castillo Dorado de Théoden, Rey de Rohan, en Édoras, donde Gandalf sana al prematuramente envejecido Rey, rescatándole del hechizo de Lengua de Serpiente, su consejero, aliado secreto de Saruman. Recuperado Théoden, hace una “composición de lugar”, y lamenta diciendo: “¡Ay! Que estos días aciagos sean para mí y que me llegan ahora en la vejez, en lugar de la paz que creía merecer… Los jóvenes mueren mientras los viejos se agostan lentamente” (porque ha perdido en batalla a su único heredero, Théodred, y se enteró de la muerte del joven Boromir). Y también: “…tendría que entristecerme porque cualquiera que sea la suerte que la guerra nos depare, ¿no es posible que al fin muchas bellezas y maravillas de la Tierra Media desaparezcan para siempre?” Gandalf le responde, consolándole: “Es posible. El mal que ha causado Sauron jamás será reparado por completo, ni borrado como si nunca hubiese existido. Pero el destino nos ha traído días como éstos. [No os faltan aliados, Théoden aunque ignoréis que existan.] ¡Continuemos nuestra marcha!” Hace referencia al realismo del “misterio de la iniquidad” de la que habla San Pablo. Con el Rey salvado y rejuvenecido, cabalgan con él y su pueblo, a la fortaleza del Abismo de Helm, para librar una desesperada victoria al amanecer sobre las hordas de Saruman. Aragorn había dicho: “…el amanecer es siempre una esperanza para el hombre… nadie sabe qué habrá de traer el nuevo día”. Gandalf los guía a Isengard, y encuentran la Torre de Orthanc y sus tierras devastadas por el ataque de los Ents. La naturaleza, harta de soportar lo que la moderna industrialización y mecanización le hace, rebelándose ante su destrucción por parte de quienes desprecian la vida, las “cosas que crecen”. Saruman y Lengua de Serpiente quedan atrapados en la torre. Gandalf exhorta Saruman al arrepentimiento, pero éste rechaza la ocasión, e intenta con su voz, hechizar a Théoden. La “voz de Saruman” representa todas aquellas voces que, a lo largo de la historia, han seducido a las grandes masas, haciéndoles creer mentiras por verdades, cuyo ejemplo más notorio fue el de Hitler.

En relato paralelo, Frodo y Sam continúan su viaje casi desesperado hacia Mordor. El esquizofrénico Sméagol/Gollum les sigue, ansioso de recuperar el Anillo, su “Tesoro.” El Señor en el Evangelio nos advierte que lo que para nosotros es un tesoro, allí ponemos nuestro corazón. Conviene, pues, educar bien el corazón, para escoger bien nuestro tesoro… El peso del Anillo, cargar con su malicia, es cada vez más abrumador para su Portador. A Frodo, que ve a Gollum por primera vez, le inspira el mismo sentimiento de piedad y lástima, que inspirara a su tío Bilbo años atrás, por esa miserable criatura devorada por el Anillo. Finalmente es domado y acepta actuar de guía, donde Frodo se fía bastante más de él que Sam. Llegados a la Puerta Negra de Mordor, Gollum aconseja tomar otra ruta, más segura, aunque más secreta, para entrar en el país negro. Cruzan las hermosas tierras de Ithilien, cuyas descripciones son maravillosas, territorio disputado entre Mordor y Gondor, pero aún no deformado por el mal de Sauron. Allí topan con Faramir, hermano del fallecido Boromir, que resiste la tentación de coger el Anillo, dejándolos atravesar Ithilien, pero advirtiéndoles que Gollum no es de fiar, pues quiere llevarlos por el camino de Cirith Ungol, un camino de peligro mortal del que Gollum ha dicho menos de lo que sabe.

