1984, de Orwell: la antítesis del catolicismo civil

Evangelio según San Mateo: 22, 34-40
34 Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,
35 y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?».
37 Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
38 Este es el más grande y el primer mandamiento.
39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” Ortega y Gasset, en Meditaciones del Quijote.

Lo primero que me viene a la mente al recordar mi experiencia durante la lectura de 1984, de Orwell, es la sensación de desamparo que he experimentado en cada página del libro. Sensación de desamparo, pero también de soledad radical, de desánimo y sobre todo de desesperanza. Esto ha sido lo que me ha conseguido transmitir el libro a nivel sentimental. Estas terribles sensaciones se producen a la manera como una película de terror consigue inquietar al público. El espectador empatiza con los personajes de la trama hasta que siente como cercanas las sensaciones de éstos.
Para desarrollar esto, trataré de mostrar que esas sensaciones que tanto repugnamos al leer esta obra lo son porque en 1984 consigue Orwell elaborar teóricamente un modo de vida radicalmente anticristiano: el Partido no es otra cosa que el compendio más horroroso de todo lo que rechaza el cristianismo (más explícitamente diremos catolicismo). En otras palabras, que es difícil de conseguir elaborar un plan político más distante del catolicismo que el desarrollado en 1984.
El catolicismo es por esencia comunitario, es decir, aquello que antropológicamente es esencial al cristianismo es su sistema complejo de relaciones sociales, que pivotan sobre la Idea de apoyo mutuo. El catolicismo quiere conseguir una trabazón de relaciones sociales donde cada persona (diremos “persona” y no “individuo” ni “ciudadano”, por ser éstos conceptos abstractos anticristianos que llevan a entender al ser humano como mero número, como voto, como ser carente de dignidad. En la novela, ésta sería la función de la neolengua, destinada a podar y modelar el lenguaje para imponer una determinada forma de pensar. Algo parecido pasa con el concepto de “individuo”, o “ciudadano” pues por entender en abstracto a las personas se ha llegado a los totalitarismos, y como culminación de ellos, al Partido), donde cada persona, decía, en el catolicismo, se integra dentro de una estructura social en la que participa.

Porque entendemos que la persona es social en todas las dimensiones de su ser. Y esto es la primera característica que más aleja el Partido del catolicismo. En efecto, la red social católica tiene su fundamento en la estructura misma de Dios, que es ya comunitario, familiar, porque es tres personas en una sola esencia: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. De aquí que el fundamento católico para propagar políticamente las relaciones sociales sea el modelo familiar (el hombre es imagen y semejanza de Dios).
En efecto, para el católico, a diferencia de lo que ocurre en el Partido, la ley no debe hacerse desde arriba, por instancias institucionales que modelan como geómetras lo que debe suceder en la sociedad, que dicen cómo deben ser las relaciones sociales, y que lo hacen por métodos de a) propaganda manipulada (en la sociedad de consumo; aquí de manera indirecta); b) por leyes y terror (en los totalitarismos, de manera ya directa), o c) en el extremo controlando el pensamiento (como propone Orwell que haría el Partido). Es decir, que no hay en la política católica una institución que desde arriba organice a sus “ciudadanos”, sino que la política se hace desde abajo. Esto quiere decir que dada a la persona un cuerpo, una familia, un municipio, un país (que entendemos es Dios quien nos lo otorga gratuitamente; y que si estamos aquí es por algo, es decir, que tenemos una misión, por eso tenemos que descubrir el sentido de nuestra vida), en definitiva, dada a la persona su circunstancia, debe ésta subordinarse a ella. Cada uno ha de aceptar, como un regalo, lo que Dios le ha dado por gratuidad, por puro amor. Y desde ahí debe actuar, vivir. La persona nace en una familia, y desde ahí se agrupa en familias, que tendrán una representación en las instancias políticas. El trabajador se agrupará también en gremios o sindicatos, con también representantes. También se agrupará en su Municipio, para que las necesidades políticas sean también escuchadas en tanto que la persona vive en un Municipio. Pero también se asociará en su parroquia, en su universidad, etc.
Vemos por ello que el católico entiende su vida completamente ligada a lo social. En cambio, en el Partido, no hay estas instituciones intermedias (familias, sindicatos, municipios, etc.), sino que todos son “camaradas”: todos, a fuerza de valer lo mismo, de ser puramente iguales, quedan vacíos de dignidad, de singularidad, en fin, de circunstancia; no son sino “individuos”, “números” (Winston Smith, 6079), pero en nuestra sociedad de consumo, también somos un número, o un voto. En cambio, en el catolicismo civil, no se trata de votos, sino de que se escuchen las voces de los representantes de las instituciones intermedias, de las agrupaciones que transmiten a los políticos las necesidades reales de los gobernados. De esta manera, creemos, participamos efectivamente en la política. Desde aquí podemos desarrollar toda la teoría del pecado y de la confesión (el pecado será atentar contra la comunidad; la penitencia, será restaurar en lo posible el daño hecho a la comunidad). Lo fundamental es entender que en el catolicismo nadie es indiferente a nadie. Todos luchan por la comunidad, todos son, radicalmente, comunidad. Porque el católico entiende que lo más importante es amar a Dios (y a través de Él, amar su circunstancia) y amar al prójimo, cualquiera que sea éste. Nadie nos puede ser indiferente, esto nos lo ha enseñado como el quehacer principal Nuestro Señor Jesucristo. Porque no tenemos en la base ideologías que cambian, ni posturas morales relativistas. Sino que tenemos el fundamento en Dios, y en la Iglesia, que lleva ya más de dos mil años de existencia. Nosotros estamos preparados para cuando el Señor quiera echar, de nuevo, mano de nosotros. Por ahora, nuestro deber es tener esperanza. Esto fue lo que no entendió Winston Smith, que cayó en la desesperanza. Distinto sería el final de la novela de haber sido católico.

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