Vivimos corriendo

Vivimos cada jornada esperando a que termine para ir a casa; los días esperando a que llegue el fin de semana para explotar (olvidando que el que no es feliz un miércoles tampoco lo es un sábado); las semanas esperando que lleguen los puentes; y los meses esperando que lleguen las vacaciones. Vivimos corriendo. Y la vida es eso que pasa mientras corremos.

“La presión de la ciudad, la rapidez de los cambios, el estrés y la aceleración de las costumbres hacen que en cinco años una pareja moderna viva cincuenta de los de una pareja de otra época. Al haber vivido cincuenta años en cinco ya no soportan vivir juntos” dice Paul Virilio en una entrevista de hace ya más de diez años; las parejas entonces se rompían en número alarmante; hoy, todos conocemos varios casos directos de parejas disueltas, algunas de ellas con varios años de relación. Como dice Virilio el estrés y la rapidez de nuestras vidas hacen que en nuestro cuerpo se agolpen una acumulación insoportable de tiempo en un tiempo real corto, y esto estalle de alguna manera: lo más usual es que la pareja se disuelva. Ya no se dice “salgo con”, sino “estoy con”; mañana diremos: “hoy he estado con”.

Y es que la multimedia cambia de raíz las relaciones sociales: se habla (o se escribe) por el móvil, y ya no se ven los gestos y las actitudes de la persona con la que se dialoga, así se pierde lo maravilloso de la conversación; ahora los planes de familia consisten en ver juntos una serie de romances baratos de televisión entre semana (esto le interesa especialmente a aquel cuya vida sentimental es pobre, con estas series rellena un hueco de su, en realidad, triste vida). Internet hace que estemos en una sala de ordenadores más cerca del que está a miles de kilómetros que del que está a nuestro lado y que ni miramos; y así se puede enumerar un largo etcétera. De ahí, de esa vaciedad progresiva de nuestras vidas, se explica sencillamente el caos sentimental-amoroso de nuestros días. ¿Soluciones? Rellenar huecos: o con la televisión, Internet, videojuegos, cibersexo… en una fiesta eterna, en un presente continuo donde las drogas y el alcohol hacen su aparición y con ellos los embarazos de niños inocentes asesinados luego caprichosamente. Pero usted siga durmiendo.

¿Cómo exigir esfuerzos, sacrificios, a alguien que cree que los valores humanos son relativos, que son impuestos mediante leyes, dependiendo de la época y el lugar, leyes en las cuales casi ninguno participamos?, ¿cuántos de estos estarían dispuestos a ser misioneros, es decir, estarían dispuestos a dejar sus comodidades y morir por gente que ni conoce?

Nos falta amor. Pero el verdadero amor. Y ese nos viene sólo de Cristo. Olvidarse de uno mismo, para ayudar a los demás en lo que podamos. Y nunca quejarse.

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