Mientras van de camino, y toman turnos para dormir, en una ocasión Sam se descuida, dejando que Frodo duerma plácidamente en su regazo. Gollum, que había ido en busca de comida, los ve y se acerca, y suavemente acaricia a Frodo. Por unos momentos, los recuerdos de su anterior vida como hobbit, antes del trágico hallazgo del Anillo, le hacen estar al borde del arrepentimiento. Es una escena particularmente entrañable, por los gestos y las miradas silenciosas Por desgracia Sam es despertado, y, desconfiado, asusta a Gollum, que vuelve a su actual estado desolador. Hay una plegaria eucarística (Plegaria V/B) que refleja de alguna manera esta escena: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado”. Pasan por la ciudad fantasmal de Minas Morgul, donde el Señor de los Espectros del Anillo, montado ya no en corcel, sino en una negra bestia alada, capitanea las hordas de Sauron, para su inminente asalto a la ciudad de Minas Tirith, ciudad principal del Reino de Gondor. Ante la aparición ominosa del Señor de los Nâzgul, Frodo siente la tentación de ponerse el Anillo, que le descubriría al Espectro, pero dirige su mano hacia el frasco de la luz de la estrella de Ëarendil, dado a él por Galadriel, y resiste. Y esto para infundirnos ánimo a que nos agarremos a las mediaciones de gracia que Dios nos da, por medio de sus signos de salvación, que son los sacramentos, y también, a que seamos muy propensos a acudir a la Virgen María para pedir su intercesión.

Por fin Gollum los lleva por una escalera montañosa muy sinuosa hasta la entrada de un largo y ominoso túnel. Allí dentro traiciona a Frodo y Sam, dejándoles a merced de la terrible Ella-Laraña, una gigantesca araña, que alcanza picar a Frodo, pero que es herida en una terrible lucha con el valiente Sam. Éste, enfadado por la traición de Gollum, abraza desconsoladoramente a su querido amo, creyendo que está muerto, y opta, después de pesar las decisiones tan difíciles a tomar, por continuar la imposible Misión solo, por puro amor a Frodo. Éste es uno de los grandes momentos para destacar la inquebrantable y conmovedora lealtad de amistad que Sam siente por su amo. Le quita el Anillo de la cadena que cuelga sobre el cuello de Frodo, y se aparta pues oye los ruidos de una tropa de orcos que patrullan la zona. Escondido, oye los comentarios de los orcos de que Frodo no está muerto, sino sólo envenenado, y después lo llevan como prisionero a la Torre de Cirith Ungol. Sam se dice a sí mismo una frase muy iluminadora: “Imbécil, no está muerto, y tu corazón lo sabía. No confíes de tu cabeza, Samsagaz, no es lo mejor que tienes. Lo que pasa contigo es que nunca tuviste en realidad ninguna esperanza. Y ahora, ¿qué te queda por hacer?” Muy destacable este pensamiento, pues nos alecciona a que no formemos una decisión resueltamente, ni nos dejemos fácilmente engañar, por las meras apariencias: que a veces las cosas no son en realidad como parecen; no hemos de ser superficiales en nuestra estimación de las posibilidades, a pesar de lo que nos parecen, porque es una equivocación vivir sin esperanza. Siempre hay esperanza, porque siempre hay posibilidades, aunque desconocidas para nosotros, ya que la Providencia de Dios cuida de nosotros.

El Retorno del Rey, tercera parte del libro, abre con Gandalf y Pippin a galope tendido a Minas Tirith, ciudad principal del Reino de Gondor, para avisar del ataque inminente de las fuerzas del Señor Oscuro. Denethor II, el padre de Boromir y Faramir, es el Senescal de Gondor, y está destrozado por haber tenido las noticias nefastas de la muerte de su querido Boromir, a quien prefería sobre su hijo menor, Faramir. Es que lo había enviado al Concilio de Elrond para averiguar acerca del Anillo Único que supuestamente había sido encontrado, pues quería llevárselo a Minas Tirith, para alejar el Anillo de Sauron. Denethor, siendo un hombre noble pero orgulloso, cae en el fatal error de querer combatir al Señor Oscuro con sus mismas armas. Este error hizo que Boromir cayera en la misma trampa. Hay una pugna entre Gandalf y Denethor, que tiene unas resonancias en la pugna histórica entre Iglesia y Estado; a saber, a Denethor sólo le preocupa el bien de Gondor, su interés es nacional, pero no se muestra muy solidario con los demás pueblos de la Tierra Media. Mientras que Gandalf ostenta unos atributos propios del Papado Romano, en el hecho de que no pertenece a ninguna nación y, en un sentido literal, es el indiscutible líder de todos los pueblos libres y fieles. Y esto es así porque siendo un mago sabio, (como los sabios Reyes Magos), su poder es “mágico” antes que temporal, al igual que el del Papa es “sacramental”. Como muy agudamente dice Charles A. Coulombe en un ensayo: “A la afirmación [de Denethor] de que «no hay en el mundo en que hoy vivimos una meta más alta que el bien de Gondor», Gandalf replica: «Yo no gobierno en ningún reino, ni en el de Gondor ni en ningún otro, grande o pequeño. Pero me preocupan todas las cosas de valor que hoy peligran en el mundo… Pues también yo soy un senescal». Así podría haber hablado Bonifacio VIII a Felipe el Hermoso, San Gregorio VII a Enrique IV o Inocencio III al rey Juan”. Y dicho sea, creo que así también ha hablado siempre nuestro buen Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, en sus numerosísimos viajes apostólicos, en sus conversaciones y discursos a los investidos en autoridad.

