Contra el relativismo

CONTRA EL DIÁLOGO, LA TOLERANCIA Y LA PAZ RELATIVISTAS

Hay quien dice que el relativismo puede tener virtudes, como la tríada archiconocida tolerancia, diálogo y paz. Y que el cristianismo debería recoger esas como virtudes e integrarlas en su discurso.

Pero el relativismo es vacío, por ser contradictorio (si propone como verdad: “todo es relativo” también lo sería ésta frase, es decir, que si todo es relativo, la proposición “todo es relativo” es también relativa, y por tanto no puede sostener ninguna proposición como verdadera siempre y en toda circunstancia; es como aquel barbero de Sevilla que afeitaba a todos sus conciudadanos que no se afeitaban a sí mismos, pero entonces ¿él se afeitaba? Si se afeitaba se rompe la premisa “afeitar al hombre que no afeita por sí mismo”, pero si no se afeita, debería afeitarse).

Pero es que además el relativismo estas virtudes las entiende también de forma incoherente. Detrás de palabras que nadie democráticamente (¿qué significa esto? ¿participo yo con un voto cada cuatro años?) puede discutir, se esconde y legitima la más absoluta basura intelectual con la que todos hemos de comulgar. Pero no debemos permitirlo. Nosotros los cristianos tenemos la moral de la que ha bebido Occidente durante miles de años. Son otros los que tienen que ver en nuestro edificio moral modelos de conducta a imitar, estimados amigos. No debemos aceptar el diálogo, la paz y la tolerancia que proponen los relativistas, sino las mismas virtudes pero desde el cristianismo. Si no somos nosotros los que las defendemos, ciertamente no sé quien va a hacerlo. Debemos quitarnos los complejos. Y actuar constantemente, día tras día, con un compromiso firme digno de admiración. Con una alegría y esperanza que me hace ver que la vida de cristiano tiene algo más que el día anterior no había aún descubierto. Tengo, cada día, la sensación de que he aprendido una lección, y al mismo tiempo me invade el presentimiento de que al día siguiente me volverá a pasar lo mismo. Pero cómo iba a ser de forma distinta, ¡si Dios está de nuestra parte!

Vayamos pues al tema, argumentando un poco esto que decía. Hoy se ve el diálogo desde la tolerancia. Pero qué rayos quiere decir esto, cómo entenderlo. Pues de la siguiente manera. Uno expone sus opiniones, el otro las suyas, se dan la mano, y cada uno a su casa. Es decir que hacen abstracción del contenido mismo de la conversación. Ya puede uno estar poniendo verde a la santa madre del otro, que le va a dar lo mismo, porque va a tener que aceptar de todas maneras lo que diga; no hay espectáculo más paupérrimo que el que dan dos políticos en un debate, sabemos de partida que ninguno va a cambiar de opinión, por mucho que el otro argumente (aunque esto de argumentar no va por los políticos, como bien habréis observado), pero… ¡esto es lo triste!

Vamos a ver. En un diálogo, lo que se muestran son, se dice, opiniones. Bueno, lo valioso de los diálogos son los argumentos, que es sobre lo que se puede discutir. Porque no podemos argumentar a favor de por qué a mi gusta el color azul o de por qué Dios me hizo sufridor de por vida al hacerme seguidor del Atleti. Estos son gustos, algo constitutivo de cada uno, y es un terreno donde no tiene interés el diálogo.

Pero sí lo hay en la consideración de los argumentos. De hecho, es el método que utiliza Platón para hacer su filosofía, y se considera que es uno de los filósofos más importantes de la Historia; yo he llegado a escuchar que toda la filosofía después de Platón no es otra cosa que una nota a pie de página de su obra. En los diálogos platónicos se suele presentar a Sócrates entre medias de otros interlocutores a los que interroga pesadamente (¡bendita pesadez!) hasta que se llegan a ciertas conclusiones. Normalmente sale victorioso Sócrates, a veces no está tan claro (véase el Protágoras), pero en cualquier caso siempre se admite que si un razonamiento está bien construido no queda más que admitirlo. Y punto. Éste será luego el método científico, en virtud del cual, partiendo de unas premisas se concluirán verdades por todos reconocidas. No me imagino yo a nadie dudando del teorema de Pitágoras, o diciendo: “ésa es tu opinión, pero yo tengo otra” porque o bien aceptas el teorema de Pitágoras, o bien no puedes hacer ciencia.

Es decir, que los diálogos debieran tener una gran virtud: hacernos mejores. Es decir, debiera consistir en una reunión de personas que exponen sus argumentos, y que a través de estos van construyendo otros, hasta que los mismos lleven a ciertas conclusiones necesarias. Que hay que aceptar. Porque si alguien reconoce que es malo asesinar a un niño envenenándolo con alcohol (como el caso reciente de la madre malagueña; que ha escandalizado a la opinión pública (otro mito, ¿qué es esto? ¿quién opina públicamente?, o mejor, ¿quién opina por nosotros públicamente?)), será entonces igual de malo acabar con el niño en un aborto dos meses antes. Porque sigue siendo una vida. Y no sólo es que en el seno materno se asesine un inocente, sino que meses después llegan las depresiones por parte de la madre, los problemas físicos que arrastrará toda su vida, y sobre todo, el pecado mortal en el que han incurrido padres (no sólo madre), médicos y legitimadores de este genocidio que no podemos seguir tolerando. Con lo bonito que sería un regalo de bodas de este tipo: “te he guardado mi sexualidad hasta este día, porque te he querido ser fiel hasta que nos hemos casado”; este depósito de joyas preciosas que guarda la Iglesia no debemos perderlas, ni tener complejo de ellas, primero porque se evitarían los abortos, y segundo y sobre todo porque la grandeza de la vida está a nuestro alcance, con sólo dejarnos guiar por Dios.

Ésta es a mi juicio la gran disyuntiva. O bien dejarnos vencer por nuestra “circunstancia” relativista, consumista e indiferente en la que todos más o menos estamos sumergidos (por ya simplemente estar imbuidos en Internet, la T.V., la radio, por la publicidad, por aguantar ciertos comentarios diariamente, etc.) o bien optar por aquellos valores que nos ha transmitido Dios en la Tierra, y que han seguido hasta la muerte mártires, santos, misioneros y cristianos de corazón. Es tan sencillo como amar al prójimo hasta hacerle que ver ciertas verdades debe admitirlas (o dejarse llevar por argumentos que él nos haga ver como correctos); hasta hacerle cambiar (así los españoles con los aztecas: nuestra misa frente a sacrificios de corazones humanos que empezaban a acabar la población indígena), en definitiva quererle hasta el extremo. La otra opción es dejarle como está, aunque esté en la droga, aunque quiera abortar o se quiera suicidar; es decir, tomar una posición indiferente, relativista, hacia él, haciéndole así el mayor desprecio (“no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”). Ésta no es sino la disyuntiva de sentarse en el sofá o de ser testigos de Cristo, evangelizando. Creo que ya para los cristianos es hora de despertar.

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