Y a propósito de la visión católica del mundo, hemos de comprender que es, esencialmente, sacramental. En el corazón creyente de un católico, la misma vida es como una serie de milagros concatenados, signos o símbolos de la Providencia, cuya máxima expresión es Jesucristo en su Misterio Pascual: el Santísimo Sacramento del altar. Si el Hijo de Dios podría hacerse presente en el altar, por medio de unas palabras sagradas y unos gestos, no es para nada difícil pensar en magos, elfos, o en el cambio de las estaciones. Los críticos que no comprenden la estructura sacramental de la Iglesia, han visto a los sacramentos como “pura magia”, de ahí que la frase hocus pocus (=abracadabra) es una burla de las palabras empleadas en latín para consagrar el pan eucarístico: Hoc est Corpus meum (Esto es mi Cuerpo). Puede muy bien decirse que el efecto de la magia, empleada por los sabios magos o elfos, como cauce, e incluso causa, del bien, es en El Señor de los Anillos, el mismo que el de los sacramentos en la vida del católico devoto. Santo Tomás de Aquino, en su oración para después de la Comunión, pide que el Santísimo Sacramento sea “una fuerte defensa contra los lazos de los enemigos, visibles e invisibles”. Y San Buenaventura lo expresa así: “fuente de vida, fuente de sabiduría y conocimiento, fuente de luz eterna”. Dicho de otra manera, así como los sacramentos son los cauces de la Gracia en el mundo católico, así es la magia, usada por los sabios, el cauce de la Gracia en la Tierra Media.

Aragorn, heredero legítimo de Elendil e Isildur, con Legolas y Gimli, se adentran en el Paso de los Muertos para invocar a los que antaño habían jurado aliarse con Isildur, pero que se negaran, por lo quedaron condenados a vagar en una especie de purgatorio, hasta que prestaran alianza a su heredero que luego pudiese liberarles. Es parecido a Cristo que desciende al “lugar de los muertos” para liberar a los allí moraban. Mientras tanto, los Jinetes de Rohan, con el Rey Théoden a la cabeza, cabalgan hacia la sitiada ciudad de Minas Tirith a prestar auxilio. Éowyn, sobrina de Théoden, disfrazada de jinete, lleva a Merry, pues ambos quieren luchar también por los que aman. Éowyn es figura de las “mujeres fuertes” de la Sagrada Escritura, como Esther, Judit y Rut: audaces, valientes, determinadas e ingeniosas defensoras de sus pueblos en peligro. Pippin se hace servidor del Senescal de Gondor. Denethor revela que ha escrutado (indebidamente) un palántir, (una piedra vidente que se utilizaban para comunicarse sobre grandes distancias antiguamente), y ha visto solamente parte de toda la verdad que Sauron le ha permitido ver: los enormes ejércitos que estaban a punto de tomar y destruir la ciudad y al Reino de Gondor. Como los Jinetes de Théoden demoraban en llegar, Denethor cometió el terrible pecado de desesperar de la salvación. Y cuando regresa malherido su hijo Faramir, la desesperación le hace perder la cabeza, e intenta quemarse vivo con su hijo, aún vivo. Pippin intenta parar aquella locura, pero no puede, y va en busca de Gandalf, que está dirigiendo las defensas de la ciudad. Al enterarse de esta pésima noticia, Gandalf lamenta: “Hasta en el corazón de nuestra fortaleza tiene el Enemigo armas para golpearnos: porque esto es obra del poder de su voluntad”. Es decir, hasta donde nos creemos más fuertes, protegidos y seguros de nosotros mismos, también puede el Mal darnos una dura zancadilla. Faramir al fin puede ser rescatado, pero Denethor se inmola en la llama viva. La tragedia de Denethor es francamente triste: él no fue capaz de creer en otras posibilidades. Creía que era una locura que dos pequeños e indefensos hobbits llevasen el Anillo a Mordor, y al creer que ningún pueblo aliado vendría en ayuda y verse con pocas defensas, hizo caso a las medias-verdades de Sauron y desesperó. Gandalf había advertido a los suyos —y que es una magnífica lección para nosotros— que sólo puede desesperar aquel que sabe, más allá de toda duda, el desenlace final, pero “nosotros no podemos desesperar, porque no podemos saber todas las posibilidades, por lo que el desenlace final es incierto”; es una fuerte llamada a esperar, como Abrahán, contra toda esperanza.

Minas Tirith vive una situación desesperada de sitio, los incontables ejércitos de Sauron atacando ferozmente, los Nâzgul alados aterrorizando con gritos que hielan la sangre e infunden desesperación. ¡Por fin llegan los Jinetes de Rohan! Théoden es atacado por el Señor de los Nâzgul y muere, pero Éowyn y Merry muestran su valor al matar al mismísimo Señor de los Espectros. Aragorn y sus tropas también llegan y la gran batalla en los Campos del Pelennor alivia el sitio de Minas Tirith. Éowyn, Merry y Faramir son llevados a las Casas de Curación donde Aragorn da una muestra más de su realeza: las manos de un rey son manos que curan. Aragorn es una figura mesiánica, así como Cristo, Rey del Universo, muestra su misericordia, entre otras maneras, cuando sana a los enfermos, cuyos relatos leemos en los Evangelios. Una última deliberación entre Gandalf, Aragorn y compañía, deciden enfrentarse a Sauron a las mismas puertas de entrada a Mordor, y no ceden ante la desconsoladora evidencia de restos de la ropa de Frodo (cuando fue capturado en la Torre de Cirith Ungol) mostrados en manos de un siervo de Sauron. Puesto que sus tropas son insuficientes y están debilitadas, no tienen esperanza de ganar por la fuerza, no obstante siguen adelante contra toda esperanza para desviar la atención del Ojo de Sauron de otro movimiento dentro de su tierra negra: el de Frodo y Sam acercándose al Monte del Destino para arrojar el Anillo…

En narración paralela, el valiente y fiel Sam rescata a Frodo de las torturas de las que fue objeto su amo a merced de los orcos en la Torre de Cirith Ungol. La escena del rescate es conmovedora. Completamente agotados por todo lo que han pasado, con sed, luchando con la tierra absolutamente inhóspita de Mordor, con el Anillo que es cada vez más pesado e insoportable, Frodo y Sam van acercándose agónicamente a las Grietas del Destino. Podemos ver en el personaje de Frodo una figura del Siervo Doliente del Señor (Isaías) y, por tanto, figura de Cristo, pues como Cristo, Frodo entra en el corazón del reino enemigo para así destruirlo. Contemplamos el sacrifico voluntario de Frodo, aun hasta la muerte si fuera necesario, para que otros puedan vivir. Aunque no lo haya querido, lleva voluntariamente el peso del Anillo, como Cristo lleva voluntariamente el peso de la cruz. Y lo que más pesa a Frodo no es tanto el Anillo cuanto el peso insoportable de la malicia del Ojo de Sauron, así como lo que a Cristo le pesa no es tanto la cruz material, cuanto el peso de la malicia de nuestros pecados. Creo que eso precisamente lo vamos a ver con meridiana claridad en la película La Pasión de Cristo de Mel Gibson esta Semana Santa. El Señor Oscuro, con toda su malicia, tienta a los personajes a que se pongan el Anillo, para así encontrarlos y atraparlos. Así como Cristo resiste las tentaciones del diablo para que lo adore y gane así el dominio de todos los reinos de la tierra, enseñándonos cómo sofocar la fuerza del pecado, Frodo, advertido por Gandalf, conoce que utilizar el mal, incluso en la lucha contra el mal, es caer bajo la esclavitud del mal. Esto es un reflejo de la perspectiva cristiana de que el fin no justifica los medios. Incluso Sam, al contemplar la desolación de Mordor, siente la tentación de usar el Anillo para acabar con el Señor Oscuro y convertir aquellas tierras inhóspitas en un gran jardín, pues es lo más le gusta a Sam, como buen hobbit de la Comarca que es. Pero gracias a su sentido común, sensatez y entereza moral, sale airoso de la prueba. Tolkien nos advierte que la táctica del Mal es “entrar con lo nuestro, para salir con lo suyo”—de ahí su insidioso peligro. Gollum, que en varias ocasiones en que ha hecho peligrar la Misión por su codicia del Anillo, pudiendo haber sido matado por Frodo, de no ser por su piedad y misericordia, aún se obsesiona por arrebatar el Anillo. En estos momentos Gollum parece ya irredimible. Pero surge otra ocasión, aquí al final, en que “merece” ser eliminado, con criterios meramente humanos, pero ahora es Sam—que nunca se fiaba de Gollum—quien no es capaz de matar a aquella miserable criatura.

En un momento crítico, Frodo cae por agotamiento físico, moral y espiritual. Sam reconoce que la carga del Anillo la tiene que llevar Frodo, pues es él a quien la Misión ha sido encomendada. Que cada uno tiene que cargar con lo suyo. Pero eso no quiere decir que no haya nadie que nos pueda ayudar a llevar nuestras cargas, como tampoco Cristo estuvo completamente solo mientras cargaba con su cruz. Sam es figura de Simón el Cirineo, aunque incluso algo más sublime, porque levanta a Frodo con Anillo y todo, y lo lleva a cuestas por la ladera del Monte del Destino, pero, curiosamente, la carga para Sam no le resultaba demasiado pesada. Cristo mismo nos ha prometido que quien cargue con su yugo, sobre todo por amor, verá que su carga es ligera. Se acercan al momento decisivo de arrojar el Anillo en el abismo de fuego donde fue forjado. Llegado la hora de la prueba máxima, ¡Frodo es incapaz de arrojar el Anillo! “No he decidido hacer* lo que he venido a hacer. ¡El Anillo es mío! (I do not choose to do what I have come to do. The Ring is mine!) (*vs. He decidido no hacer… I do not choose to do…)”. Frodo reclama el Anillo para sí, haciéndose invisible, ante la mirada horrorizada e impotente de Sam. El Señor Oscuro advierte su mortal peligro al descubrir a Frodo, desesperadamente llama a sus Espectros, que están luchando contra la alianza de Aragorn y Gandalf frente a la Puerta Negra, y éstos vuelan a velocidad del viento hacia el Monte del Destino.

Es, sin duda alguna, el toque más brillante y magistral de Tolkien que Gollum (que Gandalf había presagiado tendría un papel que jugar aún en todo esto), aún más esclavizado por el Anillo que Frodo, se pelee con Frodo, arrancándole de un brutal mordisco el dedo, arrebatándole el Anillo, y en su delirio, dé un mal paso y caiga por el precipicio en el abismo de fuego. En su momento Frodo había salvado a Gollum del mal del Anillo, perdonándole la vida, y ahora es Gollum que, a pesar suyo, salva a Frodo del mal del Anillo, perdonándole su vida. Porque es una gran verdad, ciertamente, lo que canta el salmo 50: un corazón quebrantado y humillado, no lo desprecia el Señor. Un lucidísimo comentario de esta escena lo tenemos en Stratford Caldecott: “Al borde mismo del éxito, adonde lo ha llevado su voluntad, el Portador del Anillo renuncia a su Búsqueda y reclama el Anillo para sí. Su libertad para arrojarlo al fuego ha sido minimizada por la tarea de llevarlo hasta el Monte del Destino. Lo que finalmente lo salva, es en apariencia un accidente, en realidad la consecuencia directa de su anterior (y más libre) decisión de salvar la vida de Gollum, un acto de pura compasión. Por tanto, en cierto modo no es Frodo quien salva la Tierra Media, y mucho menos Gollum, que le arranca el Anillo de un mordisco y al hacerlo se precipita en el fuego. Tampoco es Sam, que ha aprendido la compasión de Frodo y sin el cual éste nunca habría alcanzado el Monte del Destino. El Salvador de la Tierra Media es Aquel que actúa a través del amor y la libertad de sus criaturas, que perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a lo que nos ofenden, utilizando incluso nuestros errores y los designios del Enemigo para causarnos bien. El final de El Señor de los Anillos es un triunfo de la Providencia sobre el Destino, pero también el triunfo de la Misericordia, en la cual el libre albedrío, auxiliado por la gracia, es plenamente vindicado”. En términos cristianos, es una plegaria por la perseverancia en el bien obrar hasta el final, a que no sobreestimemos nuestra parte en la historia, y a que nos demos cuenta de que las cosas pequeñas pueden muy bien ejercer un impacto grande en el esquema general de las cosas. Es además una escenificación dramática del Padre nuestro:perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del Mal”.Si no hubiera sido por él, [Gollum], Sam, yo no habría podido destruir el Anillo. Y el amargo viaje habría sido en vano, justo al fin. ¡Entonces, perdonémoslo! Pues la Misión ha sido cumplida, y todo ha terminado (cfr. Todo se ha cumplido ). Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas, Sam”. Sauron es aniquilado, su fortaleza-torre de Barâd-dur se desploma, sus huestes se dispersan. El cataclismo en torno al Monte del Destino es tal que Frodo y Sam no esperan sobrevivir. Pero finalmente con la ayuda de las grandes águilas, son rescatados por Gandalf.

Para este “inesperado” final feliz —aunque en realidad no es el final, pues las grandes historias, nunca terminan, como veremos— Tolkien acuñó un término —eucatástrofe— para describirlo. (Referencia a una carta suya en la que relata la inspirada predicación de su párroco sobre un niño cuyos padres habían ido a llevarle al Santuario de Lourdes, y que fue curado milagrosamente en el viaje de tren de vuelta). Se trata, pues, de un giro completamente inesperado en los momentos más oscuros y desesperados, con el que no debe contarse otra vez, siendo un destello de la victoria definitiva del mal, que hacen saltar las lágrimas. De este modo lo expresó Tolkien en un ensayo importante sobre la literatura: “El nacimiento de Cristo es la eucatástrofe de la historia del Hombre. La Resurrección es la eucatástrofe de la historia de la Encarnación. Una historia que comienza y finaliza en gozo”. Tolkien creía que esto era precisamente lo que un verdadero “cuento de hadas” debía reflejar. Es asimismo una apuesta decidida, como leemos en los Evangelios de que los últimos serán los primeros, por ensalzar a los humildes en la persona de los hobbits, sobre las potencias y potestades del mundo, pues hasta el más pequeño puede cambiar el curso del futuro. Aragorn es coronado por Gandalf y la paz que trae a su reino —”porque has asumido el gran poder, y comenzaste a reinar” (Ap 11, 17)— evoca la figura de Carlomagno, restaurador del Imperio, y al ser comparado con un árbol o retoño, prefigura un predecesor de Cristo, como lo es el Rey David. El florecimiento del Árbol Blanco de la ciudad de Minas Tirith es señal de tranquilidad para el reinado de Aragorn, presagia los siglos cristianos y es una señal de la victoria definitiva (escatológica) sobre el Mal.

La Biblia comienza con un jardín en el que se encuentra el árbol de la vida, y concluye con ese mismo árbol en la ciudad santa de la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial. El emblema del estandarte de Gondor es, significativamente, un árbol rodeado de siete estrellas: figura de las siete estrellas que son los siete ángeles de las siete iglesias del libro del Apocalipsis. La ciudad de Minas Tirith simboliza la Iglesia militante que lucha en este mundo, y que presagia la hermosura de la Nueva Jerusalén celeste, como leemos en el Apocalipsis (22, 12-14): El Señor dice: “Estoy a punto de llegar con mi recompensa y voy a dar a cada uno según sus obras. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin. ¡Dichosos los que lavan sus vestidos para tener derecho al árbol de la vida y poder entrar en la ciudad por sus puertas!”

El desenlace de El Señor de los Anillos después de la destrucción del Anillo tiene otro clímax en la progresiva purificación de la Tierra Media. Hay numerosas separaciones y la despedida de Bárbol es muy significativa: “Es triste que sólo ahora, al final, hayamos vuelto a vernos. Porque el mundo está cambiando: lo siento en el agua, lo siento en la tierra, lo huelo en el aire. No creo que nos encontremos de nuevo… Pero Galadriel dijo: No en la Tierra Media… [pero] quizá volvamos a encontrarnos… en la primavera. ¡Adiós!” Los miembros de la Comunidad del Anillo se separan: Gandalf se queda para ayudar en los comienzos del reinado de Aragorn, que se casa con el amor de su vida, con la princesa élfica Arwen, que voluntariamente renuncia a su vida inmortal para asumir una vida mortal; Legolas y Gimli se hacen cada vez más amigos, cuando tradicionalmente los Elfos y los Enanos tenían sus diferencias; Faramir, ahora príncipe de Ithilien, se casa con Éowyn, cuyo hermano Éomer sucede a Théoden como Rey de Rohan; y los Hobbits regresan a la Comarca. Pero el realismo de la Tierra Media muestra que, como en la vida misma, las cosas no pueden volver a ser como eran, los acontecimientos traumáticos y el paso del tiempo afectan y cambian las cosas y las personas, al igual que el pecado de Adán y Eva hace imposible un mundo antes de la Caída. Ni siquiera la Comarca es la misma, ni muchos menos Frodo, Sam, Merry y Pippin. Eso sí, Sam se casa con el amor de su vida: Rosie Coto. La Comarca tiene que ser saneada porque Saruman el mago no-tan-sabio, habiendo escapado de los Ents, ha querido hacer de las suyas e instaurar un régimen dictatorial que los hobbits tienen que prevenir con una revuelta.

Dos años y medio después de estos acontecimientos, Frodo siente cada vez más que ha sufrido demasiadas heridas demasiado profundas —la

espada del Señor de los Nâzgul, la picadura de Ella-Laraña y el dedo arrancado, aparte de haber cargado con el peso del Anillo— que no puede quedar más en la Tierra Media. Que no hay vuelta posible a una situación anterior, porque hay cosas que ni siquiera el tiempo puede curar del todo. Con su tío Bilbo, ahora muy envejecido, se dispone a embarcarse en un navío desde los Puertos Grises, con los demás Portadores de Anillos—los Elfos Elrond, Galadriel, y con Gandalf, a las Tierras Imperecederas de Oeste, el Reino Bendecido de los Elfos. “¿A dónde va usted mi amo? —gritó Sam… A los Puertos, Sam —dijo Frodo. —Y yo no puedo ir. —No, Sam. No todavía, en todo caso… También a ti te llegará la hora… No te entristezcas, Sam. No siempre podrás estar partido en dos. Necesitarás sentirte sano y entero por muchos años. Tienes tantas cosas de que disfrutar, tanto que vivir y tanto que hacer. —Pero —dijo Sam, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—, yo creía que también usted iba a disfrutar de la Comarca, años y años, después de todo lo que ha hecho. —También yo lo creía, en un tiempo. Pero he sufrido heridas demasiado profundas, Sam. Intenté salvar a la Comarca, y la he salvado, pero no para mí. Así suele ocurrir, Sam, cuando las cosas están en peligro: alguien tiene que renunciar a ellas, perderlas, para que otros las conserven”. *(Referencia a Stª Bernadette de Lourdes). Ya en los Puertos Grises, ante Sam, Merry y Pippin —todos ellos con lágrimas— Gandalf no nos dice a que no lloremos, pues no todas las lágrimas son amargas. ¡Ciertamente! En este sentido, recuerdo un día de clase en el Seminario, el profesor nos comentó que muchos jóvenes andaban aturdidos por los ruidos en sus vidas, porque lloraban poco… Frodo besa entonces a Merry, Pippin y a Sam, y sube abordo. “Y fueron izadas las velas, y el viento sopló, y la nave se deslizó lentamente …internándose en la Alta Mar rumbo a Oeste, hasta que por fin en una noche de lluvia, Frodo sintió en el aire una fragancia y oyó cantos que llegaban sobre las aguas; y le pareció que… la cortina de lluvia gris se transformaba en plata y cristal, y que el velo se abría y ante él unas playas blancas, y más allá un país lejano y verde a la luz de un rápido amanecer”. La escena evoca el libro del Apocalipsis: “¿Quiénes son éstos, vestidos de blanco, y de dónde han venido? Son los que vienen de la gran tribulación, y han blanqueado sus vestiduras en la Sangre del Cordero”. Para Sam, Merry y Pippin, que quedan atrás —como nosotros— contemplando cómo el barco desaparece por el horizonte, la sensación de exilio es intensa. Se quedaron “hasta bien entrada la noche, de pie, sin oír nada más que el suspiro y el murmullo de las olas sobre las playas de la Tierra Media, y aquel sonido les traspasó el corazón… y no hablaban”. Sam al fin regresa a su familia en la Comarca y le esperan su esposa, Rosie, y Elanor, la primera de unos cuantos hijos e hijas. Y suspira: “Bueno, estoy de vuelta…”Aunque El Señor de los Anillos termina con el eco de los ángeles (Ainur) evocando el exilio del hombre de la plenitud del amor, de la verdad y de la vida, más allá de la muerte, Tolkien añade un apéndice (Apéndice A, Un fragmento de la historia de Aragorn y Arwen…) que concluye con la impresión de que el regreso a nuestro verdadero hogar aguarda a aquellos que aceptan, aunque sea un “don amargo”, como Aragorn y Arwen, el “don de la muerte”. La muerte, como divino “castigo” por el pecado, es también un divino “don” si se acepta, pues su objetivo es la bendición final, que produce un mayor bien no alcanzable de otro modo. Esta “bendición final”, que podría interpretarse como una suerte de muerte para Frodo, en realidad no lo es, pues recordad que el “don de la muerte” no era el final de la vida en los planes del Creador, sino paradójicamente su transformación en plenitud. Así lo canta un prefacio de la liturgia de Difuntos (Prefacio I): “…la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma…” Gracias al corazón creyente de Tolkien, El Señor de los Anillos nos asegura que “el último enemigo aniquilado será la muerte” (I Cor 15, 26), por lo que no busquemos la felicidad plena en el misterio del tiempo, sino en la eternidad… Así se lo dice Aragorn a Arwen antes de dormirse en la muerte: “Así parece [que la muerte es un don amargo]. Pero no nos dejemos abatir en la prueba final, nosotros que antaño renunciamos a la Sombra y al Anillo [el Diablo y al Pecado]. Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación. ¡Mira! No estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado, hay algo más que recuerdos. ¡Adios!”

 

Conclusión

¿Por qué la muerte es un “don” divino para los hombres mortales? ¡Porque Dios-Ilúvatar sabe que siglos después, su Hijo Jesucristo ofrecerá su propia muerte en cruz como don —para reparar el “castigo” de la muerte a causa del pecado de origen, ofrecerá su muerte como don de vida eterna— para nosotros! Así lo canta la liturgia de la Iglesia en Tiempo de Pascua (Prefacio I): “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida…” Así vivió Tolkien como católico convencido —y agradecido— de esta gran Buena Noticia. Incluso cuando tuvo que sufrir otra “pérdida irrecuperable” con la muerte de su querida Edith en 1971. Particularmente en sus últimos años, en aquella comarca tranquila, siempre paseando entre los árboles, siempre atento al susurro y al murmullo de las olas sobre las playas de la Tierra Media. Como dice el Evangelio, “de la abundancia del corazón, habla la boca…” y escribe la mano. No pudo menos que escribírnoslo de manera épica y conmovedora, antes de zarpar. No me cabe la más mínima duda de que cuando le llegó la hora de su propia muerte a los 81 años de edad, en aquel “rápido amanecer” —como lo fue también para Frodo— del 2 de septiembre de 1973, Domingo, día del Señor, día de nuestra alegría y nuestro gozo, Tolkien llegara a experimentar personalmente las palabras del salmo 62: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo… para contemplar tu fuerza y tu gloria…”

El tiempo se nos acaba, pero porque se nos convertirá en eternidad. ¿Qué hacer con el tiempo que Dios nos ha concedido? Vamos peregrinando hacia la ciudad eterna, hacia una alegría más allá de nuestras lágrimas, a gozar de la Comunión de los Santos en la Nueva Jerusalén. A buen seguro, Tolkien ya esté allí. Pues bien sabía él lo de San Pablo (I Cor 2, 9): “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, [¡ni tan siquiera la mente prodigiosa de Tolkien!] lo que Dios tiene preparado para quienes le aman”. Que sea así para nosotros también, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios…

El padre J. M. Marqués dirige magistralmente el programa “compendio del catecismo” en radio maría (www.radiomaria.es), diariamente de 16h a 17h. 

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